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PEDIATRÍA INTEGRAL - Revista Oficial de la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP)

Fiebre; utilización de analgésicos y antitérmicos

Regreso a las bases

 

J. de la Flor i Brú

Centro de Salud “Vila Vella”. ABS Sant Vicenç dels Horts-1. SAP Baix Llobregat-Centre. ICS. Barcelona

 

Pediatr Integral 2014; XVIII(1): 44-47


Fiebre; utilización de analgésicos y antitérmicos

 

Aspectos sanitarios y sociales

El pediatra de Atención Primaria (AP) dedica una considerable parte de su actividad asistencial al manejo de la fiebre, primer motivo de consulta urgente en cualquier servicio pediátrico, y segundo motivo de consulta, después de la tos, en AP. La fiebre es causa de angustia familiar, motiva un incalculable gasto derivado de visitas a consultorios y servicios de urgencia en AP y atención hospitalaria, exploraciones complementarias muchas veces innecesarias y tratamientos habitualmente injustificados, en muchas ocasiones antibióticos. La fiebre es, además, el motivo de consulta que más frecuentemente puede generar importantes errores diagnósticos por defecto, con posibles consecuencias negativas para el niño y potenciales repercusiones legales para el pediatra que lo atendió.

El objetivo de este artículo es recordar la fisiopatología de la fiebre y actualizar el manejo adecuado de la medicación sintomática.

Definiciones

Se define como fiebre el aumento de la temperatura corporal de causa patológica. Debe diferenciarse de la hipertermia fisiológica, que es la elevación de temperatura corporal que puede producirse en determinadas situaciones que hay que conocer y descartar por anamnesis: arropamiento excesivo o ambiente térmico cálido (especialmente, en lactantes), digestión de una comida copiosa, ejercicio intenso y ovulación.

Es un clásico motivo de discusión, la técnica que debe utilizarse para registrar la temperatura corporal y el nivel de corte que nos indica la presencia de una temperatura anormalmente elevada. La temperatura rectal es la única que muestra una correlación correcta con la temperatura central (“core”) del organismo(1). El pediatra de AP debe fomentar el registro de la temperatura rectal en menores de 3 años, edad en la que la toma de decisiones puede basarse en parte en el grado máximo de temperatura alcanzado (véase “Fiebre sin foco” en este mismo número), instruyendo a los padres en la técnica adecuada, y tratará de abolir las tomas inguinales, orales y de lectores por cinta de contacto cutáneo, que no presentan sensibilidad/especificidad adecuadas. La toma axilar es específica cualitativamente (su elevación suele ser debida al aumento de la temperatura central), pero no cuantitativamente (no tiene correlación con temperatura rectal) y tiene una sensibilidad muy baja (deja de detectar muchas fiebres reales). En cuanto al registro de temperatura ótica por termometría infrarroja, tan utilizada en la actualidad, presenta correlaciones pobres con los registros rectales, especialmente en niños pequeños. La termometría de arteria temporal (termómetro de infrarrojos que determina la temperatura cutánea de la frente y área temporal) presenta mejores resultados que la ótica, pero no suficiente correlación con la temperatura central. El termómetro más fiable es el de mercurio, si bien los termómetros electrónicos (“digitales”) muestran correlaciones aceptables. El termómetro, previa lubricación, debe introducirse en el recto por su parte metálica, que debe quedar oculta, favoreciendo la apertura del ano con los dedos índice y pulgar de la otra mano. Con la inmovilización adecuada, para la que pueden precisarse 2 personas, el riesgo de rotura es mínimo. Los termómetros de mercurio van a desaparecer por el riesgo de contaminación medioambiental de metilmercurio. En la actualidad ya no se distribuyen, si bien quedan stocks de unidades en las farmacias y en los centros médicos. La lectura de la temperatura rectal es muy cómoda, puesto que la columna sube con gran rapidez y se estabiliza en 30-40 segundos. Es obvio que, de la lectura obtenida, no hay que “restar” medio grado, como es práctica popular habitual. Ante la mitología que envuelve la fiebre y su medición, el pediatra de AP entregará unas normas escritas referidas a la fiebre, ya en el primer contacto con un nuevo paciente y aprovechando las frecuentes consultas por fiebre. En estas normas, deben figurar específicamente la técnica de medición de la temperatura, las situaciones de necesidad de valoración profesional de la fiebre y el fomento y descripción de medidas físicas antitérmicas. La toma de temperatura rectal está contraindicada en caso de neutropenia, por el riesgo remoto de causar una infección invasiva si se daña la mucosa.

Fiebre es una temperatura rectal igual o superior a 38°C. Si se utiliza la medición axilar, que se considera correcta a partir de los 3 años, el termómetro debe permanecer en contacto con la piel un mínimo de 3 minutos. Por convención se acepta definir como fiebre una temperatura axilar superior a 37,5°C, pero este nivel de corte se ha establecido arbitrariamente, dado que no tiene ninguna correlación demostrada con la temperatura central.

Fisiopatología

La fiebre se produce(2) por la acción de los llamados “pirógenos exógenos”, mayoritariamente agentes infecciosos, y en mucha menor medida toxinas, complejos antígeno-anticuerpo y fármacos que, en contacto con leucocitos, provocan la síntesis y liberación de interleukinas 1 y 6, factor de necrosis tumoral e interferón beta y gamma (“pirógenos endógenos”) que actúan sobre neuronas receptoras del hipotálamo posterior, en donde se ubica el termostato corporal. La respuesta del hipotálamo es provocar aumento de la tasa metabólica (mayor producción de calor) y vasoconstricción periférica (menor eliminación del mismo), con el resultado neto de aumento de la temperatura.

Etiología

La mayor parte de fiebres infantiles son debidas a infecciones víricas, banales y autolimitadas, pero es un reto diario del pediatra de AP detectar precozmente la enfermedad bacteriana grave entre las fiebres de causa banal que llenan nuestras consultas, especialmente en periodos epidémicos (rinovirus en otoño, gripe en invierno), en los que es más probable que la conducta se haga rutinaria, y no olvidar las poco frecuentes causas neoplásicas, por fármacos, alérgicas o por colagenosis.

Anamnesis

Es el aspecto más importante en la valoracion de la fiebre aguda y deberá seguirse una rutina en la que no hay que olvidar ninguna de las siguientes preguntas(3):

•Cuándo ha aparecido la fiebre.

•Cómo se ha registrado la temperatura y qué grado máximo ha alcanzado.

•Qué antitérmicos y a que dosis se han administrado al niño. A qué hora se ha administrado la última dosis.

•Qué otros síntomas presenta el niño. Hay que dirigir la anamnesis inquiriendo por aparatos: tos, rinorrea, obstrucción nasal, vómitos, diarrea, molestias urinarias, erupción cutánea…

•Qué otros medicamentos está tomando el niño.

•Qué enfermedades ha pasado previamente.

•Qué otras enfermedades hay en el ambiente familiar y escolar del niño.

A estas alturas de la visita, con la simple observación del niño, y antes de pasar a la exploración física, ya nos habremos hecho un juicio de lo que llamamos “sensación de enfermedad”, que no es más que la impresión que el pediatra experimentado tiene sobre la gravedad del proceso. Este juicio, basado en el “ojo clínico” del explorador, se ha tratado de objetivizar en diferentes escalas de valoración clínica. Las más conocidas son las de Yale y Mc Carthy(4), objeto de fuertes polémicas desde su publicación. La impresión actual es que son escalas muy específicas pero poco sensibles, especialmente en lactantes, precisamente el grupo potencial de mayor riesgo.

Exploración física

Debe ser meticulosa y debemos huir de la habitual rutina apresurada de ver la faringe, practicar la otoscopia, palpar el abdomen, auscultar el tórax y valorar los signos meníngeos. Además de estos ítems imprescindibles, debe observarse meticulosamente la piel, valorando el estado de hidratación, el color y la presencia de posibles lesiones iniciales. Las primeras petequias pasarían desapercibidas en un examen apresurado. Se explorarán las grandes articulaciones en lactantes, única manera de sospechar una artritis séptica. Se valorará toda la mucosa bucal y no únicamente la faringe posterior. De otro modo, no se apreciarán las primeras lesiones de una estomatitis herpética o de una varicela. No suspender nunca un examen físico aunque se haya detectado el “foco” que explique la presencia de fiebre.

Evaluación

En muchas ocasiones (hasta en un 30% de casos), después de proceder con la sistemática previamente descrita, no va a ser posible diagnosticar el episodio febril por el que se nos consulta. Si el niño aparece con mal estado general, “sensación de enfermedad” o “aspecto tóxico”, debe ser derivado urgentemente al servicio de urgencias del hospital de referencia para que se le practiquen exploraciones complementarias. El dilema se plantea en la situación mucho más frecuente, en que el niño presenta buen aspecto. Generalmente, se atribuye esta fiebre “sin foco aparente” a una infección vírica inespecífica o a la fase inicial (mal llamada “de incubación”) de una enfermedad infecciosa aún no diagnosticable. Todos hemos de desarrollar habilidad y capacidad persuasiva para explicar a la familia esta situación de una manera comprensible y que no genere desconfianza. Detengámonos a valorar esta reciente frase de Shapiro(5), que resume adecuadamente y en sintonía con la actualidad nuestro reto ante esta situación:

“La mayor parte de niños pequeños con fiebre sin focalidad aparente tienen infecciones víricas banales y autolimitadas. Una pequeña proporción pueden estar en la fase inicial de una enfermedad bacteriana seria o tener una bacteriemia oculta. De este último grupo, una muy pequeña proporción puede desarrollar una infección focal grave, como una meningitis. Los padres debidamente informados son más proclives que los pediatras a aceptar el pequeño riesgo que comporta adoptar conductas expectantes sin la práctica de pruebas diagnósticas ni la utilización de antimicrobianos.

La preocupación del pediatra ha de centrarse en la detección de la meningitis, dado que las otras posibles focalizaciones de una bacteriemia oculta casi siempre permitirán el tratamiento cuando se hagan aparentes (lo que llamamos “el principio de la segunda oportunidad”) y, generalmente, cursarán sin mortalidad ni secuelas”.

La práctica clásica de la Pediatría ha manejado esta situación con tres posibles conductas:

•Conducta expectante: se basa en el principio de la “segunda oportunidad”, según el cual, si la evolución es desfavorable, el pediatra podrá actuar en consecuencia. Mientras tanto, debe abstenerse de toda conducta diagnóstica o terapéutica y asegurarse el control evolutivo de la enfermedad a las 12-24 horas según la edad. Esta conducta, a priori la más lógica, debe fundamentarse en una confianza absoluta de la familia en el pediatra, en una comprensión total de la situación y de sus posibles riesgos y en la seguridad de poder practicar un control evolutivo posterior. No parece la más adecuada para visitas de urgencia practicadas por profesionales no habituales en la asistencia del niño o cuando no se produce una adecuada transferencia entre pediatra y familia. Todo pediatra ha experimentado o tiene referencias cercanas del trance que supone ver cómo un paciente febril sin foco y con perfecto estado general presenta, horas después, un cuadro bacteriano grave.

•Administrar antibióticos (ATB): ha sido una práctica muy extendida en Pediatría de AP, orientada al objetivo de abortar, en fase inicial, un posible proceso infeccioso grave. La potencial aparición de efectos secundarios, la selección de cepas bacterianas multirresistentes, el alto coste de su uso, el enmascaramiento y dificultad de un posible proceder diagnóstico o terapéutico posterior y la falsa sensación de tranquilidad que ofrece al médico y la familia son argumentos suficientes para desaconsejarla rotundamente como método sistemático.

•Solicitar exploraciones complementarias: su práctica indiscriminada en procesos mayoritariamente víricos, banales y autolimitados comporta un coste económico inaceptable, una molestia innecesaria para el niño y su familia y un rendimiento diagnóstico muy bajo.

Dado que ninguna de estas conductas parece universalmente recomendable, el reto, no totalmente resuelto en la actualidad, está en la definición de unos criterios de riesgo, lo suficientemente sensibles y específicos para detectar con un coste razonable a aquellos niños que pueden presentar bacteriemia oculta. En los últimos 40 años, se ha publicado muchísima literatura sobre el particular, envuelta en grandes polémicas y datos contradictorios. La conducta práctica puede consultarse en este mismo número (“fiebre sin foco”).

Tratamiento sintomático de la fiebre y el dolor en Pediatría de AP

La fiebre suele ser bien tolerada por los niños, en relación inversa con la edad, pese a lo cual es sobretratada con fármacos antipiréticos. Algunos estudios proponen que el tratamiento indiscriminado de la fiebre puede comprometer la respuesta inmunitaria del organismo frente a la infección, si bien no está clara la repercusión clínica que puede tener este hecho. En cambio, el dolor suele ser olvidado en pediatría, si bien, en la actualidad, hay una concienciación progresiva del profesional que atiende a niños ante el hecho de que el niño también experimenta dolor y éste debe recibir la misma consideración terapéutica que el adulto(6,7). Puesto que los fármacos analgésicos y antipiréticos suelen ser los mismos en Pediatría, ambos aspectos se discuten conjuntamente.

El pediatra de AP promoverá el uso de medidas antipiréticas físicas, suficientes en muchas ocasiones para reducir la temperatura: desabrigar parcialmente al niño en un ambiente térmico confortable (18-23 grados), ingesta de líquidos y baño en agua templada (32-36 grados) un mínimo de 15-20 minutos. No es eficaz la aplicación de paños húmedos o con hielo y hay que prohibir rotundamente las friegas con alcohol (que pueden producir intoxicación etílica por inhalación) y los baños con agua fría (que producen vasoconstricción cutánea, reducción de la temperatura de la piel y aumento posterior de la temperatura central, aparte de que aumentan el malestar del niño).

El uso de fármacos antipiréticos podría ser más recomendable en las siguientes situaciones:

•Antecedentes de convulsión febril. Si bien su uso no se ha demostrado que reduzca el riesgo de recidiva, parece casi obligado para controlar la angustia familiar.

•Cardiopatía o neuropatía descompensadas, alteraciones del equilibrio hidroelectrolítico, sepsis.

•Fiebre que cause angustia familiar, muy especialmente si es el único tratamiento que recibe el niño ante un proceso febril inespecífico o de origen viral.

•Fiebre que cause malestar general. En este caso, trataremos más el dolor asociado a la fiebre que la fiebre en sí. El mejorar el confort del niño nos ayuda a valorar más adecuadamente la gravedad de la enfermedad causante.

Hay que educar a la familia sobre los efectos reales del tratamiento antipirético. Éste empieza a hacer su acción a los 30-60 minutos y no debe esperarse una reducción superior a 0,5-1°C. El no conocimiento de estos detalles hará que muchos padres consideren fracaso terapéutico una respuesta normal.

La terapia combinada, tan utilizada en la actualidad, no tiene suficiente base en la que sustentarse. Estudios de utilización conjunta AAS-paracetamol no han demostrado mejores resultados que con la utilización a dosis correctas de cualquiera de los dos por separado, aumentando, en cambio, los efectos secundarios. En cuanto a la utilización conjunta de paracetamol-ibuprofeno, hay pocos datos que permitan avalar ni la eficacia ni la seguridad de la misma.

Fármacos antipiréticos y analgésicos habituales en Pediatría

Paracetamol

Es el antipirético de referencia. Su mecanismo de acción es la inhibición de la acción de la ciclooxigenasa que, en condiciones normales, metaboliza el paso de ácido araquidónico hacia prostaglandinas y tromboxanos. Las prostaglandinas son potentes vasodilatadores y mediadores de la inflamación. La acción del paracetamol es selectiva sobre la ciclooxigenasa central, sin efecto sobre la formación periférica de prostaglandinas, por lo que no tiene efecto antiinflamatorio, ni los efectos adversos sobre la función intestinal, renal o la adhesión de plaquetas propios del ácido acetilsalicílico y el ibuprofeno.

La dosificación recomendada es de 10 a 15 mg/kg/dosis. Estas dosis pueden repetirse en caso necesario cada 4 horas en niños de más de 6 meses y cada 6 horas en niños menores de esa edad, en los que el metabolismo hepático del fármaco está aún inmaduro. Si bien el intervalo de la dosificación se expresa según necesidad en caso de fiebre, en caso de dolor importante (otalgia, odontalgia) se recomienda pautarlo de manera fija al menos en las primeras 24 horas, para seguir después a demanda. Los límites diarios de dosificación se han establecido en 60 mg/kg/día en niños de menos de 12 meses y en 90 mg/kg/día en niños mayores de esa edad. La intoxicación se establece en 150 mg/kg en una dosis. Muchos supuestos fracasos con el paracetamol, que inducen a las familias a utilizar otros antitérmicos (ibuprofeno) con la creencia de que son más efectivos, se deben al uso de dosificaciones bajas.

Hay que fomentar el uso de la via oral, de absorción más segura y dosificación ajustable. El paracetamol tiene un sabor amargo y no es bien aceptado por algunos niños, si bien puede mezclarse con líquidos de más agradable sabor. Si por cualquier motivo la vía oral no es posible, debe utilizarse la vía rectal, lo que obliga a aumentar sensiblemente las dosis, hasta los 20-30 mg/kg/dosis.

Ácido acetilsalicílico (AAS)

La dosificación es la misma y con los mismos intervalos que el paracetamol. Su potencia analgésica y antipirética es similar. Tiene efecto central y periférico sobre la ciclooxigenasa, por lo que es un fármaco antiinflamatorio. Tiene mejor aceptación por su sabor, pero tambien más efectos secundarios potenciales, especialmente intolerancias gástricas y hemorragias digestivas, que son poco frecuentes. Debe recordarse su implicación en la producción de síndrome de Reye asociado a gripe y varicela, procesos en los que está absolutamente contraindicado. Ya no se utiliza en el tratamiento de la fiebre, pero puede ser una buena alternativa a recordar en analgesia.

Ibuprofeno

Es un fármaco bien aceptado por su sabor y, si bien su potencia antipirética y duración de la acción son algo superiores a paracetamol, las diferencias clínicas son poco relevantes. Su mecanismo de acción es semejante al AAS, con el que comparte efecto antiinflamatorio y potenciales efectos secundarios. Se recomienda la dosificación de 10 mg/kg/dosis cada 6 horas. Es una buena alternativa cuando el paracetamol a dosis máximas no se muestre eficaz en la reducción de la fiebre (o al revés), dado que hay niños que parecen responder mejor a un antitérmico que al otro. El preferir su uso en determinadas patologías banales que cursan con “inflamación” (otitis, faringitis) no tiene ningún fundamento. Si bien no se ha implicado en la producción del síndrome de Reye, se ha demostrado una asociación entre utilización de ibuprofeno en la varicela y aparición de complicaciones graves derivadas de infecciones estreptocócicas severas (fascitis necrotizante). Si bien no se ha establecido aún si esta asociación es causal o coincidente, parece recomendable hasta que no se defina con claridad este tema, escoger paracetamol en el tratamiento de la fiebre o el dolor en la varicela.

Codeína

Utilizada, sobre todo, como antitusígeno, su acción analgésica debe ser conocida por el pediatra de AP, puesto que su asociación con paracetamol permite controlar adecuadamente cuadros de dolor moderado que no ceden a dosis máximas de paracetamol o ibuprofeno (otalgias, odontalgias). Se dosifica a 0,5-1 mg/kg cada 6 horas. Recientemente(8), la AEMPS ha publicado una alerta en la que, tras conocerse casos graves, algunos mortales, asociados a la administración de codeína en níños para el tratamiento sintomático del dolor, recomienda las siguientes restricciones:

•La codeína está indicada únicamente para el tratamiento del dolor agudo moderado en niños mayores de 12 años para los que no se considere adecuado el uso de ibuprofeno o paracetamol como único analgésico.

•El uso de codeína se contraindica tras la amigdalectomía o adenoidectomía en niños menores de 18 años que sufran apnea obstructiva del sueño. Deberá usarse con precaución en mayores de 12 años que presenten compromiso de la función respiratoria o que hayan sido sometidos a cirugías extensas.

•Provisionalmente, y en espera de más datos, se extienden estas restricciones al uso de codeína como antitusivo.

Bibliografía

1.Sherman JM, Sood SK. Current challenges in the diagnosis and management of fever. Curr Opin Pediatr. 2012; 24: 400-6.

2.Ward, MA, Lentzsch C. Fever: pathogenesis and treatment. En: Feigin RE, Cherry JD, Demmler-Harrison GJ, Kaplan ShL, eds. Textbook of pediatric infectious diseases. 6ª ed. Philadelphia: Saunders Elsevier; 2008. p. 105-9.

3.Ogle JW. Acute fever without a source. En: Bajaj L, Hambidge SJ, Kerby Q, Nyquists AC, eds. Berman’s pediatric decision making. 5ª ed. Philadelphia: Elsevier Mosby; 2011. p. 174-83.

4.McCarthy PL. Fever without aparent source on clinical examination. Curr Opin Pediatr. 2000; 12: 77-84.

5.Shapiro ED. Fever without localizing signs. En: Long SS, Pickering LK, Prober CG, eds. Principles and practie of pediatric infectious diseases. 4ª ed. Philadelphia: Elsevier Saunders; p. 114-6.

6.Golianu B, Krane EJ, Galloway KS, Yaster M. Pediatric acute pain management. Pediatr Clin North Amer. 2000; 47: 559-87.

7.Tobias JD. Weak analgesics and nonesteroidal antinflammatory agents in the management of children with acute pain. Pediatr Clin North Amer. 2000; 47: 527-43.

8.Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios AEMPS. Alerta 2013074. 17-06-2013. Codeína: restricciones de uso como analgésico en pediatría.

 

Test de diagnóstico microbiológico rápido en la consulta de Pediatría de Atención Primaria

Temas de FC

J. de la Flor i Brú

Centro de Salud “Vila Vella”. ABS Sant Vicenç dels Horts-1. SAP Baix Llobregat-Centre. ICS. Barcelona

 

Resumen

Se describen las características generales de los test de diagnóstico microbiológico rápido y las utilidades potenciales y posible impacto asistencial de la utilización en Atención Primaria pediátrica de 15 test: estreptococo betahemolítico del grupo A, virus respiratorio sincitial, gripe, neumococo, rotavirus/adenovirus/astrovirus, norovirus, Campylobacter jejuni, Salmonella, Giardia/Criptosporidium, mononucleosis infecciosa y Helicobacter pylori.
Se describe también la determinación rápida de proteína C reactiva, dado que, pese a que no es un test de diagnóstico microbiológico, presenta una utilidad potencial en el manejo del lactante febril y en el diagnóstico etiológico de la neumonía adquirida en la comunidad.

 

Abstract

General features of rapid microbiologic diagnostic test are presented. We describe also potential utilities on primary pediatric health care in 15 specific test: streptococcus pyogenes, syncitial respiratory virus, influenza virus, pneumococcus, rotavirus/adenovirus/ astrovirus, norovirus, Campylobacter jjeuni, Salmonella, Giardia/Criptosporidium, infectious mononucleosis and Helicobacter pylori. In spite that it is not a microbiologic test, rapid test of C reactive protein are presented, cause it is potentially useful in assesment of fever without aparent source in infants and etiologic diagnosis of community pneumonia.

 

Palabras clave: Test de diagnóstico microbiológico rápido; Proteína C reactiva; Atención Primaria pediátrica.

Key words: Quick diagnostic microbiologic test; C reactive protein; Primary pediatric health care.

 

Pediatr Integral 2014; XVIII(1): 37-43


Test de diagnóstico microbiológico rápido en la consulta de Pediatría de Atención Primaria

 

Introducción

En la clínica diaria, hay muchas ocasiones en las que desearíamos disponer de métodos sencillos de diagnóstico etiológico rápido, que pudiesen modificar en el mismo acto médico conductas tanto desde el punto de vista epidemiológico, como fundamentalmente diagnóstico y/o terapéutico. Es en este espacio en el que tendrían un posible rol determinados test de diagnóstico rápido (TDR), que en los últimos años han ido adquiriendo mayor presencia en los servicios de urgencia(1), pero cuya utilización en las consultas de Pediatría de Atención Primaria (AP), tanto en el sector público como en el privado, sigue siendo muy marginal o prácticamente nula y que son el objeto de este capítulo.

Fundamentos teóricos para la utilización de test de diagnóstico rápido

Características de los test de diagnóstico rápido

¿Cómo funcionan?

Básicamente, podríamos explicar el funcionamiento de los TDR microbiológicos de la siguiente forma(2): si en una muestra clínica, en nuestro caso secreción respiratoria, sangre, orina o heces, está presente el antígeno (Ag) del germen que queremos detectar, al añadir anticuerpos (Ac) específicos marcados contra este microorganismo, se producirá una reacción de fijación Ag-Ac y aparecerá un efecto o señal objetiva y claramente detectable por el clínico, señal que puede ser una aglutinación, un cambio de color de un sustrato positivando una tira reactiva o una placa/cassette de inmunodifusión, o la aparición de fluorescencia o luz, dependiendo del marcador. En la actualidad, disponemos de distintos métodos:

•Pruebas de aglutinación indirecta o pasiva.

•Inmunofluorescencia.

•Enzimoinmunoanálisis o enzimoinmunoensayo: ELISA (enzime linked immunosorbent assay); EIA (enzime immunoassay).

•Sondas quimioluminiscentes de ADN.

•Inmunocromatografía: todas las pruebas que vamos a presentar en este artículo son pruebas inmunocromatográficas, las más utilizadas en la actualidad por su comodidad y sencillez, cuyo funcionamiento es el siguiente: se realizan en una pequeña tira de nitrocelulosa estratificada o en una placa (cassette) horizontal de inmunodifusión óptica o de inmunoflujo lateral. En la parte inferior de la tira o en la base de la placa, hay Ac específicos de conejo marcados con oro coloidal. En la parte media, Ac no marcados. En la parte superior de la tira o extremo de la placa, Ac de otro animal, generalmente cabra, dirigidos contra los Ac de conejo. Si añadimos una muestra biológica líquida en la parte inferior o basal, por capilaridad el líquido migra hacia arriba de la tira o se difunde en la placa. Si la muestra es positiva, los complejos Ag-Ac son captados por la segunda zona, en donde observamos la banda de color de los Ac marcados. Los Ac sobrantes (solos o en complejo con Ag) siguen migrando hacia arriba o el extremo, positivando una segunda línea de color, independientemente del resultado de la prueba. Esta segunda línea será un control de que el test ha sido realizado con la técnica correcta (Fig. 1).

 

Figura 1. Placa/cassette de inmunoflujo lateral con línea de test positivo y línea de control.

 

¿De que nos informan?

En general, los TDR son pruebas cualitativas, que dan un resultado positivo o negativo, pero que no permiten cuantificar la intensidad del inóculo bacteriano o de la carga viral, ni diferenciar un estado de portador de una infección activa. Sólo en algunos casos de detección de antígenos virales en heces, las pruebas pueden ser catalogadas como semicuantitativas, al estar la intensidad del color en relación con la carga viral. Por lo tanto, son pruebas complementarias a la clínica, subsidiarias de la clínica e interpretables únicamente en el contexto de la clínica a la que en ningún modo pueden sustituir. No nos dan un diagnóstico, sino que nos informan de la presencia o ausencia de un determinado germen en una muestra biológica. Es el profesional quien tiene que interpretar esta información y situarla en su contexto clínico y epidemiológico para utilizarla adecuadamente.

¿Cuándo utilizarlos?

Los TDR deben usarse únicamente en aquellos casos en los que, de la información resultante, puedan derivarse potenciales cambios de conducta práctica, no únicamente en relación al tratamiento, sino también en cuanto a la epidemiología, el diagnóstico y la educación sanitaria (tanto de los pacientes como del propio profesional).

Utilidad potencial de la utilización sistemática del test de diagnóstico microbiológico rápido en Pediatría de AP

 

Estreptococo betahemolítico del
grupo A

Cuando evaluamos a un niño con faringitis aguda, debemos valorar cuidadosamente los aspectos clínicos y epidemiológicos antes de practicar un TDR. Si van en contra de la etiología estreptocócica, la baja probabilidad de un resultado positivo que, además, posiblemente reflejaría un estado de portador (15% de niños en edad escolar), y la escasa incidencia actual (aunque no nula) de fiebre reumàtica (FR) y otras complicaciones graves secundarias a la infección por Estreptococo pyogenes en nuestro medio, no justificaría el coste de la utilización indiscriminada del test ante cualquier proceso de faringodinia/hiperemia faríngea, mayoritariamente de causa viral. En cambio, la valoración pre-test de una supuesta alta probabilidad clínica y/o epidemiológica de faringitis estreptocócica, tiene muchos falsos positivos, incluso hecha por pediatras muy experimentados; por lo que, el test estaría indicado fundamentalmente en estos casos, con el objetivo de utilizar adecuadamente los antibióticos (ATB), reduciendo sensiblemente su uso. No debe olvidarse que la faringitis aguda es la primera causa de utilización de ATB en todas las edades y en todo el mundo.

Los TDR ofrecen una rapidez que permite reducir la diseminación del EBHGA y favorecer la incorporación rápida del niño a su actividad normal, factores ambos que, aunque más difíciles de cuantificar que el coste del test, tienen un impacto económico indudable.

A finales de los años 70, aparecieron los primeros test, basados en técnicas de aglutinación, pero sus sensibilidades eran inaceptablemente bajas; por lo que, los casos negativos debían ser igualmente cultivados, con lo que se perdía gran parte del interés que puede tener su utilización en pediatría de AP, muy especialmente en nuestra cultura asistencial, que no se basa generalmente en conductas expectantes y de seguimiento y además, aumentaba el coste total de la asistencia. En cambio, los test se mostraron, ya desde el principio, muy específicos y los más recientes, llamados de segunda generación, basados en enzimoinmunoensayo, inmunoensayo óptico y, más recientemente, en sondas quimioluminiscentes de ADN, presentan sensibilidades más elevadas, superiores al 90%, parecidas a las obtenidas por cultivo, que teóricamente permitirían obviar la práctica concomitante del mismo en los casos negativos(3). Sin embargo, debe señalarse que hay muchas discrepancias entre distintos estudios, hechos incluso con el mismo test, discrepancias que dependen probablemente de la metodología y de la habilidad en la recogida de la muestra: el manejo de un escobillón, con el que hay que frotar enérgicamente las dos superficies amigdalares, la faringe posterior, la úvula, retirarlo sin contactar con la mucosa bucal, ni con la lengua ni con los dientes, y hacerlo lo más rápidamente posible para disminuir las inevitables molestias al niño, es algo relativamente sencillo, pero que requiere de una cierta práctica y habilidad(4).

Algunos estudios de coste beneficio con test rápido sugieren una disminución de costes derivada de su uso sistemático.

En un único estudio de estas características disponible en nuestro medio, Contessotto y cols.(5) recogen 460 muestras de exudado faringoamigdalar de niños entre 6 meses y 14 años con faringitis sugestivas de etiología bacteriana, que se estudian con test rápido y cultivo simultáneo, e informan de que, pese a que la utilización del test reduce en un 50% la utilización de ATB, el coste asistencial es algo superior al que se deriva de la práctica habitual sin test, debido al coste del mismo. Sin embargo, este estudio se hizo con un test de coste sensiblemente superior (más de 5 euros) a los más actuales (menos de 3) y se incluyeron niños muy pequeños, con muy baja probabilidad de obtener un resultado positivo, lo que aumenta el coste global de la asistencia al obtenerse un exceso de test negativos.

Ehrlich y cols.(6) realizan un estudio de coste beneficio: el tratamiento basado sólo en el test rápido fue la mejor opción si se analizaba el coste económico. En cambio, si se pretendía minimizar el número de pacientes con FR, la mejor opción era tratar a los pacientes en base al cultivo. La tendencia actual es a considerar los modernos test como suficientes, sin necesidad de confirmar con cultivo los resultados negativos, en áreas de baja prevalencia de FR, como en nuestro medio. Sin embargo, el tema sigue siendo controvertido y hay guías de práctica clínica en las que se sigue recomendando el cultivo en casos negativos con fuerte sospecha clínica.

La Academia Americana de Pediatría concluye que con la utilización de los modernos test inmunocromatográficos se puede obviar el cultivo en casos negativos. Esta práctica no ha demostrado un aumento en las complicaciones supurativas y no supurativas de la infección estreptocócica.

El test es capaz de detectar antígenos hasta 48 h después de iniciado el tratamiento antibiótico, lo que lo hace especialmente útil para suspender en ese plazo tratamientos ATB incorrectamente instaurados en faringitis presuntamente virales, a partir de diagnósticos empíricos sin confirmación etiológica.

Los test también se han utilizado con buenos resultados en el diagnóstico rápido de patología cutánea potencialmente estreptocócica, fundamentalmente celulitis perianal y, obviamente, en el de escarlatina. No se ha documentado su utilización en el diagnóstico de balanopostitis supurativas y vulvovaginitis exudativas.

Virus respiratorio sincitial

El virus respiratorio sincitial (VRS) provoca epidemias anuales de bronquiolitis y neumonía en otoño-invierno, y es el origen de gran cantidad de visitas ambulatorias y controles pautados o espontáneos, de visitas espontáneas a urgencias, de un enorme gasto farmacéutico en medicaciones de dudoso valor e intermitente prestigio bibliográfico (broncodilatadores y corticoides), pero que la mayor parte de pediatras sigue utilizando con mayor o menor convencimiento, y de muchos ingresos hospitalarios, con una mortalidad baja pero no despreciable, generalmente confinada a lactantes de alto riesgo. Por su alta transmisibilidad (de 5 a 12 días, en ocasiones hasta 3 semanas), es causa también de brotes escolares y de infecciones nosocomiales; por lo que, el niño infectado requiere un manejo en condiciones de aislamiento adecuadas.

A nivel práctico, parece que esta necesidad de aislamiento sería la indicación fundamental de poder disponer del test, obviamente en un niño que tiene que ingresar por bronquiolitis, pero especialmente en el más frecuente caso de bronquiolitis leve con seguimiento domiciliario, en el que el paciente debe aislarse de la guardería, recomendación que suele olvidarse si el niño está afebril y tiene buen estado general. La documentación de la negatividad de un test previamente positivo podría ser un criterio de reentrada a guardería, hasta ahora no estudiado. Algunos estudios han sugerido que la bronquiolitis por VSR tiene un curso independiente de la utilización de fármacos broncodilatadores, lo que constituiría un factor diferencial con bronquiolitis producidas por otros virus respiratorios, y el disponer de una prueba rápida positiva sería un elemento definitivo para decidir la abstención terapéutica. Otros autores no han corroborado esta observación, con lo que la prueba terapéutica con broncodilatadores sigue siendo práctica habitual, independientemente de la etiología.

Desde la AP parece que el test de detección rápida podría tener interés en el manejo no agresivo del lactante febril con bronquiolitis. Diversos estudios(7-9) han coincidido en señalar que la incidencia de enfermedad bacteriana grave en el niño con VRS positivo es muy baja, y que su documentación aconseja obviar en el niño febril mayor de 1 mes cualquier otra exploración complementaria, con la posible excepción de descartar la infección urinaria que, por motivos desconocidos, es frecuente en niños con infección VRS.

Disponer de esta prueba en AP podría reducir el uso de ATB en neumonía ambulatoria. Ante una sospecha clínica de neumonía adquirida en la comunidad (NAC) en un niño de menos de 2 años, una prueba rápida positiva para VRS debería ser un factor decisivo en la abstención, al menos inicial, en la utilización de ATB, especialmente si valoramos la escasa incidencia de sobreinfección bacteriana en vías bajas que experimenta la infección por VRS. Las modernas pruebas inmunocromatográficas presentan sensibilidad y especificidad elevadas (89-94%), mayores que el cultivo de VRS, y ofrecen resultados en 15 minutos. Las muestras pueden obtenerse por lavado-aspirado nasal, o por frotis nasofaríngeo.

Gripe

Por fin, parece que la gripe pediátrica está recibiendo la atención que merece. Está claro que no es tan benigna como siempre se creyó, especialmente en niños pequeños, cuya tasa de hospitalización por neumonía es tan elevada como en el grupo de riesgo clásico de mayores de 65 años, y sobre todo actúa como factor fundamental en la diseminación de la enfermedad a colectivos de alto riesgo, al ser los niños transmisores más prolongados y eficaces del virus de la gripe, y tener una tasa de ataque de hasta el 45% en una epidemia estacional normal. El camino hacia la inmunización anual pediátrica parece claramente definido, al menos en los niños más pequeños, como ya recogen en sus recomendaciones los comités de vacunas de muchas sociedades científicas.

La fase inicial de la gripe, antes de la aparición de la sintomatología respiratoria, se presenta como un síndrome febril sin focalidad aparente (SFSF), y nos planteará en el lactante y niño pequeño el diagnóstico diferencial con el riesgo clínico de bacteriemia oculta (BO). Parece muy atractiva la posibilidad de disponer de un test rápido que permita evitarle al niño con SFSF las molestias derivadas de la aplicación estricta del protocolo de BO.

La incidencia de enfermedad bacteriana grave en un niño con gripe documentada es muy baja, y la presencia de un resultado positivo en un test de gripe permite evitar otras exploraciones complementarias y reducir el uso de ATB(10-13).

Los test inmunocromatográficos de gripe tienen sensibilidades menores que otras pruebas descritas en este capítulo, entre el 45,5 y el 71% según las series, mayores para el virus A, algo inferiores para el B, pero siempre inferiores al cultivo viral, y una elevada especificidad, del 95%. Hay grandes variaciones entre distintos test, aunque la sensibilidad depende fundamentalmente de una técnica correcta de recogida de la muestra con frotis nasofaríngeo (Fig. 2). La neumonía es frecuente en niños con gripe y, dada la difícil diferenciación clínica entre neumonía viral por el mismo virus de la influenza o la mucho más frecuente sobreinfección neumocócica, el niño con gripe que presente sintomatología sugestiva de neumonía debe someterse a la misma conducta diagnóstica independientemente del resultado del test.

 

Figura 2. Técnica de recogida de muestra respiratoria por frotis nasofaríngeo.

 

El mejor periodo para practicar el test rápido está entre las 12 y las 48 horas del inicio de la sintomatología, y siempre en los 4 primeros días. Antes de las 12 horas puede haber falsos negativos.

Neumococo

El neumococo es el germen más prevalente en la neumonía adquirida en la comunidad. La infección sistémica por neumococo es una causa importante de morbilidad y mortalidad, especialmente en niños pequeños, ancianos y personas con enfermedad de base. La vacuna 13-valente está modificando sustancialmente la epidemiología de la enfermedad.

En los últimos años, se ha desarrollado experiencia en una nueva técnica inmunocromatográfica de detección de antígeno neumocócico PnC en muestras urinarias, que se ha mostrado útil en adultos y niños para el diagnóstico de neumonía neumocócica bacteriémica o no, ofreciendo comodidad en la recogida y procesamiento de la muestra, resultados en menos de 15 minutos y escasa interferencia con otros estreptococos presentes en la cavidad oral (mutis, oralis) que comparten con neumococo el citado PnC. Si bien el neumococo coloniza frecuentemente la orofaringe de niños normales (hasta un 25 % de niños menores de 7 años), la concentración de germen en estos casos suele estar por debajo del nivel de detección antigénica requerido por la prueba. No obstante, la prueba no ofrece dudas en cuanto a su sensibilidad, pero sí se ha cuestionado su especificidad (85%) en zonas de alta prevalencia de colonización nasofaríngea por neumococo. Se especula que el antígeno PnC puede alcanzar el tracto urinario, especialmente en caso de infección respiratoria concomitante que lesiona la barrera mucosa nasofaríngea. En cualquier caso, parece una prueba con un perfil de sensibilidad-especificidad superior al recuento leucocitario como predictor de neumonía o bacteriemia por neumococo, lo que le confiere potencial interés para su uso en una consulta de AP.

Rotavirus

La gastroenteritis aguda (GEA) por rotavirus (RV) es la más frecuente en niños pequeños; de forma que, la práctica totalidad han tenido contacto con el virus a los 5 años, experimentando además diversas reinfecciones de gravedad decreciente. En nuestro medio no provoca mortalidad o es muy escasa, pero la enfermedad tiene un gran impacto socioeconómico, que oscila entre los 160 euros de coste sanitario de un episodio atendido en primaria y los 1.500 del ingresado en hospital (1/50), además de unos 200 euros por episodio en costes indirectos. Los niños con GEA por RV presentan fiebre más elevada y de mayor duración, más vómitos, más deposiciones y más líquidas, y peor estado general y más incidencia de deshidratación que en otras GEA virales.

La importancia práctica que puede tener el diagnóstico rápido en el manejo del niño puede parecer a priori escasa, ya que el tratamiento basado en la prevención y tratamiento de la deshidratación con soluciones de rehidratación oral es común a todas las GEA e independiente de la etiología. No obstante, el test puede permitir una información correcta a los padres en el sentido de una previsión de cuadro más prolongado y potencialmente grave que probablemente requiere de controles clínicos programados para revalorar el estado de hidratación del niño.

El test también tiene interés para una indicación más estricta de aislamiento. El RV se elimina por heces en cantidad muy abundante (entre 10.000 millones y un billón de partículas virales por ml de heces, cuando 10 partículas son suficientes para producir infección) y sobrevive durante varias horas en las manos de los cuidadores del niño, y de días a semanas en superficies inanimadas (teléfonos, útiles de escuela, cuadernos…); por lo que, la transmisión viral es muy efectiva y la enfermedad, muy contagiosa, provocando brotes escolares y nosocomiales. Las medidas higiénico sanitarias no son útiles en el control de esta enfermedad, que se transmite fundamentalmente por vía fecal-oral y por aerosoles de partículas respiratorias. El rotavirus no es sólo una enfermedad digestiva de lactantes, sino una enfermedad que afecta a todas las edades (especialmente grave en las edades extremas) con posible afectación respiratoria y viremia. El lavado de manos meticuloso del personal que atiende al niño reduce la transmisión sólo si se hace con antisépticos potentes y no con agua y jabón, pero no la evita, aunque es el único método parcialmente efectivo para controlar la diseminación de la enfermedad. Por tanto, y mientras las vacunas no sean sistemáticas, el conocimiento de la etiología es importante para extremar las medidas de aislamiento. Teniendo en cuenta que el virus puede excretarse durante periodos prolongados, de varias semanas, aún sin diarrea, la documentación de la negatividad de un test previamente positivo podría ser un criterio de reentrada en guardería, aún no estudiado.

Finalmente, el diagnóstico etiológico permite valorar objetivamente el impacto de la enfermedad y la necesidad de recomendar su prevención con vacunas. En nuestro medio, la cobertura de vacunación antirotavirus está por debajo de otras vacunas no financiadas por el Sistema Nacional de Salud (neumococo y varicela), lo que se debe fundamentalmente a una baja percepción de la importancia de la enfermedad por parte del profesional sanitario que debe recomendar la vacuna. Como el rotavirus no se ve, ni se diagnostica, dado que se hace un diagnóstico genérico de GEA, el profesional tiene la falsa sensación de que la enfermedad no es importante y, por lo tanto, de que no es necesario esforzarse mucho en su prevención con vacunas.

El TDR para rotavirus es un test inmunocromatográfico con sensibilidad y especificidad del 99%(14).

Adenovirus

La gastroenteritis aguda por adenovirus es la más frecuente después de la causada por rotavirus (5-9% de casos de diarrea); si bien, parece estar siendo desplazada en nuestro medio por norovirus y astrovirus. Afecta fundamentalmente a niños de menos de 2 años y se presenta durante todo el año. Puede causar brotes nosocomiales, aunque son menos frecuentes que los causados por rotavirus. La duración de la diarrea es mayor (de 10 a 14 días) pero el cuadro es mucho más leve y tiene mucha menor tendencia a la deshidratación. Se ha relacionado ocasionalmente con invaginación intestinal. Un test rápido positivo para adenovirus permite una previsión de cuadro prolongado pero benigno y, probablemente, reduzca sucesivas visitas no pautadas.

El test rápido para adenovirus en heces es un test de inmunocromatografía que puede ir asociado en el mismo kit de diagnóstico para rotavirus e, incluso, astrovirus. La técnica es muy cómoda, requiere de poca cantidad de heces y ofrece resultados en un máximo de 15 minutos. No hay experiencia previa en su utilización en AP. En estudios hospitalarios, el test ha mostrado sensibilidad del 90% y especificidad del 99% en relación con el cultivo viral.

Astrovirus

La GEA por astrovirus tiene una duración de 5-6 días y generalmente tiene una evolución favorable y raramente evoluciona hacia la deshidratación. El test inmunocromatográfico puede ir asociado en el mismo kit con rotavirus y adenovirus. En estudios hospitalarios ha mostrado sensibilidad del 94% y especificidad del 99%.

Norovirus

La GEA por calicivirus (norovirus y sapovirus) se caracteriza por el predominio de los vómitos, náuseas y dolor abdominal sobre la diarrea. Es frecuente la sintomatología sistémica acompañante. Los norovirus son la causa más frecuente de GEA viral en adolescentes y adultos, aunque puede afectar a cualquier edad, y son frecuentes los brotes escolares y nosocomiales. Aunque es más frecuente en invierno, puede presentarse durante todo el año, y en EE.UU., donde hay altas tasas de vacunación contra rotavirus, ya es la primera causa de GEA viral. Existe un test inmunocromatográfico de procedimiento algo más engorroso que los descritos anteriormente, con diversos pasos intermedios, y la sensibilidad es también inferior (84%), con una especificidad del 95%.

Campylobacter

Es la GEA bacteriana más frecuente en niños, y segunda causa de diarrea del viajero, por detrás únicamente de la Escherichia coli enterotoxigénica. El cuadro tipico de GEA se acompaña frecuentemente de sangre en las heces. En lactantes, la diarrea con sangre y sin fiebre es una presentación común que permite orientar la sospecha diagnóstica. Se ha relacionado con la aparición de síndrome de Guillain-Barré, probablemente de causa autoinmunitaria. La infección suele ser benigna (más grave en países pobres) y autolimitada (raramente con bacteriemia), aunque el tratamiento con macrólidos reduce el periodo sintomático y previene las infecciones crónicas y las recaídas, por lo que el interés del TDR está en que, si se hace un diagnóstico precoz, puede instaurarse un tratamiento útil. El test inmunocromatográfico cualitativo tiene una sensibilidad y especificidad del 99%.

Salmonella

La GEA por Salmonella produce un cuadro típico de GEA, pero en un 10% se producen infecciones focales y, en menores de 6 meses, hay riesgo de bacteriemia. En cuadros de GEA no complicada no está indicado el tratamiento antibiótico. El test inmunocromatográfico cualitativo tiene una sensibilidad del 99 y una especificidad del 97%.

Helicobacter pylori

La infección per Helicobacter pylori (HP) es muy frecuente en la especie humana, especialmente en ámbitos socioeconómicos bajos, y se han comunicado prevalencias de hasta el 50% en edad pediátrica; si bien, muchas de estas infecciones son transitorias y asintomáticas. Todos los niños infectados persistentemente por este germen desarrollan cambios histológicos sugestivos de gastritis crónica. La infección por HP en Pediatría puede ser asintomática o manifestarse por dolor abdominal, vómitos y, menos frecuentemente, por anemia ferropénica refractaria al tratamiento por pérdidas ocultas de sangre en heces y retraso del crecimiento. La colonización crónica por HP aumenta el riesgo de desarrollar ulcus péptico y cáncer de estómago. Clásicamente, el diagnóstico se hizo con la detección de anticuerpos Ig G, y se confirmaban los cambios histológicos con endoscopia y biopsia. Actualmente, no se recomiendan los test serológicos en niños. Se considera el patrón de oro diagnóstico, los test de urea en aire espirado. En la actualidad, hay métodos de detección antigénica de HP en heces por técnicas de inmunocromatografía(15,16), que ofrecen gran comodidad y sensibilidad (94%)-especificidad (99%) parecidas a los test de urea en aire espirado.

Giardia

La infección por Giardia lamblia tiene un amplio espectro de presentación que oscila desde la colonización asintomática hasta la diarrea aguda, la diarrea crónica, el síndrome de malabsorción con retraso de crecimiento y el dolor abdominal recurrente.

El test rápido para Giardia en heces(17) es un test de inmunocromatografía que ofrece resultados en 10 minutos. No hay experiencia previa publicada en AP. Estudios hospitalarios muestran concordancia excelente con examen microscópico de heces, con sensibilidad, especificidad y valores predictivos positivo y negativo superiores al 99%.

Criptosporidium

Inicialmente, la infección por el protozoo Cryptosporidium parvum fue considerada patógena sólo en inmunodeprimidos. En la actualidad, se reconoce como una causa frecuente de diarrea aguda en niños sanos de todo el mundo y de brotes en guarderías. Produce diarrea acuosa abundante, sin sangre, acompañada de dolor abdominal intermitente, náuseas, vómitos y anorexia. El 80 % de casos cursan con vómitos y puede acompañarse también de cefalea, mialgias y debilidad. Clínicamente, es indistinguible de otras causas de GEA. Un 30-50% cursan con fiebre. La diarrea puede prolongarse durante semanas, y la infección es autolimitada en inmunocompetentes, debiendo tratarse solo en inmunodeprimidos.

El test rápido para Criptosporidium en heces, que puede formar parte del mismo kit para el diagnóstico rápido de Giardia(17), es un test inmunocromatográfico que utiliza anticuerpos monoclonales específicos para Criptosporidium que detectan todas las formas del ciclo vital del parásito. No hay experiencia previa publicada en AP. Estudios hospitalarios muestran concordancia excelente con examen microscópico de heces, con sensibilidad, especificidad y valores predictivos positivo y negativo superiores al 99%.

Mononucleosis infecciosa

La mononucleosis infecciosa (MI) es una enfermedad autolimitada causada por el herpesvirus Epstein-Barr (EB). Los síntomas más comunes son: fatiga, faringitis, fiebre, linfadenopatía, esplenomegalia y hepatopatía. En casos raros, pueden aparecer complicaciones, como: síndrome linfoproliferativo, trombocitopenia grave, anemia hemolítica, pericarditis, miocarditis, neumonía, pancreatitis, síndrome de Reye, encefalitis y otros síndromes neurológicos. En los países industrializados, la incidencia máxima de MI se produce entre los 14 y 18 años. En países en vías de desarrollo o en zonas con alta densidad de población, la mayoría de los niños se infectan antes de los 3 años, y los síntomas pueden ser leves o clínicamente inaparentes. La faringitis por EB (exudativa y a veces con petequias) puede plantear problemas diagnósticos en AP y se confunde fácilmente con la producida por EBHGA, no siendo raro que coexistan ambas. Su aspecto también puede confundirse con la causada por adenovirus. Debe sospecharse siempre que una faringitis supuesta o confirmadamente estreptocócica no mejore en 3 días de un tratamiento correcto con ATB.

Durante la fase aguda de la enfermedad, aparecen anticuerpos heterófilos en el 90% de MI, cuya presencia se puede demostrar a partir de la semana de enfermedad, alcanzando su concentración máxima a las 2-4 semanas y disminuyendo a las 12 semanas, siendo detectables incluso hasta un año después. Los Ac heterófilos son, a menudo, indetectables en niños menores de 5 años con MI.

El test rápido para Epstein-Barr se basa en la detección por inmunocromatografía de anticuerpos heterófilos IgM en plasma, suero o sangre completa. La muestra puede obtenerse cómodamente por punción capilar. No hay experiencia previa de su utilización en AP. En estudios hospitalarios comparativos con técnicas de EIA y de hemaglutinación, la sensibilidad y especificidad han sido superiores al 99%.

Proteína C reactiva

Aunque no es un test de diagnóstico microbiológico, lo incluimos aquí por su potencial utilidad en la valoración del niño febril o con neumonía.

La fiebre es uno de los motivos de consulta más frecuentes en AP. El manejo del SFSF sigue siendo muy controvertido, pese a la frecuente publicación de guías de práctica clínica que han tenido un seguimiento irregular.

La PCR se sintetiza en el hígado en respuesta a niveles altos de citocinas, a partir de las 4-6 horas del inicio de la inflamación o agresión tisular y va doblando sus valores cada 8 horas hasta llegar a un pico a las 36 horas. Actúa como modulador inmunitario, promoviendo la síntesis de complemento por la vía clásica y favoreciendo la fagocitosis. En recientes estudios(18), la PCR vuelve a ser reivindicada como un instrumento útil en la valoración del niño febril. En un metaanálisis de referencia, y con un nivel de corte propuesto de 32 mg/L, se ha mostrado con similar precisión diagnóstica que la procalcitonina (PCT), considerada generalmente como más sensible y específica, concepto no obstante proveniente de estudios en los que hay un sesgo de gravedad, con una alta tasa de enfermedad bacteriana grave más grave, como sepsis o meningitis. Se considera a partir de estos datos que la PCT sería más un marcador de la severidad de la infección bacteriana que un diferenciador básico de enfermedad viral o bacteriana. La PCT tiene la ventaja de que se eleva más precozmente que la PCR, que puede presentar una ventana silente de unas 8 horas. Sin embargo, el coste de determinación de la PCR es sensiblemente inferior. Recientemente, incluso se vuelve a proponer la PCR como un instrumento complementario útil en la valoración etiológica de la neumonía adquirida en la comunidad(19).

La posibilidad de practicar PCR en la consulta de AP parece de gran utilidad para una valoración más precisa del SFSF en el grupo etario de riesgo de bacteriemia oculta, con la disminución consiguiente de la derivación hospitalaria innecesaria. Las nuevas técnicas de determinación rápida de la PCR en sangre capilar son muy cómodas para el niño, tienen un bajo coste y permiten disponer del resultado en pocos minutos, por lo que se pueden tomar decisiones prácticas en el mismo acto médico.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

1.***Decker JP. Infectious disease testing at the point-of-care. Point of care. 2012; 11: 85-89.

2.*Prats G. Pruebas inmunológicas. En Microbiología clínica. Madrid: Panamericana; 2006. p. 157-85.

3.***Pichichero ME. Are follow up throat cultures necessary when rapid antigen detection test is negative for Group A streptococcus? Clin Pediatr. 2001; 40: 191-5.

4.**Kurtz B, Kurtz M, Roe M, Todd J. Importance of inoculum size and sampling effect in rapid antigen detection for diagnosis of streptococcus pyogenes. J Clin Microbiol. 2000; 38(1): 279-81.

5.*Contessotto C, Cámara M, Avilés MJ, Ojeda JM, Cascales I, Rodríguez F. Empleo racional de los antibióticos en pediatría: impacto de la aplicación de un test rápido de detección de estreptococo beta-hemolítico del grupo A en la faringoamigdalitis aguda. An Esp Pediatr. 2000; 52: 212-9.

6.**Ehrlich JE, Demopoulos BP, Daniel JR. Cost-effectiveness of treatment options for prevention of rheumatic heart disease from group A streptococcal pharyngitis in a pediatric population. Prev Med. 2002; 35: 250-7.

7.**Vega R. Rapid viral testing in the evaluation of the febrile infant and child. Curr Opin Pediatr. 2005; 17: 363-7.

8.**Titus MO, Wright SW. Prevalence of serious bacterial infections in febrile infants with respiratory syncitial virus infections. Pediatrics. 2003; 112: 282-4.

9.**Meléndez E, Harper MB. Utility of sepsis evaluation in infants 90 days of age or younger with fever and clinical bronchiolitis. Pediatr Infect Dis J. 2003; 22(12): 1053-6.

10.**Sharma V, Dowd, MD, Slaughter AJ, Simon SD. Effect of rapid diagnosis of influenza virus type A on the emergency department management of febrile infants and toddlers. Arch Pediatr Adolesc Med. 2002; 156: 41-3.

11.**Bonner AB, Monroe KW, Talley LI. Impact of the rapid diagnosis of influenza on physician decision-making and patient management in the pediatric emergency department: results of a randomized, prospective, controlled trial. Pediatrics. 2003; 112: 363-7.

12.**Smitherman HF, Caviness AC, Macias CG. Retrospective review of serious bacterial infections in infants who are 0 to 36 months and have influenza A infection. Pediatrics. 2005; 115: 710-8.

13.***Mintegui S, García JJ, Benito J, Carrasco J, Gómez B, Hernández S, Astobiza A, Luaces C. Rapid influenza test in young febrile infants for the identification of low-risk patients. Pediatr Infect Dis J. 2009; 28: 1026-7.

14.**Wilhelmi I, Colomina J, Martín-Rodrigo D, Román E, Sánchez-Fauquier A. New immunochromatographic method for rapid detection of rotaviruses in stool samples compared with standard enzyme immunoassay and latex agglutination techniques. European J Clin Microbiol Infect Dis. 2001; 20: 741-3.

15.**Czinn SJ. Helicobacter pylori infection: detection, investigation and management. J Pediatr. 2005; 146: S21-6.

16.*Elitsur Y. Helicobacter pylori diagnostic tools: is it in the stool? J Pediatr. 2005; 146: 164-7.

17.*Katanik MT. Evaluation of Color Pac Giardia/cryptospooridium rapid assay and Prospect Giardia/cryptosporidium microplate assay for detection of Giardia and Cryptosporidium in fecal specimens. J Clin Microbiol. 2001; 39: 4523-5.

18.***Andreola B, Bressan S, Callegaro S, Liverani A, Plebani M, Da Dalt L. Procalcitonin and C-reactive protein as diagnostic markers of severe bacterial infections in febrile infants and children in the emergency department. Pediatr Infect Dis J. 2007; 26: 672-7.

19.**Flood RG, Badik J, Aronoff SC. The utility of serum C-reactive-protein in differentiating bacterial from non bacterial pneumonia in children. Pediatr Infect Dis J. 2008; 27: 95-9.

 

Bibliografía recomendada

–Decker JP. Infectious disease testing at the point-of-care. Point of care. 2012; 11: 85-89.

Excelente revisión que valora el decisivo impacto de la introducción de éstas técnicas en la práctica clínica.

–Pichichero ME. Are follow up throat cultures necessary when rapid antigen detection test is negative for Group A streptococcus? Clin Pediatr. 2001; 40: 191-5.

El mayor investigador mundial en faringitis pediátrica nos ilustra sobre el uso correcto y valoración adecuada de los modernos test inmunocromatográficos.

–Mintegui S, García JJ, Benito J, Carrasco J, Gómez B, Hernández S, Astobiza A, Luaces C. Rapid influenza test in young febrile infants for the identification of low-risk patients. Pediatr Infect Dis J. 2009; 28: 1026-7.

Extraordinario trabajo nacional en el que se demuestra también en nuestro medio la baja incidencia de enfermedad bacteriana grave en el niño con test rápido de gripe positivo.

–Andreola B, Bressan S, Callegaro S, Liverani A, Plebani M, Da Dalt L. Procalcitonin and C-reactive protein as diagnostic markers of severe bacterial infections in febrile infants and children in the emergency department. Pediatr Infect Dis J. 2007; 26: 672-7.

Metaanálisis de referencia que devuelve a la PCR parte del prestigio perdido como marcador de enfermedad bacteriana.

 

 

Diagnóstico diferencial de los exantemas

Temas de FC

J.C. Silva Rico, M.C. Torres Hinojal

Pediatras. Centro de Salud Laguna de Duero. Valladolid

 

Resumen

La mayoría de las enfermedades exantemáticas se manifiestan durante la edad pediátrica y constituyen una consulta frecuente en Atención Primaria. El exantema puede ser, en algunos casos, la manifestación más importante de la enfermedad, pero no siempre es patognomónico, ni la única manifestación y, de ahí, el interés de abordarlos a través de una sistemática que integre todos los datos clínicos y permita un amplio diagnóstico diferencial. Las características del exantema son la pieza fundamental sobre la que deben acoplarse los antecedentes epidemiológicos, las manifestaciones clínicas acompañantes y los hallazgos exploratorios. En la mayoría de los casos, no es necesario realizar exploraciones complementarias. Son enfermedades sin un tratamiento etiológico y de evolución auto limitada, pero acertar en el diagnóstico puede tener importancia epidemiológica y para realizar un tratamiento específico e incluso urgente que evite complicaciones.
En este artículo, los criterios morfológicos del exantema con sus diferentes tipos: maculopapulosos, eritrodérmicos, vesiculosos y purpúricos, junto con la etiología, son los criterios utilizados para clasificarlos. Además, se hace una revisión de las principales características diferenciales de las enfermedades exantemáticas más importantes en la edad pediátrica.

 

Abstract

Most exanthematous diseases are manifested during the pediatric age and constitute a frequent visit in Primary Care. In some cases, exanthem may be the most important manifestation of the disease. However, it is not always pathognomonic or the only manifestation hence the interest in using a systematic approach that includes all the clinical data and allows for an extensive differential diagnosis. The characteristics of exanthem are the fundamental piece on which the epidemiological backgrounds, accompanying clinical manifestations, and exploratory findings should be linked. In most of the cases, complementary studies are not necessary. These diseases lack an etiological treatment and their evolution is self-limiting. However, making a correct diagnosis may be of importance both epidemiologically and in order to make a specific and even urgent treatment that may avoid complications.
In this article, the morphological criteria of the exanthem with their different types, that is maculopapular, erythrodermal, vesicles and purpuric, together with the etiology, are the criteria used to classify them. Furthermore, a review is made of the principal differential characteristics of the most important exanthematous diseases in the pediatric age.

 

Palabras clave: Exantema; Enfermedad exantemática; Diagnóstico diferencial.

Key words: Rash; Exanthematic diseases; Differential diagnosis.

 

Pediatr Integral 2014; XVIII(1): 22-36


Diagnóstico diferencial de los exantemas

 

Introducción

La aparición de un exantema, entendido como una erupción cutánea de morfología, extensión y distribución variables, y que se presenta en el contexto clínico de una enfermedad de etiología muy diversa, es una consulta frecuente en Atención Primaria.

La mayoría de las enfermedades exantemáticas se manifiestan durante la edad pediátrica. En un elevado porcentaje de casos, los exantemas son de origen infeccioso viral. También, pueden aparecer exantemas en el curso de otras infecciones, en enfermedades sistémicas o estar relacionados con fármacos. Los mecanismos patogénicos implicados son: la diseminación hematógena y posterior siembra en la epidermis, dermis o endotelio vascular de los vasos sanguíneos de la piel; la acción de las toxinas; o los mecanismos inmunológicos.

El exantema puede ser, en algunos casos, la manifestación más importante de la enfermedad, pero no siempre es patognomónico, ni la única manifestación y, de ahí, el interés de abordarlos en la consulta de Atención Primaria a través de una sistemática que integre todos los datos clínicos y permita un amplio diagnóstico diferencial.

Las enfermedades exantemáticas clásicas son conocidas desde hace tiempo y se fueron clasificando por orden correlativo. La primera y segunda se refieren a la escarlatina y el sarampión. La rubéola es la tercera. El exantema causado por la toxina epidermiolítica estafilocócica es la cuarta. El eritema infeccioso es la quinta, y el exantema súbito es la sexta enfermedad exantemática. En las últimas décadas, el diagnóstico se ha ampliado y ha variado considerablemente. Los cambios que se han producido por los avances científicos y tecnológicos relacionados con las vacunas, los tratamientos específicos o las técnicas diagnósticas, con mayor capacidad para identificar nuevos agentes etiológicos, han modificado la morbilidad y la mortalidad. El aislamiento de nuevos virus y de otros agentes infecciosos, y la emergencia de antiguos patógenos, ha cambiado el espectro de las enfermedades exantemáticas, variando la incidencia y la clínica de algunos de los exantemas “clásicos”. También, han permitido identificar nuevos agentes relacionados con enfermedades exantemáticas que hasta ahora eran de etiología desconocida.

El diagnóstico debe ser lo más específico y seguro posible; ya que, aunque en la mayoría de los casos se trata de enfermedades sin un tratamiento etiológico y de evolución autolimitada, acertar en el diagnóstico puede tener importancia epidemiológica y suponer un riesgo para los contactos, en el caso de los de etiología infecciosa. Otras veces, el diagnóstico es importante porque requiere un tratamiento específico e, incluso, urgente para evitar complicaciones.

Sistemática diagnóstica

El diagnóstico de una enfermedad exantemática se realiza mediante la integración de diferentes datos clínicos a modo de “puzzle”. Las características del exantema es la pieza fundamental sobre la que deben acoplarse los antecedentes epidemiológicos, las manifestaciones clínicas acompañantes y los hallazgos exploratorios. En la mayoría de los casos, no es necesario realizar exploraciones complementarias (Fig. 1).

 

Figura 1. El diagnóstico de una enfermedad exantemática en Atención Primaria se realiza mediante la integración de diferentes datos clínicos a modo de “puzzle”. Las características del exantema es la pieza central sobre la que deben acoplarse los antecedentes, las manifestaciones clínicas acompañantes y los hallazgos exploratorios. En la mayoría de los casos, no es necesario realizar exploraciones complementarias.

 

El pediatra de Atención Primaria debe basar el diagnóstico diferencial en la anamnesis y en la exploración física completa. Hay que considerar la edad del niño y preguntar por los antecedentes de enfermedades exantemáticas pasadas, que dejan inmunidad de por vida, y las vacunaciones previas. La existencia de un ambiente epidémico escolar o familiar. La relación o contacto directo con enfermos/portadores u otros vectores de transmisión de posibles enfermedades exantemáticas. La exposición al sol, animales o viajes a zonas de riesgo. Los antecedentes alérgicos, de enfermedades crónicas y de tratamientos farmacológicos.

Conocer la existencia de manifestaciones clínicas durante el periodo prodrómico previo a la aparición del exantema es importante. En los casos en que el periodo prodrómico sea subclínico o asintomático, nos debe orientar hacia enfermedades exantemáticas, como la rubéola o el eritema infeccioso, en las que el exantema no viene precedido de síntomas o estos son poco aparentes. En otras enfermedades exantemáticas, días u horas antes de la aparición del exantema, el niño presenta manifestaciones clínicas como: fiebre, catarro de vías altas, síntomas gripales, digestivos u otros que, incluso, han suscitado consulta previa. El sarampión, el exantema súbito o la enfermedad de Kawasaki, entre otras, pertenecen a este segundo grupo y en ellas es importante establecer la relación temporal con la aparición del exantema.

Definir las características del exantema es un aspecto fundamental. El tipo morfológico de las lesiones cutáneas, su coloración, su distribución, si son o no confluentes, la forma de inicio, la progresión y regresión, son el punto de partida para establecer el diagnóstico diferencial (Fig. 1). Atendiendo a las lesiones elementales predominantes, se diferencian los siguientes tipos de exantemas (Fig. 2):

 

Figura 2. Tipos de exantema. A) Maculopapuloso morbiliforme. B) Eritrodérmico escarlatiniforme. C) Reticular festoneado. D) Urticarial habonoso. E) Vesículo ampolloso. F) Purpúrico petequial.

 

1.Máculo-papuloso: caracterizado por máculas planas coloreadas, casi siempre eritematosas, con un diámetro inferior a 1 cm sin cambios de grosor o textura de la piel. Y pápulas sobreelevadas y circunscritas con un diámetro inferior a 1 cm.

2.Eritrodérmico: caracterizado por un enrojecimiento inflamatorio extenso de la piel.

3.Habonoso: caracterizado por la presencia de lesiones eritematosas-habonosas con la parte superior plana y edema que, en ocasiones, se unen formando lesiones anulares o serpiginosas.

4.Vesículo/ampolloso: caracterizado por lesiones elevadas con contenido seroso y de diámetro variable, menor de 2 mm, en el caso de las vesículas, y mayor si son ampollas.

5.Purpúrico/petequial: caracterizado por pequeñas lesiones puntiformes de color rojo, por extravasación de sangre, que no desaparecen con la dígitopresión, denominadas petequias, o de tamaño igual o superior a 3 mm en forma de púrpura.

El exantema puede ser variable y cambiante, tanto en su forma de presentación, como en su evolución, desde su inicio hasta su desaparición. Desde el punto de vista práctico y de forma algo arbitraria, pero aceptada generalmente por todos(1-5), los exantemas se pueden clasificar atendiendo al tipo de lesión y a su etiología (Tablas I y II).

 

 
 

 

Los exantemas se presentan en el contexto de una enfermedad sistémica acompañados de otras manifestaciones clínicas y signos exploratorios. La fiebre, las manifestaciones respiratorias o digestivas, el prurito, la conjuntivitis y los dolores articulares son algunos de los más frecuentes y puede ayudar en el diagnóstico. Siempre debe realizarse una exploración física completa, incluyendo signos meníngeos, en especial cuando el exantema es purpúrico/petequial. En ocasiones, aparecen signos patognomónicos, como el enantema de Köplick del sarampión, u otros hallazgos orientativos de la enfermedad, como la conjuntivitis, los labios fisurados, la afectación de las mucosas, las adenopatías, la hepatoesplenomegalia, los edemas en manos y pies, o la artritis.

La realización de exploraciones complementarias no es, casi nunca, necesaria. En Atención Primaria, la anamnesis y la exploración deben ser suficientes para orientar el diagnóstico y determinar si estamos ante una situación benigna o grave que requiera una actuación específica. Las pruebas hematocitométricas y los test de diagnóstico rápido pueden ser de utilidad en algunos casos.

Exantemas máculo-papulosos

El exantema se presenta con formas variables y, en ocasiones, atípicas, con un amplio abanico de posibilidades etiológicas. Va desde las formas maculares que, en la mayoría de los casos, constituyen una fase inicial transitoria, hasta los que predominan las lesiones máculo-papulosas, que son los más frecuentes. Se manifiestan con diferentes patrones: morbiliforme, eritrodérmico y habonoso (Fig. 2).

Constituyen el grupo más amplio entre las enfermedades exantemáticas. En los infecciosos, el exantema se acompaña casi siempre de fiebre y son principalmente de etiología viral específica o inespecífica y, habitualmente, autolimitados en su evolución. También, pueden estar implicadas bacterias o rickettsias. Otras veces, el exantema máculo-papuloso está relacionado con tratamientos farmacológicos, enfermedades generales o no se conoce con exactitud la etiología, aunque se sospecha que se trate de exantemas paravirales (Tablas I y III).

Víricos

El sarampión(6) está producido por un paramixovirus. Se transmite por contagio directo, desde 4 días antes y hasta 5 días después de la desaparición del exantema, y tiene un periodo de incubación de aproximadamente 10 días. Deja inmunidad de por vida.

Los programas de vacunación infantil han disminuido las tasas de morbimortalidad por sarampión. En España, que tiene buenas coberturas de vacunación, se ha conseguido reducir la incidencia de sarampión respecto a las épocas pre vacunales, pero todavía no podemos olvidar sus características en el abordaje del diagnóstico diferencial; ya que, en los últimos años, están apareciendo brotes periódicos en Comunidades, como Madrid o Andalucía, propiciados por la marginalidad ligada a la inmigración y la pobreza, y por los cada vez más influyentes movimientos anti vacunas(7).

El periodo prodrómico es de unos 4 días. Cursa con fiebre alta y cuadro catarral intenso con rinorrea, conjuntivitis con fotofobia y tos seca. Se acompaña de eritema orofaríngeo y enantema patognomónico, en forma de punteado blanquecino sobre la mucosa yugal hiperémica, conocido como manchas de Koplik, que pueden visualizarse en el 50-80% de los casos y persistir hasta dos días después de la aparición del exantema (Fig. 3).

 

Figura 3. Sarampión: A) Manchas de Koplick. B y C) Exantema máculo-papuloso morbiliforme de color rojo vinoso y confluente en algunas zonas. Comienza en la cara zonas retroauriculares y se generaliza con progresión cráneo-caudal.

 

La erupción exantemática máculo-papulosa morbiliforme es de color rojo vinoso y confluente en algunas zonas. Comienza en la cara y se generaliza con una progresión cráneo-caudal. Va cambiando hacia un color pardo, para desaparecer en 4-7 días, en el mismo sentido que aparece, mediante una fina descamación furfurácea (Fig. 3).

Las características del exantema y los antecedentes epidemiológicos y de vacunación, junto con las manifestaciones clínicas del periodo prodrómico y los signos acompañantes, en especial las manchas de Koplick, son suficientes para realizar el diagnóstico sin necesidad de exploraciones complementarias (Tabla III). En casos excepcionales se puede confirmar mediante aislamiento del virus o serología, con un aumento significativo del nivel de anticuerpos IgM frente al sarampión.

Pueden aparecer complicaciones como consecuencia de la propia infección vírica o por sobreinfección bacteriana, como otitis media, laringotraqueobronquitis o neumonías. En aproximadamente 1/1.000 casos, aparece una encefalitis y puede dejar secuelas neurológicas. En 1/100.000 casos, puede desarrollarse al cabo de unos años una panencefalitis esclerosante subaguda. Los pacientes inmunodeprimidos tienen unas elevadas tasas de mortalidad. En los niños con hipovitaminosis A, el sarampión es también más grave y exacerba su carencia vitamínica, con riesgo de ceguera y mala evolución del proceso.

 

 

La rubéola(8) está producida por un togavirus del genero rubivirus. Se transmite por contagio directo y es moderadamente contagiosa desde 7 días antes y hasta 5-7 días después de la desaparición del exantema. Tiene un periodo de incubación variable de 12-23 días. Existe riesgo de transmisión placentaria, pudiendo dar lugar a anomalías en el desarrollo del embrión y originar el síndrome de la rubéola congénita. Deja inmunidad de por vida.

Como ha ocurrido con el sarampión, la vacunación sistemática ha contribuido a disminuir la incidencia de la enfermedad. Entre enero y septiembre de 2012, se declararon en Europa 25.759 casos, el 99% en Polonia y Rumanía. En España, en este periodo se declararon 59 casos(9).

El periodo prodrómico es asintomático o presenta síntomas catarrales leves, con buen estado general y, frecuentemente, sin fiebre. La erupción exantemática máculo-papulosa es casi siempre la primera manifestación de la enfermedad. Se inicia con lesiones redondeadas de color rojo en la cara (mejillas y área peribucal) y, posteriormente, el exantema se generaliza hacia el tronco y las extremidades con un color rosado y no confluente. Desaparece sin descamación en el mismo orden de su aparición pasados dos o tres días. El signo acompañante más característico y que puede ayudar en el diagnóstico es la presencia de adenopatías generalizadas, sobre todo occipitales, retroauriculares y cervicales.

Las características del exantema y los antecedentes epidemiológicos y de vacunación, junto con la ausencia de periodo prodrómico y las adenopatías, son los hallazgos clínicos más relevantes para el diagnóstico (Tabla III). En casos excepcionales, se puede confirmar el diagnóstico mediante aislamiento del virus o serología.

Cuando aparecen complicaciones, la más frecuente es la artritis. Más raras son la trombopenia, la anemia hemolítica o la hepatitis. El síndrome de la rubéola congénita es excepcional en nuestro país.

El eritema infeccioso o megaloeritema(10) está causado por el parvovirus B19. Afecta especialmente a niños en edad escolar, con máxima incidencia a finales del invierno y en primavera. Es contagioso desde 5 días antes y hasta la aparición del exantema. Tiene un periodo de incubación entre 4-28 días. Puede transmitirse por vía placentaria y se asocia con muerte fetal intrauterina.

Tiene un periodo prodrómico asintomático. El exantema, de carácter predominantemente eritematoso, por lo que se reconoce también como megaloeritema, es la primera manifestación. Evoluciona en tres fases. La inicial, que dura 2-3 días, se caracteriza por rubefacción facial, que afecta a ambas mejillas, respetando la zona perioral, dando un aspecto de “doble bofetada”. En la segunda fase, el exantema aparece también en las zonas de extensión de brazos, muslos y nalgas, respetando palmas y plantas. Es característico el aspecto reticular y festoneado del exantema (Fig. 4). Los niños mayores y adultos pueden referir prurito. En la tercera fase, que puede durar hasta 1 mes, el exantema se resuelve de forma espontánea y sin descamación, pero aparece y desaparece, variando de intensidad con los cambios de temperatura, el estrés y el ejercicio físico.

 

Figura 4. Eritema infeccioso o megaloeritema. A) El exantema se caracteriza por rubefacción facial, que afecta a ambas mejillas, respetando la zona perioral, dando un aspecto de “doble bofetada”. B) En la segunda fase aparece también en las zonas de extensión de brazos, muslos y nalgas, respetando palmas y plantas. Es característico el aspecto reticular y festoneado.

 

El aspecto eritematoso reticular del exantema en un niño de edad escolar, su distribución peculiar, la variabilidad y su duración, junto con la nula repercusión general, son las claves del diagnóstico (Tabla III). Puede confundirse con exantema urticarial, y también los echovirus 12 pueden originar un exantema similar al del eritema infeccioso pero acompañado de fiebre. La evolución es benigna y la repercusión clínica es mínima. Las raras complicaciones que pueden aparecer son artritis o artralgias, y aplasia en inmunodeprimidos.

El exantema súbito o roséola infantil(11) está relacionado con los herpes virus humanos (VHS) 6 y 7. El VHS-6 es responsable de la mayoría de los casos. Se transmite de forma esporádica y sin estacionalidad, por contagio directo durante el periodo febril de la enfermedad. Tiene un periodo de incubación entre 7-15 días. Afecta especialmente a lactantes entre 6 meses y 2 años de edad. La infección congénita se ha descrito en un 1% de los recién nacidos.

El periodo prodrómico se caracteriza por fiebre elevada, superior a 38,5°C. La fiebre precede en 2-4 días la aparición del exantema máculo-papuloso, constituido por lesiones tenues rosadas de pequeño tamaño y no confluentes que afectan, principalmente, al tronco y, ocasionalmente, a la cara y los hombros. En los países asiáticos, se ha descrito un enantema con úlceras en el paladar blando y la úvula, conocido como manchas de Nagayama. Le evolución es benigna y desaparece en 1-2 días sin descamación. No se han descrito complicaciones salvo convulsiones febriles.

Debido a que la localización, aspecto y duración del exantema son variables, no se considera un aspecto diferencial de la enfermedad, respecto de otros exantemas víricos. La aparición súbita de la erupción cutánea al remitir la fiebre, en un lactante con un cuadro febril de 3-4 días de evolución, es la clave del diagnóstico clínico. Es importante reconocer la enfermedad, ya que algunos de estos lactantes que están siendo tratados con antibióticos por el cuadro febril previo a la aparición del exantema, pueden ser mal diagnosticados, atribuyendo el exantema a una reacción de tipo alérgico, confusión que condicionaría sus tratamientos y obligaría a realizar pruebas de provocación.

Otras infecciones víricas, no incluidas entre las enfermedades exantemáticas clásicas, pueden manifestarse con un exantema maculopapuloso(3-5). En la mononucleosis infecciosa, producida por el virus de Epstein-Barr, el exantema no es constante, aparece sólo en el 3-15% de los casos. Se inicia o exacerba tras la administración de ß-lactámicos, hasta en un 80% de los pacientes tratados. Afecta más a la cara y al tronco, y es variado en su morfología, por lo general de tipo máculo-papuloso, pero también puede ser eritrodérmico, habonoso o petequial. La sintomatología del síndrome mononucleósico que acompaña al exantema es importante para el diagnóstico. Sus manifestaciones más características son: fiebre, astenia, anorexia, faringoamigdalitis membranosa, adenopatías, hepatoesplenomegalia y edema periorbitario. El hemograma es una ayuda muy valiosa, siendo característica la linfocitosis mononuclear con linfocitos atípicos en el frotis sanguíneo.

Los adenovirus y, en especial, los enterovirus no polio, pueden incluir, junto con sus manifestaciones específicas, una amplia variedad de exantemas casi siempre maculopapulosos. En muchas ocasiones, quedan catalogados como exantemas víricos inespecíficos, ya que su curso leve y autolimitado no hace necesario el diagnóstico serológico. Los adenovirus predominan en los periodos fríos. El exantema, cuando aparece, coincide con el periodo febril y se puede acompañar de síntomas respiratorios, faringoamigdalares, digestivos, oculares y adenopatías. Del genero enterovirus no polio, los subgrupos de la familia de los picornavirus Coxackie A y B y los Echovirus son responsables de diversos exantemas, que son más frecuentes en las estaciones cálidas y afectan, preferentemente, a niños lactantes. Los serotipos predominantes son los Coxackie A 2, 4, 9 y 16, Coxackie B 3-5, y Echovirus 9, 11, 16, y 25.

En la infección por Enterovirus(12), el exantema máculo-papuloso, de color rosado y descendente, aparece concomitante con la fiebre. Se acompaña de sintomatología variada dependiendo del tipo de virus, pudiendo aparecer manifestaciones digestivas, respiratorias, herpangina o neurológicas, desde meningitis a encefalitis, que pueden orientar el diagnóstico. Un ejemplo característico es el exantema de Boston producido por el echovirus 16, que se presenta en verano y se manifiesta por fiebre, faringitis y exantema rosado no confluente, en cara, tronco y extremidades, con posibilidad de afectación de palmas de las manos y plantas de los pies. Tiene un curso autolimitado con una duración de 3-4 días.

La fiebre dengue, excepcional en nuestro país, es una enfermedad causada por diferentes virus y transmitida por artrópodos. Se caracteriza por fiebre bifásica precedida, en ocasiones, de un dolor de espalda intenso (fiebre de espalda rota), mialgias y artralgias. Durante las primeras 24-48 horas, la fiebre se puede acompañar de un exantema macular generalizado y transitorio. Pasado el primer periodo febril de varios días de duración, aparece un nuevo exantema maculopapuloso generalizado, que respeta las palmas de las manos y plantas de los pies y desaparece en el plazo de 1-5 días. Coincide con una nueva elevación térmica característica del patrón bifásico. Se trata de una enfermedad endémica en Asia tropical, África tropical, Pacífico sur, Caribe, Centroamérica o Sudamérica; por lo que, sólo debe considerarse en el diagnóstico diferencial en niños inmigrantes o viajeros de estas zonas geográficas, teniendo en cuenta que el periodo de incubación es de 1-7 días.

El molusco contagioso, producido por un poxvirus, afecta sobre todo a niños de entre 2-6 años. Tiene un periodo de incubación mayor de 2 semanas, se transmite por contagio directo y se extiende por autoinoculación. Las lesiones son pápulas cupuliformes de tamaño variable, entre 1-5 mm, y color de la piel o rosado, a veces con una depresión central, que se distribuyen de forma variable en cara, tronco y extremidades. El niño está asintomático y con buen estado general. El diagnóstico clínico, en base a las características de las lesiones, no plantea dificultad para el pediatra. La evolución, sin curetaje, es autolimitada, con involución espontánea y una duración entre 6-9 meses.

Hay exantemas, bien definidos clínicamente, de causas diversas, relacionados en la mayor parte de los casos con infecciones víricas, que se caracterizan por las escasas manifestaciones acompañantes y por tener una evolución prolongada de varias semanas hasta su desaparición(4).

La acrodematitis papulosa infantil o síndrome de Gianotti-Crosti, no tiene una etiopatogenia del todo aclarada, pero se relaciona con una reacción inmunológica desencadenada por la infección por diferentes virus: hepatitis, Epstein-Barr, Coxsackie A16,… y con antígenos vacunales. La mayor incidencia se da en la primera infancia, entre 1-6 años, y se caracteriza por pápulas o papulovesículas de pequeño tamaño, monomorfas, de superficie plana y color rojo pardo o cobrizo, escasamente confluentes, con un tamaño entre 1-10 mm. Aparecen en brotes, localizadas en partes acras y respetando relativamente el tronco, formando una erupción simétrica en la cara, glúteos y extremidades, con afectación de palmas de las manos y plantas de los pies (Fig. 5A). La sintomatología acompañante depende de la etiología del proceso pero, en general, es escasa. El exantema se resuelve espontáneamente en 15-60 días.

 

Figura 5. Exantemas paravirales. A) Acrodermatitis papulosa infantil. B) Pitiriasis rosada. Lesión anular “placa heraldo” en la pitiriasis rosada. C) Exantema periflexural asimétrico.

 

La pitiriasis rosada también se ha relacionado etiopatogénicamente con infecciones virales, siendo motivo de debate el papel de los herpes virus humanos 6 y 7. Tiene carácter estacional y mayor incidencia en niños mayores y adolescentes. La primera manifestación es una lesión ovalada o redonda solitaria localizada, preferentemente, en el tronco, de entre 1-10 cm, forma anular, más tenue en la parte central y reborde elevado con descamación, conocida como “placa heraldo”. Entre una y dos semanas después se generaliza el exantema, apareciendo pápulas eritematodescamativas, ovaladas o redondeadas, de menos de 1 cm, y color rosado y marrón, sobre todo en tronco y zona proximal de las extremidades. El eje longitudinal de las lesiones se alinea con las líneas cutáneas, lo que le confiere en la espalda un patrón de “árbol de navidad”. Salvo algo de prurito, no hay otras manifestaciones acompañantes. La erupción persiste entre 2-12 semanas y desaparece sin dejar lesiones residuales (Fig. 5B).

El exantema periflexural asimétrico tiene, como los anteriores, un curso prolongado de unas tres semanas y mayor incidencia durante la primavera, en niños menores de 3 años. Tras un periodo prodrómico con manifestaciones de una infección vírica inespecífica, aparece la erupción maculopapulosa, que se inicia típicamente en una axila o en el pliegue inguinal y se extiende de manera centrifuga de forma unilateral, respetando las palmas de las manos y plantas de los pies. En las fases de mayor extensión, puede asemejarse a un eccema o presentar patrones morbiliformes, reticulares, habonosos e, incluso, alguna lesión purpúrica (Fig. 5C). Durante la segunda semana, puede extenderse contralateralmente de forma siempre más tenue y, a partir de la tercera semana, va desapareciendo, sin dejar lesiones residuales ni complicaciones.

La pseudoangiomatosis eruptiva, de probable etiología vírica, posiblemente ligada a infecciones por enterovirus, se caracteriza por lesiones maculopapulosas de color rojo con un punto central vascular, rodeadas de un halo pálido y de un tamaño entre 2-4 mm, que palidece con la presión y que recuerdan a los angiomas. Se localizan en cara, tronco y extremidades en número escaso, no superior a 10-20 elementos.

Bacterianos

Los exantemas eritrodérmicos que aparecen en algunas enfermedades exantemáticas están relacionados con las toxinas sintetizadas y liberadas por bacterias, como el estreptococo y el estafilococo.

La escarlatina(3-5) se produce por la acción de las exotoxinas eritrogénicas A, B o C del estreptococo ß hemolítico del grupo A en los sujetos inmunitariamente susceptibles. Se transmite por contagio directo hasta 24 horas después de iniciado el tratamiento antibiótico. La máxima incidencia se produce en niños de entre 4 y 10 años, durante el invierno y la primavera. La infección estreptocócica suele situarse en la faringe y, más raramente, en la piel o heridas quirúrgicas.

En su forma más clásica, la escarlatina se presenta tras un periodo prodrómico con síntomas de faringomigdalitis aguda febril. Pasadas 24-48 horas, se manifiesta el exantema escarlatiniforme eritrodérmico (Fig. 6). Se inicia en la cara y el troco con progresión descendente. Es micropapuloso confluente y de tacto rugoso y aspecto eritrodérmico de color rojo escarlata que se blanquea a la presión, más acentuado en pliegues y flexuras (signo de Pastia), respetando el triángulo nasolabial (cara de Filatow). Se acompaña de enantema petequial en el paladar y lengua con papilas prominentes aframbuesadas. Desaparece en 7-10 días, mediante descamación furfurácea en tronco y en grandes láminas en las palmas de las manos y las plantas de los pies. En la actualidad, y debido a la efectividad de los tratamientos antibióticos, se manifiesta clínicamente de una forma más atenuada o incompleta y su incidencia ha disminuido, sobre todo en los países desarrollados.

 

Figura 6. Escarlatina. A) Exantema escarlatiniforme eritrodérmico. Se inicia en la cara y el tronco con progresión descendente. Es micropapuloso confluente y de tacto rugoso y aspecto eritrodérmico de color rojo escarlata que se blanquea a la presión, respetando el triángulo naso labial (cara de Filatow). B) El exantema es más acentuado en pliegues y flexuras (signo de Pastia).

 

Se debe hacer el diagnóstico diferencial con el exantema eritrodérmico producido por la toxina estafilocócica que, en ocasiones, puede ser el inicio del síndrome de la piel escaldada. También, la infección por el Aracnobacterium haemolyticum que cursa con un exantema que se diferencia de la escarlatina porque afecta sobre todo a niños adolescentes, es pruriginoso y se inicia en las partes distales, a diferencia de la escarlatina. El test serológico rápido para el estreptococo es una herramienta muy útil para confirmar el diagnóstico.

En la erisipela, también de etiología estreptocócica, se afectan las capas profundas de la piel y el tejido subyacente. Se manifiesta por una placa eritematosa inflamatoria caliente y dolorosa, con borde claramente definido y sobreelevado, localizada en el lugar de la infección. En ocasiones hay ampollas superficiales. Suele presentar fiebre alta. Hay que hacer el diagnóstico diferencial con la celulitis.

El síndrome de la piel escaldada(5) está originado por la toxina exfoliativa de algunas cepas del Estafilococo aureus. Afecta sobre todo a niños menores de 5 años. Cursa con fiebre, irritabilidad y exantema eritrodérmico, doloroso, que se inicia en la cara, axilas e ingles y se generaliza. Posteriormente, pueden aparecer lesiones ampollosas y signo de Nikolski. Se acompaña de edema facial y costras perorales, respetando las mucosas. Hay que realizar el diagnóstico diferencial con el impétigo bulloso, con lesiones más localizadas y sin fiebre, el eritema multiforme, el síndrome del shock tóxico y la enfermedad de Kawasaki. Debe derivarse para tratamiento antibiótico y de complicaciones, como alteraciones electrolíticas, celulitis o sepsis.

El síndrome del shock tóxico(5), está relacionado con la liberación de toxinas estreptocócicas o estafilocócicas. Se caracteriza por una eritrodermia difusa más intensa en los pliegues, que aparece en un niño con fiebre, hipotensión y afectación grave del estado general con fallo multiorgánico. Es característica la descamación periférica en manos y pies a los 5-7 días. El diagnóstico se basa en los criterios diagnósticos establecidos y el tratamiento es urgente, por las complicaciones derivadas del shock y del fallo multisistémico.

En un 25% de pacientes con fiebre tifoidea, puede observarse, a los 7-10 días de iniciarse los síntomas de la enfermedad, un exantema denominado roséola tífica. Las lesiones rosadas parduzcas aparecen agrupadas en un número entre 10-15 y localizadas en zona inferior del tronco y abdomen, con una duración de 2-3 días. La sintomatología acompañante ayuda en el diagnóstico, que debe confirmarse mediante el hemocultivo.

Otras infecciones

El Mycoplasma pneumoniae constituye una causa importante de infecciones respiratorias en los niños de edad escolar y es responsable del 7-40% de las neumonías adquiridas en la comunidad en niños de entre 3 y 15 años. Hasta en un 10% de las infecciones respiratorias por Mycoplasma, aparecen manifestaciones cutáneas con diferentes tipos de exantemas. Las lesiones máculo-papulosas son la forma más común, pero también puede manifestarse como un eritema multiforme, siendo el agente infeccioso identificado con mayor frecuencia en el síndrome de Stevens-Johnson. La positividad de anticuerpos IgM específicos y la PCR en muestras nasofaríngeas apoya el diagnóstico.

La fiebre exantemática mediterránea o fiebre botonosa(13), causada por la Rickettsia conorii y transmitida por la garrapata, se manifiesta por fiebre elevada. El exantema máculo-papuloso, de color rojo vinoso, aparece a los 3-5 días del cuadro febril y se inicia en las extremidades con afectación de las palmas de las manos y plantas de los pies, extendiéndose posteriormente al tronco. En aproximadamente el 70% de los pacientes, podemos encontrar en la exploración una costra necrohemorrágica indolora, “escara negra”, en el punto de inoculación que es de gran ayuda diagnóstica. En caso necesario, puede confirmarse el diagnóstico con la serología. En los niños, suele tener una evolución benigna y autolimitada. Se han descrito complicaciones neurológicas, respiratorias, trombopenia y/o insuficiencia renal y artromialgias.

La enfermedad de Lyme(14) es una zoonosis, poco frecuente en nuestro país, causada por la transmisión de una Borrelia, a través de la picadura de la garrapata. La primera manifestación de la enfermedad en la mayoría de los pacientes es un eritema migratorio anular, virtualmente patognomónico, que aparece entre 7-14 días después de la picadura (Fig. 7B). La lesión es uniformemente eritematosa o en forma de diana y puede aparecer en cualquier localización, con preferencia en axilas, área periumbilical, muslos e ingles. Se acompaña de otras manifestaciones, como: cefalea, fiebre, cansancio y mialgias. Si no se trata, el eritema, se extiende hasta alcanzar un tamaño medio de 15 cm y persiste 1-2 semanas. En aproximadamente un 20% de los casos, entre 3-12 semanas después de la picadura, se produce una diseminación hematógena y aparecen lesiones secundarias más pequeñas que la inicial, que pueden acompañarse de síntomas neurológicos y meningitis. La artritis, que comienza semanas o meses después de la infección inicial, es la manifestación usual de la enfermedad de Lyme tardía.

 

Figura 7. A) Exantema urticarial medicamentoso. B) Eritema migratorio característico de la enfermedad de Lyme. C) Lesiones en diana características del eritema multiforme y afectación de las mucosas en el síndrome de Stevens-Jhonson. D) Eritema intenso en área del pañal en niño con enfermedad de Kawasaki y aneurisma coronario.

 

La sífilis secundaria es una enfermedad de transmisión sexual que se manifiesta por un exantema maculopapuloso no pruriginoso de color rojo cobrizo. Es generalizado y afecta, de forma muy notable, a las palmas de las manos y las plantas de los pies. También, pueden aparecer lesiones pustulosas. Muchas veces existe un cuadro pseudogripal y manifestaciones mucosas, oftalmológicas, y meningitis en el 30% de los casos. Es excepcional en la edad pediátrica y ante la sospecha, en adolescentes con relaciones sexuales de riesgo, debe confirmarse el diagnóstico mediante serología.

Otras etiologías

Los exantemas medicamentosos pueden plantear un problema de diagnóstico diferencial, fundamentalmente con los de etiología vírica y, muy especialmente, en aquellos que han recibido antibióticos de forma empírica ante un proceso febril. Es importante constatar la existencia del tratamiento previo y realizar una anamnesis precisa sobre el tipo de medicación, dosis, inicio del tratamiento y tiempo hasta la aparición del exantema. El exantema puede ser inmediato, previa sensibilización y mediado por IgE, a las pocas horas de la administración, o retardado entre 7-14 días tras la exposición al fármaco. La morfología del exantema es variable, predominando los máculo-papulosos y habonosos pruriginosos (Fig. 7A). Otras formas de presentación menos frecuentes son el eritema multiforme y los síndromes de Stevens-Johnson o de Lyell.

El eritema multiforme(5) está relacionado con diversas etiologías, entre las que destacan la infección por el virus herpes simple y la administración de fármacos. El exantema aparece, sin periodo prodrómico, de forma brusca y simétrica inicialmente localizado en la superficie extensora de las extremidades superiores. Las lesiones morfológicas que aparecen varían entre mácula, pápula y habones. El diagnóstico se establece por la lesión típica en “diana”, constituida por pápulas con un borde externo eritematoso, un anillo interior pálido y un centro más oscuro violáceo o necrótico (Fig. 7C). En ocasiones, pueden aparecer lesiones vesículo-ampollosas, tanto en la piel como en la mucosa oral. Hay que hacer el diagnóstico diferencial con las lesiones que aparecen en la urticaria. Las características más diferenciadoras son que en la urticaria las lesiones son pruriginosas, su distribución es arbitraria, tienen una localización cambiante y son evanescentes.

La enfermedad de Kawasaki(3-5) es una vasculitis multisistémica de etiología desconocida que afecta, principalmente, a las arterias coronarias, y constituye la causa principal de cardiopatía adquirida en los países desarrollados. Se ha relacionado con infecciones, fármacos, metales pesados o agentes medioambientales diversos unidos a una predisposición genética de carácter étnico, afectando en el 80% de los casos a niños menores de 5 años, de raza asiática y de las islas del Pacífico, con máxima incidencia entre los 12-24 meses. El exantema, que forma parte de los criterios diagnósticos clásicos, afecta a tronco y extremidades, más acentuado en área perineal. Es típico en lactantes menores de 6 meses el eritema intenso en la zona del pañal (Fig. 7D). El exantema es polimorfo y de morfología variable excepto vesiculosa o ampollosa. El diagnóstico se basa en los criterios clínicos establecidos y debe sospecharse ante un niño menor de 5 años con fiebre persistente de, al menos, 5 días, y con al menos 4-5 de las siguientes manifestaciones: inyección conjuntival bulbar bilateral sin exudado; cambios en los labios y la cavidad oral caracterizados por eritema, grietas en los labios y lengua fresa; eritema y edema en las manos y en los pies con descamación periungueal a las 2-3 semanas; exantema polimorfo; y linfoadenopatía cervical mayor de 1,5 cm, generalmente unilateral. Existen formas incompletas, más frecuentes en los lactantes, que deben reconocerse para no demorar el tratamiento con gammaglobulina intravenosa y ácido acetilsalicílico. En estos pacientes, las alteraciones ecocardiográficas coronarias y la trombocitosis a partir de la segunda semana pueden ayudar en el diagnóstico.

Algunas enfermedades reumáticas incluyen entre sus manifestaciones un exantema que, en general, no presenta problemas de diagnóstico diferencial al formar parte de un cuadro clínico con criterios diagnósticos bien definidos. En la artritis idiopática juvenil de inicio sistémico, el exantema máculo-papuloso es una manifestación extraarticular que está ligado a los ascensos de fiebre. Las lesiones son de color salmón, evanescentes y lineales o circulares. Se distribuyen preferentemente en tronco y región proximal de extremidades. No son pruriginosas y tienen un carácter transitorio que coincide con el ascenso térmico y duran menos de 1 hora. En la fiebre reumática, el eritema marginado es uno de los cinco criterios mayores incluidos por Jones para el diagnóstico. Sólo se manifiesta en menos del 3% de niños con fiebre reumática. Aparece, de forma fugaz, localizado en tronco y extremidades, pero no en la cara. Las lesiones, que no son pruriginosas, adoptan el aspecto de un eritema anular y pueden confluir formando una imagen reticular serpiginosa.

La enfermedad injerto contra huésped es la principal causa de morbimortalidad tras un trasplante de células madre hematopoyéticas alógeno. Suele subdividirse en dos formas: aguda y crónica, ambas con afectación cutánea. La enfermedad aguda, que aparece dos a cinco semanas después del trasplante, se manifiesta por: exantema maculopapuloso eritematoso, anorexia, vómitos, diarrea y afectación hepática. El antecedente del trasplante es el dato fundamental para la sospecha diagnóstica.

El eritema nodoso en los niños tiene una etiología desconocida en el 30-50% de los casos. Las infecciones por el estreptococo grupo A, la tuberculosis y la enfermedad inflamatoria intestinal son las más frecuentes en la infancia. Se afecta el tejido celular subcutáneo por una reacción de hipersensibilidad, apareciendo lesiones eritematonodulares de tamaño variable entre 1-6 cm. Se localizan con mayor frecuencia en la región pretibial y la zona externa de los brazos. Son simétricas y ovaladas, con el diámetro mayor paralelo al eje de la extremidad, de color rojo inicial que evoluciona a pardo violáceo. Al tacto, las lesiones son induradas, dolorosas y se resuelven en 1-2 semanas, aunque aparecen brotes sucesivos que se acompañan de manifestaciones sistémicas como: fiebre, malestar general y artralgias, y otras relacionadas con la etiología. Su manejo requiere estudios diagnósticos y tratamientos relacionados con la enfermedad subyacente.

Algunas dermatitis o las lesiones cutáneas debidas a picaduras forman parte del diagnóstico diferencial de los exantemas. Una de las erupciones más comunes es la miliaria que se produce como consecuencia de la retención del sudor en los conductos ecrinos. La erupción se desencadena por el calor y el clima húmedo, pero también por la fiebre elevada, lo que puede confundir el diagnóstico, haciendo pensar en un exantema infeccioso. La miliaria cristalina se manifiesta por microvesículas no inflamatorias y la rubra, por pápulo- vesículas eritematosas. Se localizan sobre todo en las zonas de oclusión.

Exantemas vesículoso-ampollosos

La infección por el virus del herpes simple(15) se manifiesta por lesiones vesiculosas de 2-4 mm, agrupadas sobre una base eritematosa, que aparecen en cualquier zona del cuerpo, con predominio en la cara, extremidades y los dedos, “panadizo herpético” (Fig. 8A). Puede estar precedida de dolor, quemazón o prurito en la zona afectada. Evolucionan pasando por las fases de: pústula, úlcera y costra, pudiendo confundirse en esta última fase con el impétigo. Las lesiones satélite que existen en el impétigo ayudan a diferenciarlos. Curan sin dejar cicatriz en 6-10 días. Puede haber adenopatías regionales, pero con escasas o nulas manifestaciones sistémicas, salvo en las lesiones vesiculosas a nivel perioral, que aparecen en el contexto clínico de una gingivoestomatitis herpética, que se acompaña de fiebre alta y dolor intenso en la boca con rechazo de la comida. En los niños con dermatitis atópica, la infección puede ser más grave y las lesiones que asientan sobre el eczema suelen ser ulcerativas y, más inespecíficas, “eczema herpético”.

 

Figura 8. Exantemas vesículo-ampollosos. A) Herpes simple. Panadizo herpético. B) Herpes zoster. C) Varicela. D) Enfermedad boca- mano-pie.

 

La varicela(16) es la manifestación clínica de la primoinfección por el virus de la varicela-zóster, que conduce a una infección latente de por vida en las neuronas de los ganglios sensitivos. La incidencia anual de varicela en un país es aproximadamente igual a la cohorte de niños nacidos cada año. En España, en la década de los 80 y primeros años de la de los 90, se estimaba que se producían de 350.000 a 400.000 casos anuales. En los últimos años, el número de casos se ha reducido a menos de la mitad, probablemente por la extensión de la vacunación, aunque es probable que no todos se declaren(17).

Se transmite por contagio directo, que es posible desde 2 días antes de la aparición del exantema hasta que alcanzan la fase de costra las últimas lesiones. El periodo de incubación dura entre 14 y 21 días, pero puede ser más corto en niños inmunodeprimidos. El periodo prodrómico es de 1-2 días, y suele ser asintomático o cursar con fiebre, conjuntivitis o síntomas catarrales leves. El periodo exantemático cursa con 2-3 brotes de lesiones que pasan sucesivamente por las fases de mácula, pápula, vesícula y costra. Son características del exantema, su carácter pruriginoso, su comienzo en cara y cuero cabelludo, su extensión posterior a tronco y extremidades y la coexistencia de elementos en distinto estadio evolutivo (Fig. 8C). Con el exantema, puede coexistir enantema en la mucosa bucal y, más rara vez, afectación de la córnea. En 5-7 días, todos los elementos suelen estar en fase de costra y al caer dejan una zona pigmentada que después desaparece, salvo que se hubiese producido una infección sobreañadida del exantema con afectación de la dermis, en cuyo caso puede persistir una cicatriz permanente.

Las complicaciones de la varicela, que son más frecuentes en inmunodeficientes, son las infecciones bacterianas de la piel, la ataxia cerebelosa, la meningoencefalitis, las infecciones pulmonares y articulares, la trombopenia, la varicela hemorrágica, el síndrome de Reye y la pancitopenia. También, es especialmente grave la varicela del recién nacido, cuando la madre la presenta 5 días antes o 2 días después del parto, cursando con diseminación visceral y con una mortalidad que puede afectar hasta el 30% de los casos.

La reactivación de la infección latente origina el herpes zóster. En la infancia es poco frecuente, con un mayor riesgo para los niños que pasaron la varicela en el primer año de vida. Se manifiesta por lesiones vesiculosas que evolucionan a pústula y costra, sobre una base eritematosa. Se agrupan siguiendo una metámera, de inicio en la zona más próxima al sistema nervioso central (Fig. 8B). La evolución es favorable, sin lesiones cicatriciales ni complicaciones, como la neuralgia postherpética, que se produce en adultos.

La enfermedad boca-mano-pie es una enfermedad exantemática muy característica relacionada con la infección por diferentes enterovirus y, en especial, con el Coxsackie A16. El contagio es respiratorio y fecal-oral. Predomina en verano y otoño y tiene un periodo de incubación de 3-6 días. Es una enfermedad casi siempre leve, con o sin febrícula, anorexia y síntomas catarrales o digestivos. Aparecen vesículas en cavidad bucal que pueden ulcerarse. Se acompaña de lesiones vesículo-pustulosas grisáceas y elípticas de 3-7 mm, no pruriginosas, con el eje mayor paralelo a las líneas cutáneas, localizadas en las manos y los pies (Fig. 8D). La erupción se resuelve en aproximadamente una semana y tiene buen pronóstico. Excepcionalmente, se han descrito casos de meningoencefalitis. En los últimos años, se han publicado casos de afectación ungueal, que van desde la presencia de surcos transversales “líneas de Beau”, hasta su desprendimiento completo, “onicomadesis”, como una complicación emergente y tardía, relacionada con brotes de la enfermedad boca-mano-pie(18).

El síndrome de Stevens-Johnson(5), considerado como la forma mayor del eritema multiforme, es una enfermedad vesículo-ampollosa de mecanismo etiopatogénico no del todo conocido, relacionada con fármacos e infecciones, en especial por el Mycoplasma peumoniae.

Las lesiones cutáneas suelen iniciarse como máculas eritematosas que rápidamente se necrosan en su parte central, originando vesículas, ampollas, úlceras y costras hemorrágicas, que se localizan en la cara, el tronco y las extremidades. El exantema se acompaña de afectación de dos o más superficies mucosas, como los ojos, la cavidad bucal y la mucosa anogenital, respiratoria y digestiva. El dolor de las úlceras mucosas es intenso; mientras que, las lesiones cutáneas son mínimamente molestas o indoloras. Las lesiones aparecen en brotes y la evolución tiene un curso grave con diversas complicaciones que requieren seguimiento hospitalario. La curación completa puede tardar 4-6 semanas y dejar secuelas derivadas de la cicatrización de las mucosas afectadas. La enfermedad de Lyell o necrólisis epidérmica tóxica es la forma más grave del espectro clínico, siendo una característica el dolor y el desprendimiento de la epidermis en las zonas de eritema a modo de grandes láminas al realizar presión tangencial sobre la piel, “signo de Nicolsky positivo”. El tratamiento es similar al de los grandes quemados.

Exantemas purpúrico-petequiales

La meningococemia es una de las formas de manifestación clínica de infección por la Neisseria meningitidis, que siempre debe tenerse en cuenta ante la aparición de un exantema purpúrico-petequial, en el contexto de un proceso febril.

En el periodo prodrómico, remeda un proceso febril faringoamigdalar inespecífico. En un 7% de los casos, el exantema puede ser inicialmente máculo-papuloso, pero inmediatamente se transforma en exantema purpúrico, con aparición de petequias, equimosis o placas necróticas, sobre todo por debajo de la línea intermamilar (Fig. 9A). Las lesiones son mayores de 2 mm y de rápida progresión, por lo que puede ser práctico marcarlas al inicio de la exploración(3-5). Son signos de alarma la afectación del estado general, la letargia y la frialdad de manos y pies con relleno capilar alargado más de 2 segundos, como signo de shock. Se puede acompañar o no de signos meníngeos. Es importante la detección y el tratamiento precoz de la meningococemia por su elevada mortalidad, de alrededor del 10%.

 

«>Figura 9. Exantemas purpúrico-petequiales. A) Meningococemia. B) Edema agudo hemorrágico del lactante. C) Púrpura de Schönlein-Henoch.

 

En el diagnóstico diferencial de la meningococemia hay que incluir otros exantemas purpúricos de origen infeccioso. Las meningitis por enterovirus pueden acompañarse de un exantema petequial puntiforme descendente con menor número de petequias y con un tamaño inferior a 2 mm. También puede aparecer un exantema purpúrico en las infecciones por rickettsias, como la fiebre de las Montañas Rocosas, transmitida por la garrapata. La tríada clínica característica de esta enfermedad es la fiebre, la cefalea y el exantema. Inicialmente maculopapuloso en extremidades, que se generaliza incluyendo palmas y plantas. Pasados varios días se hace purpúrico en el 30-60% de los casos y en las formas más graves pueden evolucionar a equimosis y llegar a necrosarse. Otra entidad es la fiebre hemorrágica dengue o púrpura trombocitopénica aguda hemorrágica, causada por diferentes virus y transmitida por artrópodos. Se caracteriza por fiebre bifásica, exantema purpúrico con trombocitopenia y shock en el 20-30% de los casos. Es una enfermedad endémica en Filipinas, Tailandia o Singapur y excepcional en España, por lo que sólo debe considerarse en niños inmigrantes o viajeros de estas zonas geográficas.

El síndrome papuloso-purpúrico en guantes y calcetines(10) es más frecuente en adultos jóvenes, aunque hay publicados algunos casos en niños. Se ha asociado con infecciones víricas y, en especial, con el parvovirus B19. Lo más característico es su localización en manos y pies, incluyendo muñecas y tobillos, y su morfología purpúrica con edema-eritema doloroso con sensación de quemazón y prurito. Se acompaña de fiebre y lesiones orales, leucopenia y trombopenia. Es autolimitado y se resuelve en 1-2 semanas.

La púrpura de Schönlein-Henoch(3-5) es la vasculitis más frecuente en la infancia. Su patogenia es desconocida, pero se sospecha un desencadenante infeccioso, mediado por inmunocomplejos IgA que se depositan en la piel, articulaciones, tubo digestivo y riñón. El exantema empieza con máculas rosadas o habones que evolucionan a lesiones papulosas purpúricas palpables extensas y simétricas, localizadas en zonas declives de las extremidades inferiores y en las zonas de presión de los glúteos (Fig. 9C). Puede acompañarse de: manifestaciones osteoarticulares, como artralgias y/o artritis (70%); digestivas, como dolor abdominal e, incluso, abdomen agudo (80%); y afectación renal, como hematuria, proteinuria, hipertensión y nefropatía (50%). En ausencia de coagulopatía o trombocitopenia, debe ser la primera sospecha diagnóstica en la infancia ante la presencia de una púrpura.

El edema agudo hemorrágico del lactante(3,4) es una vasculitis de pequeños vasos mediada por inmunocomplejos, de etiología desconocida relacionada con infecciones, fármacos (antibióticos y antiinflamatorios) e inmunizaciones. La máxima incidencia es en lactantes entre 4 meses y 2 años. Se manifiesta con: fiebre, edema doloroso en cara, manos y pies, junto con lesiones purpúricas en roseta que afectan sobre todo a la cara y las extremidades, respetando el tronco (Fig. 9B). Remite con descamación en 3-4 semanas y tiene un curso benigno, con resolución espontánea que contrasta con el llamativo exantema.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

1.**Casanova Bellido M, Cruz Hernández M. Diagnóstico diferencial de las enfermedades exantemáticas. En: Cruz M, ed. Tratado de Pediatría. 9ª edición. Madrid: Ergon; 2006. p. 435-40.

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3.**Madrigal Díez V, Madrigal Díez C. Enfermedades exantemáticas. En: Del Pozo J, Redondo A, Gancedo MC, Bolivar V, eds. Tratado de Pediatría Extrahospitalaria. 2ª edición. Madrid: Ergon; 2011. p. 955-72.

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8.*Mason WH. Rubéola. En: Kliegman RM, Stanton BF, St.Geme JW, Schor NF, Behrman RE, eds. Nelson. Tratado de Pediatría. 19ª edición (Ed. Esp). Barcelona: Elsevier España SL.; 2013. p. 1123-7.

9.*García Rojas AJ. Rubéola. En Asociación Española de Pediatría. Comité asesor de vacunas, eds. Vacunas en pediatría. Manual de la AEP. Madrid: Exlibris ediciones SL; 2012. p. 461-71.

10.*Koch WC. Parvovirus B19. En: Kliegman RM, Stanton BF, St. Geme JW, Schor NF, Behrman RE, eds. Nelson Tratado de Pediatría. 19ª edición (Ed. Esp). Barcelona: Elsevier España SL.; 2013. p. 1144-7.

11.*Caserta MT. Roseóla, virus herpes humano 6 y 7. En: Kliegman RM, Stanton BF, St.Geme JW, Schor NF, Behrman RE, eds. Nelson. Tratado de Pediatría. 19ª edición (Ed. Esp). Barcelona: Elsevier España SL.; 2013. p. 1168-71.

12.*Abzug MJ. Enterovirus no polio. En: Kliegman RM, Stanton BF, St. Geme JW, Schor NF, Behrman RE, eds. Nelson. Tratado de Pediatría. 19ª edición (Ed. Esp). Barcelona: Elsevier España SL.; 2013. p. 11137-44.

13.*Reller ME, Stephen J. Fiebre exantemática mediterránea o fiebre botonosa. En: Kliegman RM, Stanton BF, St. Geme JW, Schor NF, Behrman RE, eds. Nelson. Tratado de Pediatría. Barcelona: Elsevier editores; 2013. p. 1091-2.

14.*Eppes SC. Enfermedad de Lyme. En: Kliegman RM, Stanton BF, St. Geme JW, Schor NF, Behrman RE, eds. Nelson. Tratado de Pediatría. 19ª edición (Ed. Esp). Barcelona: Elsevier España SL.; 2013. p. 1071-176.

15.*Stanberry LR. Virus del herpes simple. En: Kliegman RM, Stanton BF, St. Geme JW, Schor NF, Behrman RE, eds. Nelson Tratado de Pediatría. 19ª edición (Ed. Esp). Barcelona: Elsevier España SL.; 2013. p. 1147-54.

16.*La Russa PS, Marín M. Infecciones por virus varicela zóster. En: Kliegman RM, Stanton BF, St. Geme JW, Schor NF, Behrman RE, eds. Nelson. Tratado de Pediatría. 19ª edición (Ed. Esp). Barcelona: Elsevier España SL.; 2013. p. 1154-60.

17.*González Hachero J, Barrio Corrales F. Varicela. En: Asociación Española de Pediatría. Comité Asesor de Vacunas, eds. Vacunas en pediatría. Manual de la AEP. Madrid: Exlibris ediciones SL; 2012. p. 509-23.

18.*Redondo Granado MJ, Torres Hinojal MC, Izquierdo López B. Brote de onicomadesis postvírica en Valladolid. An Peditr (Barc). 2009; 71(5): 436-9.

Bibliografía recomendada

–Academia Americana de Pediatría. Red Book on line. Disponible en: http://aapredbook.aappublications.org/. Consultado 26 agosto, 2013.

El Libro Rojo editado por la Academia Americana de Pediatría dedica diversos temas de una forma específica a muchos agentes infecciosos causantes de enfermedades exantemáticas. Su última edición se puede consultar a través de Internet con acceso libre a los resúmenes y limitado al texto completo. Disponible en: http://aapredbook.aappublications.org/.

–Kliegman RM, Stanton BF, St. Geme JW, Schor NF, Behrman RE, eds. Nelson. Tratado de Pediatría. 19ª edición (Ed. Esp). Barcelona: Elsevier España SL.; 2013.

El Tratado de Pediatría de Nelson, aunque no tiene un capítulo específico sobre el diagnóstico diferencial de enfermedades exantemáticas, aborda de forma específica, individualizada y completa cada una de ellas. Está disponible con acceso limitado en: www.studentconsult.es.

–Madrigal Díez V, Madrigal Díez C. Enfermedades exantemáticas. En: Del Pozo J, Redondo A, Gancedo MC, Bolivar V, eds. Tratado de Pediatría Extrahospitalaria. 2ª edición. Madrid: Ergon; 2011. p. 955-72.

Capítulo específico que permite hacer una revisión sobre las enfermedades exantemáticas más importantes de una forma global, haciendo especial énfasis en las más frecuentes y en las características que permiten realizar el diagnóstico diferencial.

–Rivas García A, Míguez Navarro C. Enfermedades exantemáticas. En: García Herrero A, Vázquez López P, eds. Actualización en urgencias pediátricas II. Madrid: Grupo 2 comunicación médica; 2010:. p. 179-86.

Repasa de forma esquemática los diferentes tipos de exantemas y sus posibles causas, incluyendo tablas para el diagnóstico diferencial de las etiologías más frecuentes.

 

Caso clínico

Lactante de 19 meses, con antecedentes de atopia y correctamente vacunado para su edad según el calendario recomendado por la AEP. No acude a la guardería. Hace 15 días, proceso febril diagnosticado en urgencias de faringoamigdalitis, y tratado con amoxicilina durante una semana. Acude a la consulta por presentar una erupción cutánea no pruriginosa que se distribuye de forma simétrica por cara y extremidades desde hace aproximadamente 5 días.

Está asintomático, con buen estado general y exploración normal, salvo el exantema que se caracteriza por pápulas o papulovesiculas de pequeño tamaño, monomorfes, de superficie plana y color rojo pardo o cobrizo, escasamente confluentes, con un tamaño entre 1-10 mm. Aparecen en brotes localizadas en partes acras y respetando relativamente el tronco, formando una erupción simétrica en la cara, glúteos y extremidades, con afectación de palmas de las manos y plantas de los pies.

 

Figura 10

 

 

Figura 11

 

 

Fiebre de origen desconocido

Temas de FC

L. Escosa-García, F. Baquero-Artigao, A. Méndez-Echevarría

Servicio de Pediatría Hospitalaria, Enfermedades Infecciosas y Tropicales. Hospital Infantil Universitario La Paz, Madrid

 

Resumen

La fiebre de origen desconocido (FOD) es, en la edad pediátrica y en la mayor parte de las ocasiones, una entidad autolimitada y benigna. No obstante, genera intranquilidad en los pacientes y sus familias. La mayor parte de los cuadros de FOD tienen su origen en procesos comunes, pero con una presentación atípica. Las infecciones, conectivopatías y, menos frecuentemente, neoplasias son las principales causas de FOD, siendo las primeras las responsables de aproximadamente la mitad de los casos en Pediatría. Un abordaje exhaustivo con historia clínica detallada y exploración física por órganos y sistemas permite llegar al diagnóstico en la mayor parte de los casos, frecuentemente en la consulta de Atención Primaria. La realización de pruebas complementarias en el estudio de la FOD deberá estar orientada por la edad, duración del episodio y la sospecha etiológica según los datos de la anamnesis y exploración física. El tratamiento de la fiebre de origen desconocido en un paciente con buen estado general no representa una urgencia y puede interferir con el proceso diagnóstico.

 

Abstract

Fever of unknown origin (FUO) is a benign self-limiting disease in the pediatric age and in most of the cases. However, it causes concern in the patients and their family members. Most of the FUO pictures originate in common conditions, but with an atypical presentation. Infections, connective tissues diseases, and less often, neoplasms are the main causes of FUO, the first ones being responsible for approximately half of the cases in Pediatrics. A comprehensive approach with a detailed clinical history and physical examination by organs and systems makes it possible to reach the diagnosis in most of the cases, frequently in the Primary Care Outpatient Clinic. Performing complementary tests in the FUO study should be oriented by age, duration of the episode and etiological suspicion according to the anamnesis and physical examination. Treatment of fever of unknown origin data in a patient with good general condition is not an emergency and may interfere with the diagnostic process.

 

Palabras clave: Fiebre de origen desconocido; Fiebre; Pediatría.

Key words: Fever of unknown origin; Fever; Pediatrics.

 

Pediatr Integral 2014; XVIII(1): 15-21


Fiebre de origen desconocido

 

Introducción

La fiebre de origen desconocido es, en la edad pediátrica y en la mayor parte de las ocasiones, una entidad autolimitada y benigna.

La “fiebre de origen desconocido” (FOD) en Pediatría se define actualmente como la presencia de fiebre >38°C durante un periodo superior a 8 días y en la que se ha realizado una anamnesis, exploración física y estudios complementarios iniciales de forma exhaustiva (hospitalarios o ambulatorios) sin diagnóstico aparente.

Es obligada la distinción entre esta entidad y la “Enfermedad prolongada con fiebre”, que es aquella en la que la duración de la fiebre excede a lo esperado para el diagnóstico clínico y que, generalmente, surge en el contexto de infecciones virales o autolimitadas donde el paciente presenta un curso algo más prolongado a lo habitual, con síntomas referidos inespecíficos y vagos que motivan la no recuperación de las actividades diarias normales. Asimismo, debe distinguirse de la “fiebre sin foco”, entidad en la que la duración de la fiebre es inferior a una semana y en la que no se aprecia un origen tras anamnesis y exploración meticulosas. Esta última entidad suele requerir, a diferencia de la FOD, una valoración urgente sobre todo en pacientes menores de 3 años.

Mención aparte merece el concepto de “FOD episódica-recurrente” o “síndrome de fiebre periódica”, que se define como episodios de fiebre de duración variable que se alternan con intervalos de apirexia de al menos 2 semanas. Durante estos intervalos el paciente se encuentra completamente asintomático(1).

En la actualidad, todavía encontramos escasa literatura científica respecto a la FOD en niños. Desafortunadamente, las series pediátricas publicadas utilizan distintos criterios de definición de la FOD y son realizadas en contextos epidemiológicos distintos, lo cual dificulta la obtención de conclusiones. Además, no encontramos metaanálisis ni guías clínicas que nos orienten sobre el diagnóstico y manejo de la FOD(1). No obstante, a diferencia de la edad adulta, la FOD es, en la edad pediátrica, una entidad frecuentemente benigna y producida por enfermedades comunes, pero que genera gran alarma en los pacientes y sus familias.

Etiología

La mayor parte de los cuadros de FOD tienen su origen en procesos comunes, pero con una presentación atípica.

La mayor parte de los niños que consultan por síndromes febriles prolongados padecen enfermedades comunes leves que acaban autolimitándose. Las enfermedades infecciosas constituyen la primera causa de la fiebre de origen desconocido en Pediatría. Según una serie reciente(2), en el 30% de los casos no llega a conocerse el origen de la fiebre, si bien ésta se resuelve sin repercusiones. Entre el 70% restante, la causa infecciosa supone el 38% de los casos, las enfermedades autoinmunes el 13% y tan sólo en el 6% de los casos se diagnosticó una patología maligna (a diferencia de series de adultos donde este grupo supone un 10-20% de los casos). La incidencia de casos de fiebre prolongada disminuye gradualmente a medida que aumenta la edad. Además, existe una relación entre la edad y la etiología; de manera que, cuanto menor es el niño, mayor probabilidad de que el origen sea infeccioso. Cogulu y cols. observaron en su serie, cómo dos tercios de las infecciones causantes de FOD se diagnosticaron en menores de 2 años(3). Sin embargo, en adolescentes y niños mayores es más probable la presencia de enfermedades autoinmunes y de enfermedad inflamatoria intestinal(2). A mayor duración de la fiebre y mayor edad del paciente, menor probabilidad de etiología infecciosa y mayor de etiología tumoral, conectivopatía y enfermedad inflamatoria intestinal. En la tabla I, se presentan las causas más comunes de FOD.

 

 

En la mayor parte de los casos de fiebre prolongada, la realización de una historia clínica exhaustiva y de una exploración minuciosa aporta datos suficientes que permiten llegar al diagnóstico. Lohr y cols.(4) observaron hallazgos en la exploración relacionados con la enfermedad causante de la FOD en el 59% de los pacientes en los que llegaron a un diagnóstico. Por estos motivos, los fallos en la realización de la historia y en la observación durante la exploración, así como retrasos en solicitar las pruebas complementarias adecuadas pueden ser la verdadera causa subyacente de la FOD. De esto se concluye que, un abordaje inicial adecuado, muchas veces en el contexto de la consulta de Atención Primaria, permitirá el diagnóstico temprano o la remisión hospitalaria dirigida si ésta fuera necesaria. Además, en algunas series se han notificado signos a la exploración física de nueva aparición durante el estudio de la FOD que no se presentaban en una primera exploración física hasta en un 25% de los casos(4). Por tanto, la reevaluación de la anamnesis y los signos exploratorios a lo largo del proceso de estudio de la FOD pueden resultar esenciales para determinar la etiología.

Infecciones

Como hemos señalado, las infecciones son la causa subyacente de la FOD en la mayor parte de los casos. Algunas series recientes encuentran la infección por virus de Epstein-Barr (VEB) como la principal infección responsable de FOD en niños inmunocompetentes(2,5). Sin embargo, en estudios realizados en países en vías de desarrollo, la fiebre tifoidea y la malaria son las principales causas infecciosas(6,7). Las infecciones bacterianas son también una causa importante de FOD. El 19,3% de 123 niños con FOD en cuatro estudios presentaron algún tipo de infección bacteriana grave(6). Otras infecciones deben siempre considerarse como causa potencial de un cuadro de FOD: la diseminación miliar es la principal forma clínica de presentación de la tuberculosis en el contexto de una FOD. Este hecho es particularmente importante, pues la prueba de tuberculina puede ser negativa hasta en el 50% de los casos y es poco frecuente realizar la confirmación microbiológica. Su diagnóstico es complejo y debe basarse en la presencia de síntomas sugestivos, hallazgos radiográficos y/o anatomopatológicos, así como de antecedentes de exposición a enfermo bacilífero(1). La enfermedad por arañazo de gato (infección por B. henselae) puede originar FOD, en especial en casos que debutan sin adenopatías, en los cuales el antecedente de contacto con gatos pasa desapercibido(5).

Por último, es esencial conocer la epidemiología infecciosa local. La leishmaniasis visceral como causa etiológica de FOD ha cobrado gran relevancia desde 2009 en la Comunidad de Madrid; el brote en la región suroeste de la comunidad cuenta ya con 514 casos declarados, 117 de ellos en 2012(8).

Conectivopatías

La forma sistémica de la artritis idiopática juvenil (AIJ), denominada antiguamente enfermedad de Still, es la principal conectivopatía causante de FOD en niños, representando hasta un 20% de las formas de AIJ(9). El diagnóstico se basa en los siguientes criterios(10): artritis y fiebre en picos diaria durante al menos dos semanas, junto con uno o más de los signos siguientes: 1) exantema evanescente, rosado, no fijo; 2) linfadenopatías generalizadas; 3) hepatomegalia o esplenomegalia; y 4) serositis. El diagnóstico de AIJ sistémica no podrá establecerse si no hay componente articular. Sin embargo, puede haber pacientes en los cuales el componente sistémico sea el único presente durante los primeros meses sin observarse afectación articular al inicio del proceso inflamatorio.

Enfermedades malignas

Las leucemias agudas son los procesos neoplásicos que con mayor frecuencia producen FOD(6,11), seguidas de los linfomas(12). Ambas entidades constituyen hasta el 80% de las causas malignas de FOD(1). La presencia de alteraciones hematológicas, así como de dolores musculoesqueléticos mal definidos, deben considerarse signos de alarma; ya que, hasta un 20% de los niños con neoplasias, fundamentalmente hematológicas, debutan clínicamente con sintomatología osteoarticular.

Miscelánea

Múltiples entidades entran dentro de esta categoría (trastornos endocrinológicos, digestivos, neurológicos, alteraciones metabólicas…). La fiebre medicamentosa será una etiología a tener en cuenta. En el diagnóstico diferencial de la FOD, no debemos olvidar nunca la enfermedad de Kawasaki(2,9). El desconocimiento de la misma, la infraestimación de la duración de la fiebre y la presentación de formas atípicas son las principales causas que originan retrasos diagnósticos y secuelas coronarias posteriores.

Abordaje de la FOD

El abordaje exhaustivo de la FOD con historia clínica detallada y exploración física por órganos y sistemas permite llegar al diagnóstico en la mayor parte de los casos.

Anamnesis(13)

En la entrevista, deberá interrogarse fundamentalmente sobre los aspectos relacionados con: características de la fiebre, síntomas y signos clínicos asociados y contexto epidemiológico.

Fiebre

Los aspectos más importantes serán la duración, cuantía y patrón de presentación de la fiebre. Es recomendable realizar la entrevista con un calendario, de forma que, la familia o el paciente precisen exactamente el día de inicio de la fiebre y la persistencia o no de la misma de forma diaria. La cuantía probablemente será poco reveladora; la intensidad de la fiebre en la población pediátrica no se relaciona con la gravedad del proceso subyacente ni podrá predecir la causa en casos de FOD. Se ha incidido en el patrón de presentación de la fiebre como un potencial dato de interés etiológico. No obstante, en la mayor parte de los casos, el patrón va a tener características poco o nada patognomónicas. Distinguiremos los siguientes patrones de presentación:

Intermitente: se caracteriza por presentar un pico febril brusco con una rápida recuperación de la temperatura normal. Puede ser típico de infecciones bacterianas, tuberculosis o artritis idiopática juvenil.

Remitente: la fiebre se presenta en picos fluctuantes, pero la temperatura basal se encuentra elevada, sin volver a la normalidad. Con la administración de antipiréticos, este patrón puede ser indistinguible del patrón de fiebre intermitente. Puede ser característico de infecciones virales, pero también de endocarditis bacteriana o linfomas.

Mantenida: se caracteriza por fiebre persistente con mínimas fluctuaciones. Nuevamente, la administración de antipiréticos puede hacerlo indistinguible de los patrones previos. Clásicamente, se ha descrito en infecciones como fiebre tifoidea y brucelosis.

Recidivante: se caracteriza por presentar periodos (incluso de varios días) en los que el paciente se encuentra afebril. Es típico de procesos como malaria (fiebre terciana), borreliosis o linfomas.

Recurrente: la fiebre se presenta a lo largo de varios días y, a continuación, el paciente permanece afebril y asintomático. Esta secuencia se repite a lo largo de, al menos, 6 meses, en múltiples ocasiones, según un patrón de reaparición de la fiebre previsible. Es típica de síndromes de fiebre periódica (Tabla II(1)).

 

 

Síntomas y signos asociados

Es fundamental interrogar sobre síntomas o signos actuales o pasados. La presencia de hiperemia conjuntival podría sugerir una enfermedad de Kawasaki. La descarga mucosa faríngea con halitosis sería un hallazgo característico en la sinusitis. La presencia de faringitis, adenopatías y úlceras orales recurrentes podría orientar hacia síndrome de fiebre periódica (síndrome PFAPA). Alteraciones gastrointestinales concomitantes pueden aparecer en la salmonelosis, los abscesos intraabdominales, la enfermedad por arañazo de gato con afectación hepatoesplénica o la enfermedad inflamatoria intestinal. Los dolores osteoarticulares podrían sugerir conectivopatías o enfermedades hematológicas malignas.

Contexto epidemiológico

Es fundamental interrogar sobre el contexto epidemiológico pues podría orientar hacia etiologías particulares:

Contacto con personas con infecciones activas (o sospecha de la misma).

Exposición a animales, incluyendo animales domésticos:

Gatos: Bartonella henselae, enfermedad de Lyme, toxoplasmosis.

Perros: enfermedad de Lyme, leishmania, tularemia.

Conejos: salmonelosis, tularemia.

Roedores: tularemia.

Reptiles: salmonelosis.

Pájaros: psittacosis, criptococosis.

Ovejas, cabras: brucelosis, fiebre Q, tularemia.

Historia previa de viajes internacionales: algunas patologías pueden adquirirse en áreas endémicas y producir manifestaciones clínicas con el paso del tiempo. Debe interrogarse el lugar del viaje, medidas profilácticas y su cumplimiento durante la estancia, así como manifestaciones clínicas que se han presentado. La malaria, por su condición de patología potencialmente grave, no debe pasar desapercibida ante una FOD tras un viaje a área endémica. El fallo en el diagnóstico precoz de paludismo puede conducir a la muerte del niño. Se realizará ante todo niño viajero febril que regresa de área endémica (fundamentalmente, aunque no exclusivamente, África subsahariana) el estudio correspondiente: gota gruesa, extensión de sangre periférica, test de diagnóstico rápido de malaria BinaxNOW® y PCR, teniendo en cuenta que, por las características cíclicas de la fiebre en el paludismo, el paciente puede estar afebril durante el momento de la evaluación. Otras causas potenciales de FOD tras viaje internacional incluyen: dengue, infección VIH aguda, leptospirosis, tuberculosis y fiebre tifoidea.

Consumo de alimentos: el consumo de carne o marisco poco cocinados o/y leche sin pasteurizar puede orientar hacia: brucelosis, hepatitis, toxoplasmosis o tularemia.

Exploración física(13,14)

La exploración deberá ser minuciosa por órganos y sistemas, preferiblemente deberá realizarse en el contexto de fiebre para valorar el grado de afectación y signos clínicos exclusivos concomitantes al pico febril (p. ej., exantema en AIJ).

•Exploración de la piel: la presencia de un exantema cutáneo máculo-papuloso en el contexto de FOD podría sugerir infección por VEB u otras viriasis, así como enfermedad de Kawasaki. La presencia de petequias podría sugerir viriasis o endocarditis bacteriana. El exantema macular asalmonado y evanescente, de aparición típica concomitante con la fiebre, es típico de la AIJ. El eritema crónico migrans, lesión solitaria de expansión anular, es característica de la enfermedad de Lyme.

•Exploración ocular: la presencia de conjuntivitis bulbar es un signo característico de la enfermedad de Kawasaki, pero también de la leptospirosis. El edema palpebral es típico de la infección por VEB. La presencia de uveítis es característica de procesos autoinmunes. La afectación del fondo de ojo puede presentarse en la tuberculosis miliar (tuberculomas coroideos), toxoplasmosis (coriorretinitis), enfermedad por arañazo de gato (neurorretinitis) y vasculitis.

•Exploración orofaríngea: la presencia de hiperemia faríngea sin exudados puede presentarse en la infección por virus respiratorios, pero también en la leptospirosis o la tularemia. La hiperemia faríngea con exudados puede presentarse en la infección por VEB, CMV y adenovirus, Las úlceras o aftas orales son típicas de síndrome de fiebre periódica (síndrome PFAPA), enfermedad de Behçet o enfermedad de Crohn.

•Exploración abdominal: la hepato o esplenomegalia es frecuente en infecciones que afectan al sistema retículo-endotelial (brucelosis, salmonelosis), enfermedad por arañazo de gato, tuberculosis miliar, endocarditis bacteriana, malaria y otras.

•Exploración músculo-esquelética: el dolor a la palpación ósea puede indicar osteomielitis o, con menor frecuencia, un proceso invasivo a nivel de la médula ósea. El dolor muscular puede orientar hacia infección viral o enfermedades reumatológicas.

Diagnóstico

La realización de pruebas complementarias en el estudio de la FOD deberá estar orientada por la edad, duración del episodio y la sospecha etiológica según los datos de la anamnesis y exploración física.

La mejor manera de establecer un diagnóstico etiológico de la FOD es la realización de una exhaustiva historia clínica y de una minuciosa exploración física, reevaluando diariamente las mismas. Las pruebas complementarias en el estudio de la FOD deberán estar dirigidas según las causas más probables en dependencia de la edad, la duración de la fiebre y los hallazgos en la anamnesis y exploración física. No obstante, una serie de pruebas complementarias están universalmente recomendadas en todos los casos de FOD (véase Tabla III) mientras otras deberán realizarse según sospecha diagnóstica. Dada la gran diversidad de causas etiológicas y de las pruebas necesarias para diagnosticarlas, no es posible sistematizarlas en un algoritmo rígido de actuación común para todos los casos. Las pruebas complementarias complejas no basadas en hallazgos concretos de la historia o de la exploración no están indicadas dada su baja rentabilidad.

 

 

En los últimos años, debido a la mejora de las técnicas diagnósticas y la precocidad en el diagnóstico de algunas entidades que anteriormente eran más problemáticas, el porcentaje de casos de FOD en los cuales no es posible establecer un diagnóstico etiológico ha aumentado(6). Hemos asistido, además, a la introducción en la práctica clínica habitual hospitalaria del PET-TAC como herramienta de investigación etiológica de la FOD. El PET-TAC es un estudio de imagen que se realiza tras la administración de una molécula análoga de la glucosa por vía intravenosa; esta es internalizada en las células mediante los transportadores de glucosa. Los posibles focos de mayor actividad metabólica (focos de infección, tumores, etc.) pueden ser identificados mediante esta prueba complementaria. Pacientes con FOD persistente que se mantienen sin un diagnóstico tras una evaluación inicial podrían ser candidatos a estudio con PET-TAC en los centros donde se disponga de ella. Puede ser particularmente útil en pacientes en que el estado general no sea óptimo y sea necesario alcanzar un diagnóstico precoz. En una revisión prospectiva de casos de FOD, el PET-TAC contribuyó a esclarecer el diagnóstico entre el 25-69% de los casos(15). Los estudios en población pediátrica son todavía muy escasos, con series muy limitadas, pero prometedores(16,17).

Tratamiento

El tratamiento de la fiebre de origen desconocido en un paciente con buen estado general no es urgente.

El tratamiento empírico con antiinflamatorios o antibióticos en la FOD no es una medida terapéutica adecuada, a excepción de pacientes con una sospecha diagnóstica importante de AIJ (antiinflamatorios no esteroideos) o tuberculosis diseminada (fármacos antituberculosos). La sospecha firme de enfermedad de Kawasaki, según criterios diagnósticos establecidos para cuadro típico y atípico, sí debería motivar el inicio del tratamiento con inmunoglobulinas y AAS. El tratamiento empírico con antibióticos de amplio espectro puede enmascarar o retrasar el diagnóstico en el caso de algunas infecciones (endocarditis bacteriana, infecciones del SNC, osteomielitis), pues podría negativizar los cultivos microbiológicos. Sin embargo, debe plantearse en niños con riesgo de enfermedad bacteriana grave y en aquellos que presentan un deterioro clínico importante. El tratamiento del paciente con FOD y buen estado general deberá ser sintomático hasta aclarar la etiología subyacente.

Conclusiones

1.La fiebre de origen desconocido (FOD) es, en la edad pediátrica y en la mayor parte de las ocasiones, una entidad autolimitada y benigna.

2.Infecciones, conectivopatías y neoplasias son las principales causas de FOD, siendo las primeras las responsables de aproximadamente la mitad de los casos en Pediatría.

3.A mayor duración de la fiebre y mayor edad del paciente, menor probabilidad de etiología infecciosa y mayor de conectivopatía o etiología tumoral.

4.Un abordaje exhaustivo con historia clínica detallada y exploración física por órganos y sistemas permite llegar al diagnóstico en la mayor parte de los casos.

5.Las pruebas complementarias deberán establecerse según un orden en etapas. Las pruebas iniciales se determinan según el estado del paciente, el contexto epidemiológico y los hallazgos de la anamnesis y la exploración.

6.Las pruebas complementarias complejas no basadas en hallazgos concretos de la historia o de la exploración no están indicadas dada su baja rentabilidad.

7.El tratamiento empírico de la FOD en pacientes con buen estado general debe evitarse. Están indicados en sospecha de tuberculosis, artritis idiopática juvenil, enfermedad de Kawasaki, sospecha de infección bacteriana en pacientes con deterioro clínico y en pacientes con enfermedades de base que predispongan a infección bacteriana grave.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

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2.*Pasic S, Minic A, Djuric P, Micic D, Kuzmanovic M, Sarjanovic L, et al. Fever of unknown origin in 185 paediatric patients: a single-centre experience. Acta Paediatr. 2006; 95: 463-6.

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4.Lohr JA, Hendley JO. Prolonged fever of unknown origin: a record of experiences with 54 childhood patients. Clin Pediatr (Phila). 1977; 16: 768-73.

5.Jacobs RF, Schutze GE. Bartonella henselae as a cause of prolonged fever and fever of unknown origin in children. Clin Infect Dis. 1998; 26: 80-4.

6.Akpede GO, Akenzua GI. Management of children with prolonged fever of unknown origin and difficulties in the management of fever of unknown origin in children in developing countries. Paediatr Drugs. 2001; 3: 247-62.

7.Joshi N, Rajeshwari K, Dubey P, Singh T, Kaur R. Clinical spectrum of fever of unknown origin among Indian children. Ann Trop Pediatr. 2008; 28: 261-6.

8.Boletín de Información Epidemiológica Semanal. Servicio de Epidemiología, Sección de Enfermedades Transmisibles; martes 15 de enero de 2013.

9.Hofer M, Mahlaoui N, Prieur AM. A child with a systemic febrile illness – differential diagnosis and management. Best Pract Res Clin Rheumatol. 2006; 20: 627-40.

10.Petty RE, Southwood TR, Manners P, Baum J, Glass DN, Goldenberg J, et al. International League of Associations for Rheumatology classification of juvenile idiopathic arthritis: second revision. Edmonton, 2001. J Rheumatol. 2004; 31: 390-2.

11.Lozano de León F, León Jiménez M, Gómez-Mateos JM, Corzo Delgado JE. Fiebre de origen desconocido: actitudes diagnósticas. Medicine. 1998; 7: 3558-66.

12.Majeed HA. Differential diagnosis of fever of unknown origin in children. Curr Opin Rheumatol. 2000; 12: 439-44.

13.*Palazzi DL. Approach to the child with fever of unknown origin. En: UpToDate, Kaplan SL, Sundel R, Drutz JE, eds. UpToDate; 2013 [acceso 1 de octubre de 2013].

14.Ruiz Contreras J, López González G, Martínez Antón A. Fiebre de origen desconocido y fiebre prolongada (v.1/2007). Guía_ABE. Infecciones en Pediatría. Guía rápida para la selección del tratamiento antimicrobiano empírico [en línea] [actualizado el 09/06/2007; consultado el 01/10/2013]. Disponible en http://infodoctor.org/gipi/.

15.Meller J, Sahlmann CO, Scheel AK. 18F-PET and PET/CT in fever of unknown origin. J Nucl Med. 2007; 48: 35.

16.Sturm E, Rings EH, Schölvinck EH, et al. Fluordeoxyglucose positron emission tomography contributes to management of pediatric liver transplantation candidates in fever of unknown origin. Liver Transpl. 2006; 12: 1698.

17.Del Rosal T, Goycochea WA, Méndez-Echevarría A, García-Fernández de Villalta M, Baquero-Artigao F, Coronado M, et al. 18 F-FDG PET/CT in the diagnosis of occult bacterial infections in children. Eur J Pediatr. 2013; 172: 1111-5.

Bibliografía recomendada

–Long SS, Edwards KM. Prolonged, recurrent and periodic fever syndromes. En: Long SS, Pickering LK, Prober CG, eds. Principles and Practice of Pediatric Infectious Diseases. 3th ed. Philadelphia: Churchill Livingston; 2008. p. 126-35.

Excelente capítulo de un tratado clásico en infectología pediátrica en el cual se definen conceptos (fiebre prolongada, recurrente y periódica), aporta claves para el diagnóstico y manejo de niños con fiebre de origen desconocido, examinando los hallazgos de la historia y exploración que conducen al diagnóstico, y expone una magnifica revisión de los principales síndromes de fiebre periódica.

–Pasic S, Minic A, Djuric P, Micic D, Kuzmanovic M, Sarjanovic L, et al. Fever of unknown origin in 185 paediatric patients: a single-centre experience. Acta Paediatr. 2006; 95: 463-6.

Artículo reciente en el que se revisan las causas de fiebre de origen desconocido de forma retrospectiva en una población pediátrica de pacientes que fueron atendidos por ese motivo en un hospital. Nos aporta una distribución en porcentajes de causas de FOD en pediatría ya clásica y muy frecuentemente referenciada.

–Palazzi DL. Approach to the child with fever of unknown origin. En: UpToDate, Kaplan SL, Sundel R, Drutz JE, eds. UpToDate; 2013 [acceso 1 de octubre de 2013].

Las revisiones en UpToDate tienen una calidad excelente y en el manejo de la fiebre de origen desconocido no resulta una excepción. Aporta concretamente pautas de estudio diagnóstico de primera línea en FOD que consideramos muy acertadas y que ha supuesto, además, una guía precisa y novedosa respecto al manejo anteriormente establecido en estos pacientes.

 

Caso clínico

Anamnesis al ingreso

Niña de 10 años que consulta por fiebre diaria con patrón intermitente (máximo 38,5°C) de 10 días de evolución. La paciente no refiere contacto con personas con infección activa. La niña había regresado de un viaje en ambiente rural por Méjico (de 1 semana de duración) 15 días antes del inicio de la fiebre. Previo a su viaje recibió vacunación frente a virus de hepatitis A (VHA) y fiebre tifoidea oral. Asimismo, recibió profilaxis antipalúdica con atovacuona-proguanil desde dos días antes del viaje hasta una semana después. En los últimos días de su estancia, presentó una lesión sugestiva de picadura en párpado superior sin otra sintomatología acompañante. No refiere contacto estrecho con animales, refiere consumo de alimentos durante su estancia adecuadamente cocinados.

 

Antecedentes personales

No alergias medicamentosas conocidas. Vacunación según calendario oficial de la Comunidad de Madrid. No patologías médicas ni quirúrgicas previas de interés. No ingresos hospitalarios previos. No infecciones ni episodios febriles de repetición. Crecimiento ponderoestatural normal.

 

Exploración física

Constantes vitales normales para la edad.

Buen estado general, ligera palidez cutánea. Lesión costrosa en párpado superior derecho sin signos de inflamación, con adenopatía local cervical de 1 cm rodante, no adherida a planos profundos. Resto de la exploración normal.

 

Evolución

Se decide ingreso hospitalario de la paciente tras la normalidad de todas las pruebas complementarias iniciales, con la excepción de una discreta anemia para la edad (Hb 10,9 g/dl, VCM 72,3 fL) y la persistencia de la fiebre diaria con buen estado general. En la anamnesis del ingreso aporta un dato no registrado previamente: refiere dolor abdominal intermitente en el transcurso de las últimas 3 semanas, de intensidad leve-moderado, no interfiriendo con las actividades diarias habituales, sin relación con la ingesta ni las deposiciones, que son normales. No pérdida de peso.

En la ecografía abdominal se detecta adenitis mesentérica con un segmento del colon parcialmente engrosado. No se visualizan alteraciones en hígado, bazo ni riñones. El estudio férrico y las muestras de parásitos en heces son normales.

Se realiza esofagograma de bario sin signos de alteración. En la endoscopia se visualizan lesiones compatibles con enfermedad de Crohn, lo cual fue confirmado en el estudio anatomopatológico.

 

Fiebre sin foco

Temas de FC

C. Luaces Cubells, C. Parra Cotanda

Hospital Sant Joan de Déu. Esplugues de Llobregat. Barcelona

 

Resumen

La fiebre es un motivo de consulta frecuente en Pediatría; aproximadamente, el 20% de los niños febriles presentarán una fiebre sin foco después de una anamnesis y exploración física completas. La evaluación de estos pacientes es un reto para cualquier pediatra, que deberá descartar al niño con un riesgo elevado de enfemedad bacteriana potencialmente grave (infección del tracto urinario, bacteriemia oculta, meningitis bacteriana, neumonía, infección osteoarticular). Después de realizar una valoración clínica completa, las exploraciones complementarias, como el sedimento de orina o la analítica sanguínea, pueden ser de utilidad para decidir el manejo más adecuado para estos pacientes. El tratamiento antibiótico no siempre es necesario y el tratamiento antitérmico sigue siendo un tema controvertido.

 

Abstract

Febrile children frequently present to pediatricians; approximately 20% of them have fever without an apparent source after a complete history and physical examination. Evaluating these patients is a challenge for pediatricians, who should decide which child is at high risk of serious bacterial infection, such as urinary tract infection, occult bacteriemia, bacterial meningitis or pneumonia. After a full physical examination, laboratory tests (urine and blood analysis) are sometimes useful to decide the best management of these patients. Antibiotics are not always necessary and management of fever itself remains controversial.

 

Palabras clave: Fiebre; Fiebre sin foco; Bacteriemia.

Key words: Fever; Fever of unknown origin; Bacteriemia.

 

Pediatr Integral 2014; XVIII(1): 7-14


Fiebre sin foco

 

Introducción

La fiebre sin foco es uno de los motivos de consulta más frecuentes, siendo la valoración de estos pacientes un verdadero reto para el pediatra.

La fiebre es uno de los motivos de consulta más frecuentes en las consultas de Atención Primaria, especialmente durante la primera infancia. La fiebre sin foco (FSF) es la elevación de la temperatura rectal por encima de los 38°C, de menos de 72 horas de evolución, sin conocerse el origen de la misma después de una historia y una exploración física cuidadosas(1-3).

La valoración del niño con FSF es uno de los mayores retos a los que se enfrenta el pediatra(4,5). La mayoría de casos se deben a infecciones víricas benignas y autolimitadas, que no precisarán de un tratamiento específico(2,4,5). Sin embargo, una pequeña proporción de pacientes con FSF presentarán una enfermedad bacteriana potencialmente grave (EBPG) subyacente, como son la bacteriemia oculta, la infección osteoarticular, la meningitis o la infección del tracto urinario (ITU)(3). De todas ellas, la más frecuente es la ITU, especialmente en los pacientes menores de 2 años(2,5,6).

Por otra parte, en los últimos años, la introducción de la vacuna antineumocócica conjugada ha supuesto una disminución de la prevalencia de EBPG, especialmente de la bacteriemia oculta neumocócica, modificando el manejo diagnóstico-terapéutico de los niños menores de 3 años con FSF(2,4-6).

Definiciones

El concepto de EBPG engloba la bacteriemia oculta, la meningitis bacteriana, la neumonía lobar, la infección del tracto urinario, la artritis séptica y la osteomielitis aguda.

El concepto de EBPG engloba las siguientes infecciones bacterianas:

Bacteriemia oculta: proceso febril en el que el niño no presenta clínicamente sensación de gravedad, pero en el que se detectan microorganismos patógenos en sangre. Debe diferenciarse del concepto de sepsis (caracterizada por taquipnea, taquicardia, hipo o hipertermia) y del shock séptico.

Meningitis bacteriana: es la presencia de cualquier microorganismo en el líquido cefalorraquídeo.

Infección del tracto urinario: se define como cualquier crecimiento bacteriano en un cultivo de orina obtenida mediante punción suprapúbica, o bien el crecimiento de >104 colonias/ml de una bacteria patógena en la orina obtenida por sondaje vesical o por micción espontánea.

Neumonía lobar: presencia de una consolidación lobar en la radiografía de tórax.

Artritis séptica: se define como el crecimiento bacteriano en el líquido sinovial de la articulación.

Osteomielitis aguda: se diagnostica mediante técnicas de diagnóstico por la imagen, fundamentalmente la gammagrafía ósea.

Epidemiología

La fiebre sin foco representa hasta el 20% de consultas por fiebre en la edad pediátrica. Hasta el 10% de éstas son debidas a enfermedades bacterianas potencialmente graves, siendo las más frecuentes las infecciones del tracto urinario.

La fiebre supone entre el 10 y el 20% de las visitas en una consulta de pediatría, sin relación con el sexo del paciente ni el nivel socioeconómico de la familia(1). Son más frecuentes en niños entre los 3 y los 36 meses; en esta franja de edad, los niños suelen sufrir de 4-6 episodios febriles al año, especialmente si asisten a la guardería(2).

Aunque en la mayoría de casos, la etiología de la infección es evidente (infecciones de la vía respiratoria, otitis media aguda, gastroenteritis aguda), hasta en el 20% de los casos no se encuentra un foco evidente de la fiebre después de una anamnesis y una exploración física detalladas(3). En nuestro medio, en los niños menores de 3 años, aproximadamente el 10% de procesos febriles sin foco se deberán a una EBPG, siendo las más frecuentes la ITU, la neumonía lobar, la bacteriemia oculta y las meningitis bacterianas en estadíos iniciales(3).

En niños de entre 2 y 24 meses de edad, la prevalencia de ITU es de aproximadamente del 3-7%, siendo más elevada en las niñas(2,5); en algunas series, llega a representar hasta el 90% de EBPG en niños con FSF(6). La incidencia de neumonía en niños menores de 2 años de edad con temperatura >38°C es del 7%;por otra parte, hasta el 19% de niños menores de 5 años con fiebre >39°C y leucocitosis >20.000/mm3 tienen una alta probabilidad de padecer una neumonía aunque no presenten síntomas respiratorios(2,4).

Con la introducción de la vacuna conjugada antineumocócica, la incidencia de bacteriemia oculta ha disminuido drásticamente, siendo, en la actualidad, menor del 1% en los niños con FSF.

Etiopatogenia

En la edad pediátrica, la causa infecciosa más frecuente de FSF es la viral. Diversos factores (edad, intensidad de la fiebre, estado vacunal del paciente) pueden influir en la gravedad de la infección.

Como ya se ha comentado, existen múltiples etiologías de la FSF. La etiología más frecuente es la infecciosa y, dentro de ese grupo, las infecciones virales, como las infecciones respiratorias, gastrointestinales y exantemáticas (virus herpes hominis tipo 6, enterovirus, adenovirus, virus respiratorios)(2). La tabla I resume las causas no infecciosas de FSF. Los microorganismos implicados en las EBPG más frecuentemente son S. pneumoniae, N. meningitidis, H. influenzae y S. enteritidis B(2).

 

 

Por otra parte, diversos factores pueden determinar la gravedad del proceso febril(2,3). Estos factores condicionarán la actitud diagnóstico-terapéutica a tomar. Los más importantes son:

Edad

La edad es el factor más importante. Clásicamente, se han clasificado a los pacientes con FSF en 3 grupos; ya que, la respuesta inmunitaria del huésped y la etiología infecciosa del proceso son diferentes. Estos grupos son:

•Neonatos menores de 28 días: constituyen un grupo de alto riesgo, debido a la dificultad en la evaluación clínica, la inmadurez del sistema inmunitario y la alta frecuencia de EBPG. Hasta el 15% de los neonatos febriles pueden presentar una EBPG, siendo las bacterias más frecuentemente implicadas en nuestro medio el estreptococo betahemolítico del grupo B (S. agalactiae), las enterobacterias (E. coli) y la Listeria monocytogenes(2,3,5).

•Lactantes de entre 1 y 3 meses: los niños menores de 3 meses con enfermedades infecciosas tienen escasa respuesta febril y el diagnóstico clínico es difícil. Alrededor del 2-3% de estos pacientes pueden presentar una EBPG(2).

•Niños entre 3 y 36 meses: diversos factores inmunológicos y epidemiológicos hacen que los niños de esta franja etaria tengan un riesgo no despreciable de EBPG, especialmente si la temperatura rectal es superior a los 39°C (riesgo de bacteriemia oculta 3-5%). Las etiologías de EBPG más frecuentes son: S. pneumoniae, N. meningitidis y Salmonella spp. Este riesgo aumenta si la temperatura es mayor de 40°C o si la temperatura es mayor de 39,5°C y existe una leucocitosis >15.000/mm3. En más del 80% de las bacteriemias ocultas, S. pneumoniae es el agente etiológico(2,5); la evolución de las bacteriemias ocultas por neumococo suele ser buena pero hasta el 5% de los casos pueden evolucionar a una meningitis(4,5).

Intensidad de la fiebre

El riesgo de bacteriemia oculta se incrementa al aumentar la intensidad de la fiebre. La mayoría de autores refieren que dicho riesgo es mayor de forma significativa, si la temperatura rectal del paciente supera en algún momento los 39,5°C(2,4). La respuesta al tratamiento antitérmico o los cambios en la apariencia clínica del paciente tras la administración de éste no están relacionados con el riesgo de EBPG, por lo que no deberían ser tenidos en cuenta en la toma de decisiones(2,7). En cuanto al lugar de medida de la temperatura corporal, la temperatura rectal es preferible a la axilar; ya que, se correlaciona mejor con la temperatura central y la mayoría de algoritmos diagnóstico-terapéuticos se basan en ella(2).

Estado vacunal

La introducción de la vacuna antineumocócica conjugada en los últimos años ha producido una disminución de la enfermedad invasiva por S. pneumoniae, especialmente de la bacteriemia oculta por los serotipos vacunales(5). Este hecho ha modificado sustancialmente el manejo del paciente con FSF, por lo que debería ser un factor a tener en cuenta en su evaluación.

Valoración clínica

La evaluación del niño con FSF debe empezar por una anamnesis y una exploración física detalladas. A menudo, es necesaria la realización de exploraciones complementarias que permitan descartar la posibilidad de EBPG.

Por definición, la FSF no se acompaña de manifestaciones clínicas significativas; la mayoría de estos niños tienen un buen estado general y una exploración física sin alteraciones, hecho que no descarta la posibilidad de EBPG(1,2).

En la evaluación del niño con FSF, debe realizarse una anamnesis y una exploración física detalladas; en algunos casos, será necesario completar la evaluación con exploraciones complementarias, ya que la evaluación clínica no será suficiente para detectar a los niños con riesgo de EBPG(2,8,9).

Anamnesis

La anamnesis debe incidir en los antecedentes personales, como la prematuridad, enfermedades crónicas, inmunodepresión y el estado vacunal. Como ya se ha comentado, debe registrarse la temperatura máxima alcanzada; los síntomas acompañantes a la FSF suelen ser inespecíficos (cefalea, vómitos, dolor abdominal y molestias musculares).

Exploración física

Se debe valorar el estado general del paciente que, aunque no nos permitirá excluir la EBPG, nos permitirá tomar decisiones en cuanto a las exploraciones complementarias a realizar: un niño con FSF y afectación del estado general precisará siempre la realización de exploraciones complementarias y el inicio de un tratamiento antibiótico empírico de amplio espectro de forma precoz(2). Otros signos de alarma son(7):

•Signos de hipoperfusión tisular: piel moteada, palidez, frialdad, cianosis, pulso débil, etc.

•Exantema petequial generalizado.

•Afectación del nivel de consciencia.

•Signos de insuficiencia respiratoria.

La exploración física deberá realizarse de forma sistemática por aparatos, teniendo en cuenta que la presencia de hiperemia faríngea o rinorrea leve no excluye el criterio de fiebre sin foco(2,8). Como ya se ha comentado, la valoración clínica del paciente con FSF es, a menudo, difícil. Por ello, se han desarrollado diversas escalas clínicas, como son los criterios de bajo riesgo de Rochester (Tabla II) y la Young Infant Observation Scale (YIOS) (Tabla III) para menores de 3 meses o escala de YALE (Tabla IV) para la evaluación de los niños entre 3 y 36 meses; en general, estas escalas son muy sensibles pero poco específicas siendo, por tanto, útiles para descartar al paciente con bajo riesgo de EBPG(2,5,7).

 

 

 

 

 

 
 

 

Exploraciones complementarias

•Analítica sanguínea: el objetivo de la realización de analítica sanguínea es el de descartar a los pacientes con bajo riesgo de EBPG. Diversos marcadores han sido estudiados con diferentes resultados en función de la edad de los pacientes y de la metodología de los estudios. Los marcadores analíticos más utilizados son el recuento leucocitario, los neutrófilos totales, la proteína C reactiva y la procalcitonina(2,5-7).

–Recuento leucocitario y neutrófilos totales: los leucocitos son uno de los primeros marcadores que se elevan, aumentando el riesgo de EBPG al aumentar la cifra de leucocitos totales. Los numerosos estudios realizados parecen coincidir en que el punto de corte estaría en 15.000 leucocitos/mm3 (2). En lactantes menores de tres meses, leucopenias inferiores a 5.000/mm3 se asocian con altos índices de bacteriemia (>40%). Por último, un recuento de la cifra total de polimorfonucleares superiores a 10.000/mm3, neutrófilos inmaduros superiores a 1.500/mm3 y un índice de desviación a la izquierda >0,2 son otras variables asociadas con frecuencia a riesgo de bacteriemia en niños menores de 2 años(2,3,5,6,9).

–Proteína C reactiva (PCR): valores por encima de 30 mg/L sugieren una enfermedad bacteriana, siendo su valor diagnóstico superior al del recuento linfocitario(9). Se eleva en las primeras 6-12 horas del estímulo infeccioso, doblando su cifra cada 8 horas hasta alcanzar un pico máximo a las 36-50 horas. En las primeras 12 horas, su utilidad es limitada, siendo un buen marcador de la evolución de la infección(2,5). En los últimos años, se ha desarrollado la medición de la PCR en sangre capilar a tiempo real, técnica que puede ser de gran utilidad en la consulta de atención primaria por su rapidez, comodidad y bajo coste.

–Procalcitonina (PCT): es el marcador de infección con mejores resultados, ya que suele mantenerse en rango normal en las infecciones virales y en los procesos inflamatorios de origen no infeccioso. La PCT se eleva selectivamente en la infección bacteriana en las primeras 3-4 horas, con un máximo a las 6 horas, permaneciendo sus niveles estables en las siguientes 24 horas. Se puede determinar de forma cuantitativa y, aunque los puntos de corte pueden variar, los más referenciados son: <0,5 ng/ml: patología banal; 0,5-2 ng/ml: infección localizada; >2 ng/ml: EBPG(2,5,9).

–Hemocultivo: permite diagnosticar una bacteriemia oculta o una sepsis. Está indicado en las siguientes circunstancias: sospecha de EBPG (antes de iniciar tratamiento antibiótico endovenoso), otitis e infecciones del tracto urinario en menores de 3 meses, fiebre sin foco en menores de 3 meses y fiebre >38°C, fiebre sin foco en lactantes de 3-36 meses y fiebre >39,5°C, fiebre sin foco en lactantes de 3-36 meses, fiebre >39°C y recuento leucocitario igual o superior a 15.000 leucocitos/mm3, fiebre en el paciente oncológico y/o inmunodeprimido(2).

–Sedimento de orina: dada la alta prevalencia de ITU en niños de entre 2 y 24 meses de edad, la realización de sedimento de orina y urinocultivo está indicada en las siguientes circunstancias: fiebre >39°C de una duración >2 días sin foco aparente en niñas <24 meses y en niños <6-12 meses; y en niños con antecedentes de uropatía. Un sedimento de orina patológico (>10 leucocitos/campo, presencia de nitritos o presencia de gérmenes en la tinción de Gram) obliga a iniciar antibioticoterapia, hasta la confirmación diagnóstica mediante urinocultivo.

–Radiografía de tórax: debido a la radiación, no se recomienda de forma sistemática en el paciente con FSF. Sus indicaciones son: sospecha clínica de neumonía, duración de la fiebre sin foco >48-72 horas, lactantes >3 meses con taquipnea y/o signos de dificultad respiratoria y/o fiebre >39°C y leucocitosis >20.000/mm3 (2,4).

–Punción lumbar: el estudio del líquido cefalorraquídeo y su cultivo están indicados en niños con sospecha clínica de meningitis y en los menores de tres meses que no cumplan los criterios de bajo riesgo de Rochester(2).

–Coprocultivo: está indicado en los niños con diarrea, especialmente si es mucosanguinolenta o se encuentran más de 5 leucocitos por campo.

–Test de diagnóstico rápido (TDR): en los últimos años, se han desarrollado TDR para la detección de bacterias (S. pneumoniae, N. meningitidis) y algunos virus (Influenza, Enterovirus y Adenovirus), por inmunocromatografía o mediante la técnica de reacción en cadena de la polimerasa. Algunos investigadores han demostrado que el hecho de tener un diagnóstico de infección viral disminuye el riesgo de presentar una EBPG (como es el caso de la gripe en época epidémica); aunque, la mayoría de algoritmos actuales no incluyen aún estos tests(2,5,10).

Algoritmos de actuación en función de la edad

Pacientes menores de 4 semanas de vida: existe un consenso importante en la literatura para este grupo de pacientes con FSF, independientemente de su estado general. Por sus características, es recomendable realizar un estudio completo (hemocultivo, urinocultivo y cultivo de LCR) e iniciar tratamiento antibiótico empírico por vía parenteral(2,3,8).

•Pacientes entre 1 y 36 meses: existen múltiples algoritmos diagnóstico-terapéuticos para el manejo de la FSF. Las figuras 1 y 2 representan uno de ellos. Como ya se ha comentado, la introducción de la vacuna antineumocócica conjugada en los últimos años, ha supuesto una disminución importante de la enfermedad invasiva neumocócica en la población correctamente vacunada. Por ello, algunos autores proponen adoptar una actitud diferente en los pacientes vacunados, realizando menos analíticas sanguíneas en esta población(4). Otros autores, sin embargo, consideran que, dado que la incidencia de EBPG es menor en la era postvacunal, los estudios de laboratorios pueden ser incluso más importantes para descartar infecciones bacterianas en los niños de 3 a 36 meses con FSF, independientemente de su estado vacunal(2,6).

 

Figura 1. Actitud práctica ante el niño con fiebre sin foco entre 1-3 meses de edad.

 

 

Figura 2. Actitud práctica ante el niño con fiebre sin foco mayor de 3 meses de edad.

 

•A cualquier edad, los criterios de derivación al hospital son los siguientes(7):

–Signos de gravedad.

–Edad menor de 1 mes.

–Edad entre 1 y 3 meses sin focalidad clara.

–Enfermedad crónica de base (descompensada).

–Fiebre prolongada (>10 días).

–Repercusión del estado general durante el periodo afebril.

Tratamiento

El tratamiento de la fiebre es un tema controvertido, siendo recomendable utilizar un único fármaco antitérmico a dosis correctas. La mayoría de niños con FSF no precisarán tratamiento antibiótico.

Tratamiento antitérmico

Existe gran controversia sobre si es adecuado o no tratar la fiebre, ya que esta forma parte del sistema defensivo del organismo (estimulando la respuesta inmunitaria) y, además, inhibe el crecimiento bacteriano. Es importante intentar educar a los padres sobre los beneficios de la fiebre e insistir en que no es dañina por sí misma(2,8,11). Las indicaciones de tratamiento antitérmico son las siguientes:

•Afectación del estado general, independientemente del grado de temperatura.

•Antecedentes de convulsiones febriles, por la angustia familiar (aunque no se ha demostrado que el tratamiento antitérmico reduzca el riesgo de convulsión(8)).

•Patología crónica que puede descompensarse por el ascenso febril (cardiopatías, neumopatías).

El tratamiento antitérmico incluye medidas físicas y farmacológicas:

•Medidas físicas: la eficacia de las medidas físicas es motivo de controversia en la literatura. Se recomienda retirar el exceso de ropa y mantener al paciente en un ambiente térmico de entre 18 y 23°C para favorecer la pérdida percutánea de calor. En algunos casos (hipertermia), se pueden realizar friegas con agua templada (30°C). Otras medidas físicas, como la aplicación de paños húmedos fríos, no están recomendadas; ya que, producen vasoconstricción cutánea, dificultando la eliminación del calor, y, además, son incómodos para los niños(11).

•Tratamiento farmacológico: los antitérmicos más utilizados son el paracetamol y el ibuprofeno. El metamizol también puede ser de utilidad, aunque su utilización es mucho menor.

–Paracetamol: actúa directamente en el centro termorregulador hipotalámico, sin tener efecto antiinflamatorio. Su absorción oral es buena, alcanzando niveles máximos al cabo de 1-2 horas de su administración oral. Puede administrarse también por vía rectal (con una absorción más errática que la vía oral) y por vía endovenosa. El efecto antitérmico es de 4-6 horas. Tiene pocos efectos secundarios, siendo uno de los antitérmicos más seguros actualmente. Se han descrito, como reacciones adversas, las reacciones cutáneas, la leucopenia, el aumento reversible de los enzimas hepáticos y la nefrotoxicidad. Por otra parte, la intoxicación por paracetamol puede ser extremadamente grave, incluso letal, por necrosis hepática aguda(2,11,13).

–Ibuprofeno: fármaco antitérmico y antiinflamatorio. Su absorción oral es buena, alcanzando niveles séricos máximos en 30-90 minutos. Los alimentos pueden reducir la velocidad de absorción, pero no la cantidad total absorbida. Su efecto antitérmico dura unas 6-8 horas. Tiene pocos efectos adversos cuando se administra durante períodos cortos de tiempo. Los principales son la gastritis (con náuseas, vómitos, dolor abdominal difuso y diarrea) y el sangrado gastrointestinal(2,13).

–Metamizol: analgésico superior al paracetamol, que suele administrarse en la población infantil vía oral, rectal, intramuscular o endovenosa. Como efectos adversos, su administración rápida puede provocar: calor, rubor facial, palpitaciones, hipotensión y náuseas. También se han descrito casos de agranulocitosis y anemia aplásica en adultos(2,13).

–Alternancia de antitérmicos: una práctica muy extendida, entre padres y profesionales sanitarios, es la alternancia de antitérmicos (habitualmente, ibuprofeno y paracetamol); de forma que, cada 3-4 horas el niño recibe un antitérmico distinto. Sin embargo, no se ha demostrado que la terapia combinada sea más eficaz que la monoterapia, ya que los estudios publicados hasta el momento sobre el tema tienen resultados contradictorios(11). Por ello, diversos autores recomiendan, en caso de no conseguir un descenso de la fiebre, aumentar las dosis de los antitérmicos hasta dosis terapéuticas máximas [ibuprofeno: 40 mg/kg/d; paracetamol: 60 mg/kg/día (menores de 12 meses) y 90 mg/kg/día (mayores de 12 meses)], además de utilizar las ya comentadas medidas físicas(11). Por supuesto no debe olvidarse que el objetivo final no es hacer desaparecer la fiebre (lo que incrementa el concepto de “fobia a la fiebre”), sino que la meta debe ser conseguir el confort del paciente.

Tratamiento antibiótico

En general, en los pacientes con FSF no será necesario prescribir tratamiento antibiótico(1). La excepción es el neonato, en quien habitualmente son necesarias pruebas complementarias, ingreso y administración de tratamiento antibiótico empírico hasta obtener el resultado de los cultivos.

En el grupo de niños de entre 3 y 36 meses, la decisión de instaurar tratamiento antibiótico debe individualizarse tras la evaluación inicial y los resultados de las exploraciones complementarias realizadas. Se han propuesto diversas escalas clínico-analíticas para decidir el tratamiento más adecuado en cada caso(2). Deberían utilizarse antibióticos efectivos contra el neumococo y el meningococo, como son las penicilinas y las cefalosporinas(1).

Función del pediatra de Atención Primaria

Para el pediatra de Atención Primaria, la valoración del niño con FSF constituye un gran reto diario, dado el importante número de consultas que genera y las limitaciones en cuanto a la realización de exploraciones complementarias en el medio ambulatorio. Afortunadamente, en este ámbito asistencial, el pediatra dispone de una herramienta muy útil como es la posibilidad de realizar un seguimiento clínico del paciente que, en la mayoría de las ocasiones, aporta más información que las habituales exploraciones complementarias.

En la mayoría de casos, la FSF será secundaria a infecciones virales banales; sin embargo, un pequeño porcentaje tendrán una EBPG. Reconocer estos pacientes es difícil, dado que muchos presentarán un buen estado general; por ello, es esencial tener unos criterios claros de derivación al hospital, además de conocer las diferentes escalas de valoración clínica.

Bibliografía

Los asteriscos reflejan el interés del artículo a juicio del autor.

1.Gonzalo de Liria CR, Méndez Hernández M. Fiebre sin foco. Protocolos diagnósticos y terapéuticos de la Asociación Española de Pediatría. Infectología. 2008. http://www.aeped.es

2.Garrido Romero R, Luaces Cubells C. Lactante con fiebre sin focalidad. En: Benito J, Luaces C, Mintegi S, Pou J (eds). Tratado de Urgencias en Pediatría, 2ª edición; Madrid: Ergon. 2010. p. 247-58.

3.*Baraff LJ. Management of infants and young children with fever without source. Pediatr Ann. 2008; 37: 673-9.

4.Mintegi Raso S, González Balenciaga M, Pérez Fernández A, Pijoán Zubizarreta JI, Capapé Zache S, Benito Fernández J. Lactante de 3-24 meses con fiebre sin foco en urgencias: características, tratamiento y evolución posterior. An Pediatr (Barc). 2005; 62: 522-8.

5.*Jhaveri R, Byington CL, Klein JO, Shapiro ED. Management of the non-toxic-appearing acutely febrile child: a 21st century approach. J Pediatr. 2011; 159: 181-5.

6.Manzano S, Bailey B, Gervaix A, Cousineau J, Delvin E, Girodias JB. Markers for bacterial infection in children with fever without source. Arch Dis Child. 2011; 96: 440-6.

7.Soult Rubio JA, López Castilla JD. Síndrome febril sin focalidad. Pediatr Integral. 2006; 10: 255-61.

8.*Sherman JM, Sood SK. Current challenges in the diagnosis and management of fever. Curr Opin Pediatr. 2012; 24: 400-6.

9.Van den Bruel A, Thompson MJ, Haj-Hassan T, Stevens R, Moll H Lakhanpaul M, et al. Diagnostic value of laboratory tests in identifying serious infections in febrile children: systematic review. BMJ. 2011; 342: d3082 doi:101136/bmjd3082.

10.Benito-Fernández J, Vázquez-Ronco MA, Morteruel-Aizkuren E, Mintegui-Raso S, Sánchez-Etxaniz J, Fernández-Landaluce A. Impact of rapid viral testing for influenza A and B viruses on management of febrile infants without signs of focal infection. Pediatr Infect Dis J. 2006; 25: 1153-7.

11.El-Radhi AS. Why is the evidence not affecting the practice of fever management? Arch Dis Child. 2008; 93: 918-20.

12.Meremiwu M, Oyo-Ita A. Métodos físicos para tratar la fiebre en niño. Biblioteca Cochrane Plus; 2008, número 2.

13.Manrique Martínez, Saavedra Lozano J, Gómez Campderá JA, Álvarez Calatayud G. Fiebre y antitérmicos en pediatría. Guía de tratamiento de las enfermedades infecciosas en Urgencias Pediátricas. 3ª ed. Ed. Drug Farma SL; 2010. p. 35-41.

Bibliografía recomendada

–Baraff LJ. Management of infants and young children with fever without source. Pediatr Ann. 2008; 37: 673-9.

Se trata de un interesante artículo de revisión que analiza, no sólo la prevalencia de las infecciones bacterianas en el paciente pediátrico con fiebre sin foco, sino también las diferencias en su manejo en el ámbito hospitalario y extrahospitalario.

–Sherman JM, Sood SK. Current challenges in the diagnosis and management of fever. Curr Opin Pediatr. 2012; 24: 400-6.

Reciente artículo de revisión que repasa el manejo de la fiebre en la infancia, haciendo especial énfasis en el concepto de “fobia a la fiebre” y en la importante labor educadora que deben realizar los pediatras.

–Jhaveri R, Byington CL, Klein JO, Shapiro ED. Management of the non-toxic-appearing acutely febrile child: a 21st century approach. J Pediatr. 2011; 159: 181-5.

Artículo que revisa los cambios que se han producido en los últimos años en el manejo del niño con fiebre sin foco y buen aspecto, especialmente después de la introducción de la vacuna antineumocócica conjugada. También, analiza ciertos aspectos pendientes de los nuevos algoritmos de manejo y los retos de los próximos años.

 

Caso clínico

Lactante de 7 meses que consulta en el Centro de Salud por fiebre.

 

Anamnesis

Lactante de 7 meses de edad que consulta en el Centro de Salud por fiebre (máximo 39,9°C) de 12 horas de evolución con rechazo del alimento. No refieren otros síntomas. No presenta antecedentes personales de interés y el calendario vacunal es correcto (no ha recibido vacuna conjugada antineumocócica).

 

Exploración física

Según la impresión general y el ABCDE, el paciente está estable. Sus constantes vitales son: temperatura axilar: 37,8°C, FR: 20 rpm, FC: 115 lpm, Sat Hb: 98% (FiO2: 21%). Buen estado general, normocoloreado y normohidratado, sin lesiones cutáneas; la exploración física por aparatos (incluida la exploración neurológica) es normal.

Al tratarse de una fiebre sin foco en un lactante de 7 meses, con una temperatura máxima alcanzada de 39,9°C y que no ha recibido vacuna antineumocócica, es derivado al Servicio de Urgencias Pediátricas para realización de exploraciones complementarias.

En Urgencias, se realizan sedimento de orina y analítica sanguínea con hemocultivo, con los siguientes hallazgos: el sedimento de orina (recogido con bolsa colectora) es negativo; en la analítica sanguínea, destacan 14.200 leucos/mm³ (5.500 neutrófilos totales), PCR: 29 mg/L, PCT: 0,2 ng/ml; el hemocultivo y el urinocultivo quedan pendientes.

Dado que el paciente presenta un buen estado general y unos hallazgos analíticos sugestivos de bajo riesgo de EBPG tras 12 horas de evolución de la fiebre, es dado de alta a domicilio sin tratamiento antibiótico, indicando un control clínico por su pediatra en 24 horas.

A las 24 horas, avisan del laboratorio de que el hemocultivo es positivo (crecen colonias de cocos gram positivos, sugestivas de S. pneumoniae). Ante la sospecha de bacteriema oculta, se contacta con la familia del niño y se les pide que vuelvan a Urgencias para una nueva evaluación clínica y para tomar un nuevo hemocultivo. El paciente ha permanecido con buen estado general, estando afebril en las últimas 18 horas, y sin presentar nueva sintomatología. La exploración física en Urgencias sigue siendo normal. Por todo ello, se repite el hemocultivo y se pauta tratamiento antibiótico con amoxicilina a 80 mg/kg/día por vía oral durante 7-10 días, recomendando un control ambulatorio.

 

El papel de los pediatras en la lucha contra la tos ferina. ¿Podemos tomar una actitud más activa?

A. Montesdeoca Melián

Pediatra de Atención Primaria. Centro de Salud de Guanarteme. Gran Canaria

Pediatr Integral 2013; XVII(8): 586-596


El papel de los pediatras en la lucha contra la tos ferina. ¿Podemos tomar una actitud más activa?

 

Introducción

Para la mayoría de los profesionales que nos dedicamos a la pediatría, resulta evidente que la tos ferina ha resurgido en los últimos años en España. Las altas coberturas vacunales infantiles de las que disfrutamos en países como el nuestro se han mostrado insuficientes en el control de esta infección reemergente en la última década. Los lactantes menores de 6 meses, desprotegidos contra esta enfermedad por no haber completado su primovacunación, son sus principales víctimas. Desde hace algunos años asistimos a un nuevo escenario, donde el grupo de población susceptible más numeroso es el que engloba a los adolescentes y a los adultos, quienes, en muchas ocasiones de una forma oligosintomática, intervienen en la diseminación de Bordetella pertussis.

Según las cifras publicadas por el Centro Nacional de Epidemiología (Instituto de Salud Carlos III), la tos ferina se muestra como uno de los principales fracasos en el control de enfermedades prevenibles por vacunas en nuestro país de los últimos años. A pesar de encontrarnos ante una epidemia de tos ferina, la política vacunal en España no ha cambiado, mostrando una actitud incomprensiblemente pasiva por parte de las autoridades sanitarias. Resulta inquietante el hecho de que ni siquiera se haya informado oficialmente a los profesionales sanitarios de las posibles consecuencias de esta epidemia sobre la salud de los lactantes, no habiéndose dado tampoco pautas a la población general que puedan contribuir a mitigar el terrible daño que esta enfermedad infecciosa puede provocar en los pacientes más susceptibles.

Si analizamos lo ocurrido en otros países de alto nivel de desarrollo, podremos comprobar que sí se han tomado medidas a gran escala, intentando optimizar las armas de las que se disponen, aún a sabiendas de que éstas pueden ser ciertamente mejorables. Afortunadamente, muchos profesionales españoles y la mayoría de las sociedades científicas relacionadas con la lucha contra esta y otras enfermedades infecciosas infantiles, se han posicionado al respecto en diversas publicaciones, mostrando la profunda brecha existente entre la realidad detectada por los sanitarios que trabajamos a diario al pie de los pacientes y la de las autoridades sanitarias responsables de velar por el estado de salud de la población.

Cambios en la epidemiología de la enfermedad

La tos ferina es una enfermedad altamente contagiosa producida por especies de Bordetella, patógeno exclusivamente humano que se transmite tras contacto con individuos infectados a través de gotitas aerosolizadas. Ni la enfermedad natural ni la inmunización proporcionan protección de por vida, siendo especialmente efímera la protección generada tras vacunación con preparados acelulares de tos ferina(1). En la era prevacunal, la incidencia de tos ferina mostraba un marcado carácter cíclico, con repuntes epidémicos cada 3-5 años, hecho que se ha mantenido de una forma mucho más sutil tras la introducción de la vacuna(2).

La epidemiología de esta infección ha cambiado en las últimas décadas, fundamentalmente como consecuencia del éxito de los programas de vacunación. Hace cincuenta años la tos ferina era una enfermedad concebida como eminentemente infantil, responsable de una alta morbimortalidad en niños. La gran mayoría de los individuos que padecían la enfermedad mantenían activada su respuesta inmunitaria gracias a los refuerzos naturales producidos como consecuencia de contactos muy repetidos con el patógeno. Desde la inclusión de la tos ferina en los programas de vacunación masiva, la proporción de sujetos susceptibles a padecer la infección grave por B. pertussis fue disminuyendo, debido a la alta eficacia protectora demostrada por la vacuna. Al haber menor proporción de población susceptible a padecer la infección en su forma clásica, disminuyó el refuerzo natural repetido que recibían los individuos inmunizados. Este hecho se agravó con la aparición de las vacunas con componente acelular de pertussis, las cuales presentan menor reactogenicidad, pero también resultan menos efectivas a largo plazo en comparación con la respuesta generada por los preparados que contienen células enteras, tanto menor cuanto menos antígenos contengan(1,3). Con todo ello, se puede afirmar que en ausencia de refuerzos repetidos, la inmunidad contra B. pertussis en individuos vacunados con preparados acelulares de tos ferina decae más rápidamente que en los que han recibido vacuna de células enteras (aunque sólo sea una primera dosis).

A pesar de la disminución de las formas graves de la enfermedad observada tras la introducción de las vacunas (en especial las de células enteras), la circulación de B. pertussis se ha mantenido en la población, a diferencia de lo que ha ocurrido con otras enfermedades infecciosas(4). Resulta muy importante recalcar que la incidencia de tos ferina comunicada a los servicios de vigilancia es muy inferior a la circulación real de B. pertussis en la población, siendo la tos ferina una enfermedad infradiagnosticada e infradeclarada. En distintas publicaciones realizadas en Europa, se demuestra que la incidencia real es de entre 3 y 7 veces mayor que la comunicada a sistemas de vigilancia pasivos(5). Algunas de las razones que explican este infradiagnóstico son: 1) lo inespecífica que puede ser la sintomatología de la tos ferina en neonatos, adolescentes y adultos (aunque no pocos presentan el cuadro clínico típico de paroxismos de tos y gallo inspiratorio posterior); 2) la falta de entrenamiento de los médicos de adultos en el reconocimiento de la enfermedad; y 3) las deficiencias de un sistema de notificación pasivo.

En resumen, diremos que en los últimos años se ha observado un aumento en la incidencia de tos ferina, especialmente en países industrializados con altas coberturas vacunales. Este aumento de la incidencia tiene una distribución bimodal por edades: en los lactantes menores de 6 meses, que por su edad no han completado la primovacunación y en los adolescentes/adultos, por la disminución de su inmunidad, vacunal o natural, con el tiempo transcurrido desde la inmunización o el padecimiento de la enfermedad.

En España, la inclusión en calendario de la vacuna de la tos ferina se produjo en el año 1965. Entre 1975 y 1995 se administraban 3 dosis de vacuna (3, 5 y 7 meses), incluyéndose una cuarta dosis en 1996 a los 15-18 meses de edad. En 2001 se recomendó una quinta dosis a los 4-6 años y a partir de 2005 todas las comunidades autónomas ya habían cambiado las antiguas vacunas de células enteras por preparados acelulares(6) (siguiendo el ejemplo de la mayoría de los países económicamente más desarrollados). La cobertura vacunal nacional para tos ferina se ha mantenido por encima del 95% desde 1998 y del 97% si hablamos exclusivamente del cumplimiento de la serie primaria, a pesar de lo cual no se ha podido evitar la reemergencia de esta enfermedad.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS)(7), un total de 195.000 niños menores de 5 años fallecieron en 2008 a causa de la tos ferina. Si tenemos en cuenta las muertes ocasionadas globalmente por enfermedades prevenibles por vacunas, esta cifra sólo se vio superada ese año por las muertes ocasionadas por H. influenzae tipo b (199.000). Si bien es cierto que la gran mayoría de los decesos se produjeron en países de bajo Índice de Desarrollo Humano, es en los países más desarrollados, donde se ha producido el mayor repunte en la incidencia de la enfermedad en los últimos años. Más del 80% de pacientes que fallecen como consecuencia de esta infección son menores de 6 meses.

Si se consultan los datos publicados en la web oficial de la OMS, se comprueba que la incidencia de tos ferina aumentó considerablemente desde 2011, pasando de los 739 casos declarados en 2010 a los 3.088 comunicados el año siguiente(8) (Fig. 1). En un trabajo español publicado recientemente se describe el impacto sanitario que ocasionó la tos ferina entre 1997 y 2011, en términos de hospitalizaciones, muertes y costes asociados. En ese periodo se registraron en nuestro país 8.331 altas hospitalarias con diagnóstico de tos ferina, siendo la incidencia global de hospitalizaciones de 1,3 casos por 100.000 habitantes. El 92% de los ingresos por pertussis correspondió a niños menores de un año de edad, con una incidencia de 115,2 hospitalizaciones por 100.000 nacidos. Durante el periodo de estudio fallecieron 47 pacientes, 37 de ellos en el primer año de vida. El coste estimado de cada hospitalización por tos ferina fue de 1.841 euros(9). Sólo en el año 2011 se comunicaron en España 8 muertes por tos ferina (Fig. 2), duplicándose la media del quinquenio anterior y es muy probable que dicha cifra sea en realidad superior, debido a lo atípica que puede ser la presentación de la enfermedad las primeras semanas de vida (p. ej., exclusivamente apnea).

 

Figura 1. Incidencia de tos ferina en España (número de casos declarados cada año). Fuente: Organización Mundial de la Salud.

 

Figura 2. Mortalidad anual por tos ferina en España (número total). Fuente: Instituto Nacional de Estadística.

 

Si analizamos los datos por comunidades autónomas, hay una que prevalece de forma llamativa sobre el resto en cuanto a cifras de incidencia: Canarias. En las Islas Canarias, con una población que ronda los dos millones de habitantes (sin contar el turismo flotante), se declaró el 23% de los casos de tos ferina de toda España en 2011 y el 41% en 2012, llegando a tasas de incidencia en 2011 de hasta 33,43 x 100.000 habitantes, siendo la media nacional de 6,73 x 100.000 habitantes ese mismo año(10). Durante el año 2012 en el Complejo Hospitalario Universitario de Canarias (CHUC), en un servicio de pediatría de 20 camas de hospitalización y 4 de intensivos pediátricos, se registraron 57 ingresos por tos ferina (confirmados por PCR). De ellos, 12 precisaron de cuidados intensivos, 2 requirieron ventilación mecánica de alta frecuencia oscilatoria y uno de ellos falleció (datos no publicados). Entre las razones que pueden explicar estas altas cifras declaradas en Canarias, se encuentran el alto nivel de sensibilización por parte de los pediatras para detectar casos en pacientes menores de un año, los programas de formación de médicos de adultos desarrollados de forma intensiva por parte de las sociedades pediátricas locales y la accesibilidad de las pruebas confirmatorias en algunos centros hospitalarios. Creemos que las cifras comunicadas en Canarias se aproximan más a la realidad que las nacionales ya que, como ya hemos apuntado, la tos ferina es una infección que adolece de una importante infradeclaración. Aunque muchos de los casos declarados en Canarias no se confirmaron por tests microbiológicos, sí se ajustaron a los nuevos criterios diagnósticos definidos por la Global Pertussis Initiative (GPI) en 2012(11). La GPI está compuesta por 37 expertos de 17 países del mundo y conforma un foro científico cuyo propósito es el de optimizar el seguimiento, prevención y control de la tos ferina a escala mundial.

Aunque es previsible el aumento de casos en pacientes con primovacunación incompleta y en los que ya han perdido su inmunidad por el paso del tiempo, preocupa el hecho de que un porcentaje alto de los casos declarados en España sean infecciones por B. pertussis diagnosticadas en niños de 1 a 4 años (30% de los casos confirmados en el CHUC en 2012), individuos que han recibido la dosis de refuerzo muy recientemente. Esta cifra nos habla de los fracasos vacunales y de la eficacia real que tienen las vacunas de tos ferina comercializadas en nuestro país, la cual no parece pasar del 60% en prevenir cualquier forma de presentación de la enfermedad. Como ya comenta en alguna de sus últimas publicaciones uno de los mayores expertos en tos ferina del mundo, el profesor Cherry (Universidad de Los Ángeles, California, EE. UU.), la eficacia de las vacunas contra pertussis ha sido clásicamente sobreestimada.

Entre las causas que se barajan como probables responsables del resurgimiento de la tos ferina en el mundo se encuentran: 1) la baja eficacia a medio plazo de los preparados vacunales acelulares utilizados en muchos países(1); 2) la reemergencia de cepas mutantes de B. pertussis, con diferencias antigénicas que les confieren cierta resistencia a la inmunidad generada por las vacunas en uso(12); 3) el alto nivel de alerta por parte de los profesionales dedicados a la atención pediátrica; y 4) la mejora y accesibilidad de nuevos métodos de diagnóstico microbiológico y de biología molecular.

Nuevas definiciones clínicas de caso

Uno de los mayores problemas a los que nos enfrentamos cuando analizamos cifras epidemiológicas de tos ferina a escala mundial es la disparidad existente en los distintos países para definir los criterios diagnósticos de caso. Los divulgados por la OMS o los Centers for Disease Control and Prevention de Atlanta (CDC), aunque actualizados, se basan en las antiguas definiciones concebidas en los tiempos en los que se estudiaba la eficacia de las vacunas contra tos ferina. Dichos criterios tenían como fin alcanzar altos niveles de especificidad, con el objetivo de estudiar la eficacia vacunal en prevenir formas graves de la enfermedad (clínica clásica), pero no tenían demasiada aplicabilidad en la toma de decisiones clínicas. Ya que la disponibilidad de pruebas microbiológicas confirmatorias de tos ferina es escasa desde Atención Primaria, resulta primordial contar con una clasificación clínica lo suficientemente sensible, como para que no deje escapar a ningún caso que pueda ser potencialmente grave. En el escenario en el que nos encontramos a día de hoy, con la tos ferina reemergiendo mundialmente y en un entorno de epidemia en países como el nuestro, dichos criterios han quedado obsoletos para el pediatra de Atención Primaria. Por otra parte parece obvio que la presentación clínica ha de ser diferente entre lactantes, niños, adolescentes y adultos, algo que no se tenía en cuenta cuando la tos ferina era concebida como una enfermedad puramente infantil. Por ello la GPI, el mayor foro de expertos de tos ferina del mundo, publicó en 2012 un trabajo en el que proponen unos nuevos criterios diagnósticos de tos ferina, adaptados a la edad del paciente, en aras de incrementar la sensibilidad y detectar a la mayor parte de enfermos, sin perder a aquellos con mayor riesgo de sufrir complicaciones graves de la enfermedad(11). Los nuevos criterios diagnósticos se definen para tres grupos de edad: los menores de 3 meses, los de 4 meses a 9 años y los mayores de esta edad (Fig. 3). Estos autores exponen las nuevas definiciones de caso de tos ferina adaptándose a dos escenarios: accesibilidad de confirmación microbiológica para todos los pacientes o uso de criterios clínicos exclusivamente. En la figura 3 se puede apreciar que una de las diferencias principales que existe con los criterios clásicos es que en el grupo de edad de 0 a 9 años, la duración de la tos de más de 2 semanas no es criterio indispensable para efectuar un diagnóstico de tos ferina. En la franja etaria de 4 meses a 9 años la tos debe ser paroxística en adición a otro criterio y en los mayores de 10 años sí se tiene en cuenta la duración de la tos para la definición. Se especifica en el trabajo original que la rinorrea que acompaña a la clínica de tos ferina no se torna amarillenta/verdosa con el paso de los días, a diferencia de los cuadros virales de vías respiratorias altas. Si nos empeñáramos en ceñirnos a las definiciones de caso según la OMS o los CDC, deberíamos sospechar tos ferina en aquellos individuos que presenten al menos 14 días de tos, en adición a otros síntomas clásicos como paroxismo, gallo inspiratorio, vómito postusígeno o apnea. Resulta fácil de entender que en nuestro medio, cualquier lactante menor de 6 meses con paroxismos de tos consultará en repetidas ocasiones a su pediatra antes de que se cumplan 14 días de agobiante clínica pertúsica. Los criterios diagnósticos de caso sospechoso propugnados por OMS y CDC resultan, por lo tanto, poco prácticos a pie de paciente, haciéndose necesaria la implantación de nuevas definiciones como las de la GPI.

 

Figura 3. Nuevas definiciones clínicas de caso de tos ferina propuestas por la Global Pertussis Initiative 2012.

 

En la serie del CHUC comentada anteriormente sólo el 1,5% de los lactantes ingresados con tos ferina confirmada por PCR, cumplía los criterios de caso según la OMS (datos no publicados). El único fallecimiento registrado en el centro tampoco cumplía con los criterios clásicos de caso, ya que se trataba de un neonato que debutó con una parada respiratoria. Esto da idea de lo poco útiles que pueden resultar los clásicos criterios de caso y de la infraestimación de la incidencia real que generaría en los registros epidemiológicos.

La respuesta oficial a la epidemia en España

A diferencia de lo que ha ocurrido en nuestro país, las políticas de vacunación de diversos países han cambiado desde el repunte de la incidencia de la tos ferina. Por citar sólo un ejemplo, en Inglaterra y Gales, donde se registró un aumento de fallecimientos en menores de 3 meses en el año 2012 (9 fallecimientos en los primeros 6 meses del año), se puso en marcha una campaña temporal de inmunización masiva a todas las embarazadas de más de 28 semanas de edad gestacional que se mantiene en la actualidad(13). El propósito de esta estrategia, ya utilizada para la lucha contra otras enfermedades infecciosas prevenibles mediante vacunas, no es otro que el de proteger al lactante en sus primeros meses de vida, mediante el paso transplacentario de anticuerpos generados por la madre. Sólo esta medida, propugnada por el Department of Health del Reino Unido en octubre de 2012 se mostró extraordinariamente eficaz, disminuyendo las muertes por tos ferina en este grupo de edad al año siguiente(14).

Estados Unidos, a través del Advisory Committee on Immunization Practices (ACIP), fue el primer país que inició un programa masivo de vacunación a embarazadas con vacuna multicomponente acelular de difteria-tétanos-pertussis de baja carga antigénica (dTpa) en 2011, recomendando desde 2012 que todas las embarazadas recibieran una nueva dosis de refuerzo en cada nueva gestación(15). Además, desde el año 2006 se vacuna en dicho país a todos los adolescentes, intentando incidir en uno de los mayores reservorios poblacionales de la enfermedad, aunque los resultados en términos de prevención de muertes en lactantes aún no han podido ser demostrados. En adición a estas estrategias, la ACIP también recomienda la administración de una dosis de refuerzo de dTpa a todos los convivientes/cuidadores de niños menores de un año, una estrategia denominada nido o capullo, en un intento por proporcionar protección indirecta a los lactantes.

En nuestro país, sin embargo, las autoridades sanitarias han tomado una actitud extraordinariamente pasiva al respecto. Para empezar, la información a los profesionales sanitarios y la población en general sobre la evolución de la epidemia ha sido prácticamente nula. No se ha desarrollado ninguna estrategia preventiva extraordinaria y los fallecimientos de lactantes se han ido produciendo sin que se haya observado reacción alguna desde los servicios de Salud Pública del país. Los esfuerzos se han focalizado en: 1) realizar una revisión sistemática de la evidencia publicada hasta 2012 por un grupo de trabajo de la Comisión de Salud Pública del Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud; 2) insistir en el cumplimiento del calendario vacunal vigente (algo fundamental por otra parte); y 3) fomentar el tratamiento precoz y quimioprofilaxis a contactos de pacientes con diagnóstico de tos ferina con macrólidos. La conclusión a la que llega esa, por otra parte excelente revisión sistemática, ya la sospechábamos antes de empezar a leerla: no existen publicaciones suficientes que aporten evidencia científica como para promover nuevas estrategias vacunales con total garantía de éxito. Es lo que suele ocurrir en las situaciones inesperadas de epidemia; que hay que tomar decisiones en un momento en el que es posible que no existan experiencias previas. Si dentro de 2-3 años se demuestran eficaces varias de las estrategias iniciadas en países distintos a España, ¿alguien lamentará la morbilidad o las defunciones derivadas de la pasividad demostrada por quienes pudieron promover estrategias vacunales adaptadas a la nueva situación?

Desgraciadamente, no sólo no se ha planteado ningún plan de ampliación de inmunizaciones en aras de mitigar el efecto de la epidemia de tos ferina en la población más susceptible, sino que desde el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, se ha propuesto un calendario vacunal nacional unificado de mínimos que resulta, a todas luces, insuficiente.

Nuevas estrategias

En un magnífico trabajo publicado en 2013, las principales sociedades científicas españolas relacionadas con las enfermedades infecciosas y las vacunas, consensuaron sus recomendaciones destinadas a luchar contra la epidemia de tos ferina que se vive en nuestro país(2). En dicho artículo el grupo de expertos analiza la epidemiología de la enfermedad, los avances en su diagnóstico, tratamiento y profilaxis, así como las nuevas estrategias vacunales recomendadas a nivel internacional.

Bien es sabido que las vacunas con componente pertúsico comercializadas en nuestro país no son todo lo eficaces que nos gustaría, al tiempo que conocemos lo efímero de la perdurabilidad de los anticuerpos generados por ellas, pero desgraciadamente, por el momento no disponemos de otras. Las nuevas estrategias vacunales, algunas de ellas puestas en marcha en diversos países, persiguen administrar un refuerzo contra tos ferina a grupos poblacionales en los que probablemente haya decaído el nivel protector de anticuerpos específicos y así proteger indirectamente a los más indefensos: los menores de 4-6 meses.

Vacunación en el adolescente

Como ya se ha comentado en este trabajo, el mayor reservorio poblacional actual de B. pertussis se encuentra en los adolescentes y adultos. Existen publicaciones que demuestran que la administración de un recuerdo con dTpa a los adolescentes genera respuesta protectora en este grupo de edad(16), con lo cual se reduce la circulación del patógeno en la población, aunque como única medida es insuficiente como para crear inmunidad de grupo. Sería deseable complementarla con un refuerzo también en adultos que, aunque de difícil implantación, ha demostrado ser una medida costo-efectiva. El impacto en la prevención de la infección en el lactante mediante la vacunación del adolescente sólo se ha podido demostrar en experiencias aisladas, como en Australia, donde un programa de inmunización de recuerdo en edades consecutivas consiguió finalmente un impacto medible en la reducción de enfermedad también en los menores de 6 meses(17). La implantación de un refuerzo con dTpa a los 11-14 años (preferiblemente a los 11-12) sería muy sencilla en nuestro medio (sustituyendo a la actual Td), sin incrementar excesivamente los costes. El Comité Asesor de Vacunas de la Asociación Española de Pediatría lo recomienda desde 2005, más aún cuando se administra una dosis de dTpa a los 4-6 años, de la cual cabe esperar una menor perdurabilidad de anticuerpos protectores en comparación con la DTpa. En la actualidad son 21 los países del mundo que ha adoptado esta estrategia (12 europeos).

Vacunación en la embarazada

A pesar de tratarse de una medida a implantar en una población muy sensible como es la de las gestantes, es probable que esta sea la estrategia que mayor impacto pueda tener en la protección del lactante en sus primeros meses de vida. La administración de un preparado vacunal en las últimas etapas del embarazo presenta un doble beneficio (materno-filial). El paso de anticuerpos a través de la placenta proporciona al recién nacido una protección indirecta al menos durante las primeras 6 semanas de vida, cuando es más susceptible a morir por tos ferina. Aunque se ha detectado un periodo con menor nivel de anticuerpos protectores contra B. pertussis después de recibir la serie primaria, en lactantes hijos de madres vacunadas durante la gestación, este efecto es transitorio(18) y el beneficio de una protección en las primeras semanas de vida es muy superior al pequeño riesgo de una protección subóptima transitoria más allá de los 6 meses de vida. Todo esto ha de ser valorado con cautela, más aún cuando no se ha definido claramente la concentración sérica mínima ni el tipo de anticuerpos específicos contra pertussis que confiere protección in vivo a la infección.

Las vacunas acelulares de baja carga antigénica dTpa no han sido estudiadas específicamente en este grupo poblacional, pero las amplias experiencias con otros preparados inactivados (Td) hacen confiar en su seguridad. Además existen publicaciones que recogen las notificaciones a los servicios de vigilancia de efectos adversos relacionados con vacunas (VAERS) en los que no se han observado alteraciones graves relacionadas con el uso de dTpa en mujeres que desconocían su estado de gestante o la recibieron por error(19,20). Tanto es así que, a pesar de la falta de evidencia publicada, ACIP recomendó ya la utilización de vacunas dTpa en la embarazada a partir de la semana 20 de gestación desde 2011, ampliando esta recomendación en 2012 a todos los embarazos sucesivos que tenga una mujer(18). En el Reino Unido esta medida por sí sola demostró su eficacia en disminuir la mortalidad de los lactantes más pequeños durante 2013 tan solo unos meses después de implantarse, como ya se ha comentado con anterioridad(14). Actualmente existen varios ensayos clínicos en marcha (NCT01698346, NCT00707148, NCT00553228) que arrojarán evidencia sobre la eficacia y seguridad de esta medida, además de los múltiples datos que se irán extrayendo de los países en los que se ha implantado esta medida a escala poblacional, los cuales esperamos conocer en los próximos años.

Como consecuencia de las altas tasas de incidencia de tos ferina detectadas en años anteriores, Cataluña ha iniciado en 2014 un programa de vacunación en la embarazada, siendo la comunidad autónoma pionera en este sentido en nuestro país.

Estrategia vacunal del nido

Múltiples publicaciones nacionales y extranjeras demuestran que hasta en el 84% de las ocasiones los lactantes adquieren la tos ferina porque se las transmite un familiar o cuidador (frecuentemente la madre)(2). La estrategia del nido, capullo o cocooning, consiste en proporcionar protección indirecta al lactante menor de 12 meses mediante la administración de un refuerzo a todos sus convivientes mayores de 11 años, incluyendo a la madre inmediatamente después del parto. Teniendo en cuenta que la respuesta desencadenada por la inmunización puede tardar entre 2 y 3 semanas en ser suficiente, con esta estrategia de forma aislada quedarían desprotegidos los recién nacidos en sus primeras semanas de vida, que es precisamente cuando más riesgo tienen de morir por tos ferina. Idealmente, esta estrategia debería combinarse con la vacunación de la embarazada, recomendando la aplicación del refuerzo a los futuros convivientes del recién nacido al menos 2 semanas antes del parto. Varios países han puesto en práctica esta medida, encontrando ciertas dificultades en su aplicación por cuestiones de accesibilidad a los cuidadores. En la epidemia de California en 2010 esta estrategia consiguió por sí sola reducir las muertes en menores de 6 meses al año siguiente, detectándose una disminución en la incidencia de casos más del 60% en ese grupo de edad. Hacía más de 20 años que no se detectaban muertes por tos ferina en California y este hito fue conseguido en medio de una epidemia, haciendo uso de esta estrategia vacunal ampliada(21). En Europa, Suiza, Alemania y Francia la recomiendan.

Otras estrategias

La vacunación del personal sanitario ha demostrado ser una estrategia eficiente en la lucha contra la tos ferina y la OMS la propugna desde 2010 especialmente en servicios de pediatría y en épocas de alta incidencia(22). Su éxito depende de la cobertura obtenida entre el personal de un determinado centro. No existe excusa en la actualidad para que los profesionales sanitarios españoles (especialmente los que están en contacto cercano con niños) no hayan recibido un refuerzo con dTpa a día de hoy después de las cifras de tos ferina de los últimos años en nuestro país. Sería deseable ampliar esta recomendación a los trabajadores de guarderías y centros infantiles de acogida o internamiento(2).

Conclusiones

Nos encontramos inmersos en una situación de onda epidémica de tos ferina que parece ir en remisión, pero que con una alta probabilidad se volverá a repetir en un lapso no superior a cinco años. La morbimortalidad asociada a esta epidemia no ha sido baja en España, como se verá reflejado en próximas publicaciones. A pesar de ello, las autoridades sanitarias de nuestro país no han iniciado ni campañas de información general, ni nuevas estrategias de vacunación, a diferencia de lo que ha ocurrido en muchos otros países. La ausencia de evidencia científica en un escenario de alerta epidemiológica suele ser la norma y hay que apostar por políticas nuevas que tengan probabilidades altas de surtir un efecto preventivo en la población, y no contentarse con asistir pasivamente al devenir de una onda epidémica de una enfermedad que puede ser letal en la infancia. Es probable que el futuro de las nuevas vacunas contra tos ferina esté en que sean antigénicamente más completas (de células enteras), pero menos reactógenas.

Los pediatras de Atención Primaria cumplimos un papel fundamental en la lucha contra la tos ferina. Informando a la población, recomendando estrategias preventivas (generales y específicas con vacunas comercializadas libremente en oficinas de farmacia), detectando y declarando casos, administrando correctamente el tratamiento y quimioprofilaxis, derivando los pacientes con signos de alarma o factores de riesgo vital. Nuestra preocupación es que desconocemos el número necesario de lactantes fallecidos o gravemente enfermos que se precisa para que en nuestro país se adopten nuevas estrategias preventivas contra esta temible enfermedad infecciosa.

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